04/07/2020


Rafael Sánchez

No cabe duda que la llamada Guerra contra el narcotráfico ha traído graves efectos y consecuencias. El más evidente, la pavorosa cifra de muertos que, aunque ya se cuentan en las decenas de miles, no parece preocupar al Gobierno Federal. Total, la mayoría de ellos son sicarios y narcotraficantes, quienes implícitamente no son considerados ciudadanos sino parias sociales, como si existiera un no reconocido sistema de castas oficial.

Mucho se ha escrito acerca de los graves efectos que la guerra del narcotráfico ha traído en las esferas económica (reducción de la actividad, postergación o cancelación de inversiones), social (migraciones y despoblamiento, aislamiento, reclusión de la población) y política (debacle de Acción Nacional y del sistema de partidos en general, utilización de la inseguridad percibida como arma entre partidos).

Además de éstos, un aspecto poco tratado en los medios son los efectos en la salud que a nivel individual y social nos ha traído esta marejada de inseguridad con probable pronóstico de convertirse, utilizando un término que los marinos conocen bien, en mar gruesa.

Fue a partir de la primera gran guerra, pero especialmente de la segunda guerra mundial que diversos especialistas: psiquiatras militares, psicólogos y sociólogos comenzaron a investigar los efectos que los conflictos armados y sus consecuencias provocaban entre los soldados y el personal militar en servicio. Términos tales como fatiga de combate, neurosis de guerra y psicosis de guerra fueron acuñados con el propósito de describir una serie de síntomas que conformaban cuadros clínicos más o menos comunes que afectaban a los combatientes.

Aunque en un primer momento no los tomaran en cuenta, poco después también se puso atención a los efectos de la guerra sobre la población civil. La inseguridad, la imposibilidad de predecir acontecimientos, el rompimiento de pautas de las actividades cotidianas (trabajo, estudio, vida social y familiar), las dificultades económicas, las separaciones de familiares y amigos tienen como consecuencia un deterioro constante y creciente de la salud física y mental.

Los intentos que el organismo lleva a cabo para poder adaptarse a la serie de cambios y lograr cierto equilibrio u homeostasis son llevados a cabo cada vez con mayor dificultad y a un costo creciente. La consecuencia es una minada capacidad para enfrentar la vida cotidiana y un deterioro de la salud mental y física.

La sintomatología a nivel biológico, psicológico y social es de lo más variada. En lo psicológico, va desde una sensación difusa de fatiga y ansiedad, pasando por cuadros más o menos graves de depresión y angustia, hasta sintomatología francamente paranoide y alucinatoria que puede confundirse con otros padecimientos. En lo biológico, problemas de hipertensión, dolores difusos, trastornos del sueño, todo tipo de adicciones: comida chatarra, alcohol, drogas. En lo social, un resquebrajamiento de las relaciones interpersonales (familiares, de amigos y conocidos), problemas con la autoridad y delincuencia.

¿Te parecen conocidos?, como decimos coloquialmente, ¿te suenan?, ¿te laten? No tengo duda alguna que así es. Parece ser que los mexicanos, en menor o mayor medida, somos víctimas a nivel de nuestras emociones de los dañinos efectos que la “guerra contra el narcotráfico” provoca en nuestra vida y salud.

Alguien podría argumentar, nuestros políticos posiblemente lo harían, que no existe paralelo entre la situación en nuestro país y una confrontación armada, que existen muchas diferencias: no existen bombardeos, aunque sí bombazos; no hay grandes migraciones, aunque sí pueblos fantasmas y exilios negros o dorados; existe libertad de tránsito, aunque hay retenes y zonas fantasmales donde pocos se atreven; que no hay toques de queda, aunque poblaciones enteras se los autoimpongan.

Creo que tanto tú, estimado lector, como yo sabemos que quien lo hiciera pretendería, indudablemente, tapar el sol con un dedo.


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