Ciencia, Tecnología y Sociedad del Conocimiento – LJA Aguascalientes
18/09/2020


Néstor Duch-Gary

[Los humanos antes del desarrollo del pensamiento científico] …habían creído que su destino estaba bajo la influencia de seres que actuaban de acuerdo con sus propios y variados impulsos humanos. Tales fuerzas impulsoras podían ser el orgullo, el amor, la ambición, la rabia, el miedo, la venganza, la pasión, el castigo, la lealtad o el arte. Por consiguiente, el curso de los fenómenos naturales –como el sol, la lluvia, las tormentas, el hambre, la enfermedad o la pestilencia— se entendía como el capricho de dioses y diosas motivados por tales impulsos humanos. Y lo único que se podía hacer para influir en esos acontecimientos era apaciguar a las figuras divinas.



en El camino a la realidad, de Roger Penrose

He leído con interés en la prensa local que se establecerá próximamente (o ya se estableció) un Instituto para el Desarrollo de la Sociedad del Conocimiento en el estado de Aguascalientes. Aunque no conozco mayores detalles, desde mi perspectiva se trata de una iniciativa, cuando menos, oportuna. Parece no haber dudas de que el conocimiento científico y tecnológico será una de las claves en el futuro de las sociedades humanas. Por consiguiente, conviene que el Estado aliente su desarrollo y fomente su consolidación como valor cultural.

Animado por esas novedades, me ha parecido pertinente presentar a mis eventuales lectores algunas reflexiones sobre este tema. Espero hacer notar algunos puntos que acaso puedan ser de interés. Veamos.

Nuestros antepasados homínidos, cazadores y recolectores, enfrentaron severos problemas que restringían sus posibilidades de una mejor calidad de vida social. Una de las dificultades que se vieron precisados a resolver se les presentaba cuando cazaban una pieza de gran tamaño. En tales circunstancias, toda la comunidad debía trasladarse al sito en donde la presa había sido abatida. Era evidente que su peso y dimensiones impedían trasladarla al lugar en que esa comunidad con sus mujeres, ancianos y niños se asentaba.

La necesidad de permanentes desplazamientos, a veces a grandes distancias, no resultaba siempre fácil y restringía las posibilidades de una vida mejor para esas colectividades. La elaboración de instrumentos cortantes a partir del trabajo de tallado sobre ciertas clases de roca permitió subsanar esa dificultad.

Con estos instrumentos era ya posible destazar la gran pieza cobrada y reducirla a trozos que sí eran transportables con relativa facilidad. La introducción de las hachuelas y/o de los cuchillos de piedra significó, en su momento, un paso decisivo en el camino hacia la humanización del hombre biológico.

La solución que encontraron nuestros antepasados para resolver el problema que significaba el traslado de las piezas de caza de gran tamaño es una solución que hoy llamaríamos tecnológica. El desenlace de la situación problemática planteada tiene que ver con la introducción en la realidad de un objeto que previamente no existía.

El uso de instrumentos cortantes contribuyó a resolver un problema que antes de que fuesen empleados en la vida de la comunidad era irresoluble o implicaba una solución mucho más desventajosa.

Junto con esos instrumentos aparecen dos actividades nuevas distintas de la caza que era la actividad principal. Una de ellas consistía en que alguno o algunos de los cazadores dispusiesen de tiempo suficiente para diseñar y fabricar el instrumento cortante. Además, junto con el objeto introducido, era necesario el aprendizaje para manejarlo con eficiencia y eficacia.

Antes de pasar a otro asunto, quisiera subrayar la transformación dramática que induce una innovación tecnológica cuando resuelve un problema crucial para una colectividad, como es el caso referido.

Examinemos otra situación. Parece no haber dudas acerca de que el establecimiento de las leyes que rigen el movimiento de los cuerpos celeste es uno de los logros memorables en los inicios de la ciencia moderna. La explicación dada por Kepler (1571-1630) de la naturaleza elíptica de las órbitas planetarias y de las leyes que rigen ese movimiento en torno al Sol es un resultado espléndido de la inteligencia humana.

A manera de ilustración veamos la segunda ley de Kepler. Dice que el radio vector que une un planeta en su órbita elíptica con el Sol, subtiende (o barre), en su movimiento, áreas iguales en tiempos iguales. A diferencia de la situación de nuestros antepasados homínidos, a la ciencia lo que le importa en este caso es la inteligibilidad del mundo físico. No se interesa, en principio, en juzgar desde un punto de vista práctico los resultados que consigue. No le preocupa si sus resultados tienen o no algún efecto directo sobre el bienestar de la vida material del hombre.

Ahora bien ¿cómo se obtiene esa inteligibilidad que asociamos a la segunda ley de Kepler? La inteligibilidad del mundo físico se debe a un proceso de traslado de significado. La elipse y sus propiedades habían sido estudiadas y explicadas en el Tratado de las Cónicas de Apolonio de Perga cerca de un mil 800 años antes de que las usara Kepler.

Y el significado de la segunda ley es la trasposición al mundo físico de la propiedad de un objeto geométrico. Dado que la geometría (euclídea) es una construcción racional que debemos a los griegos, la racionalidad que entraña se traspasa al mundo físico. De este modo, la realidad física exterior se torna perfectamente inteligible a la razón humana.

En este caso, el imponente logro de la inteligencia a que se ha aludido, afinado después por Newton, Laplace, Poincaré, Einstein, acrecienta nuestro conocimiento del mundo físico. Nos proporciona una explicación racional de ciertos aspectos de su funcionamiento. De este modo contribuye a hacer inteligible el universo físico en que habitamos y a evitar las interpretaciones extra naturales, míticas, animistas y supersticiosas de la realidad. Steven Weinberg (1933) dijo en alguna ocasión, en términos más o menos aproximados: hoy le debemos a la ciencia el hecho de ya no quemar brujos ni creer que un eclipse presagia el fin del mundo.


Otro asunto que me viene a la memoria es la máquina de vapor que está en el origen de la Revolución Industrial. Esta máquina resultó del perfeccionamiento logrado por el escocés James Watt (1736-1819), de otras máquinas más primitivas debidas a ingeniosos artesanos de distintas nacionalidades. La construcción y funcionamiento de esa máquina precedió a la ciencia de la termodinámica. La máquina de vapor ya existía y funcionaba cuando Sadi Carnot (1796-1832) inició el estudio científico de las transformaciones del calor en energía mecánica. Los estudios sobre la relación del calor con el movimiento obtenido de las máquinas de vapor fueron los que dieron lugar al nacimiento de la termodinámica como una ciencia por su propio derecho.

Una vez establecidas estas primeras bases teóricas, la termodinámica, ya en su calidad de ciencia, ha tenido un amplísimo desarrollo. Clausius (1822-1888) estableció la noción de entropía y puso las bases de la moderna teoría cinética de los gases; Prigogine (1917-2003) obtiene sus fascinantes resultados sobre la irreversibilidad del tiempo del estudio de los sistemas termodinámicamente lejanos del equilibrio. Como se sabe, tales resultados le valieron el Premio Nobel de Química de 1977.

En este caso, si bien la ciencia de la termodinámica fue impulsada por la tecnología, después, ya como ciencia bien establecida, la ha retroalimentado. La ha llevado así a niveles de gran eficiencia y eficacia en química, física y biología.

En una grata ocasión, el distinguido matemático mexicano José Ángel Canavati Ayub me platicó la historia del diseño de los aparatos que sirven para obtener tomografías. La posibilidad de construir instrumentos de este tipo deriva de un famoso teorema que se conoce entre los especialistas como el Teorema de Radon-Nikodym.

En este caso, un desarrollo de la ciencia “pura”, de una rama muy abstracta de la matemática en la llamada teoría de la medida, motiva un desarrollo tecnológico de una gran relevancia práctica. Esta innovación ha permitido fundar una industria económicamente poderosa y en plena expansión. Además, han sido muy significativos los efectos benéficos que se obtienen con estos aparatos en medicina, con sus consecuentes implicaciones en materia de salud.

Como puede constatarse en la enumeración de casos que antecede, hay una amplia variedad de manifestaciones del conocimiento científico y tecnológico. Hay casos en que la tecnología puede significar pasos verdaderamente cruciales sin requerir de una gran ayuda de la ciencia. (hachuelas e instrumentos cortantes de piedra). En otros casos, la ciencia se desentiende, al menos directamente, de sus posibles aplicaciones y sólo se propone contribuir a la inteligibilidad del mundo. (Segunda ley de Kepler y sus replanteamientos). Otro caso muestran que ciencia y tecnología se retroalimentan mutuamente. (Máquina de vapor y termodinámica). Por último, un desarrollo matemático de una alta abstracción ha tenido un efecto muy concreto en la innovación tecnológica, en el desarrollo industrial y en la salud humana.

Todo esto me ha hecho recordar algo que aprendí aquí en Aguascalientes hace ya algunos años en un ciclo de conferencias sobre ciencia y tecnología. Uno de los conferencistas invitados en esa ocasión fue el distinguido académico, Dr. Ruy Pérez Tamayo. En su conferencia, el Dr. Tamayo nos enseñó, o al menos yo aprendí, que existe una muy íntima conexión entre el conocimiento científico y tecnológico, su aprovechamiento social y la cultura de una sociedad. La estrecha relación entre esas nociones explica, entre otras muchas cosas, por qué en China, en donde se inventó la brújula, la pólvora y el papel, no se dio el uso social de esas innovaciones.

Según se ha exhibido antes, el conocimiento en sus manifestaciones científicas y tecnológicas puede tener diversos orígenes, muy variadas motivaciones y cumplir distintos propósitos. Por lo tanto, junto al fomento directo de esos conocimientos que parece proponerse el Estado, algo deberá hacerse respecto a nuestra cultura en la materia. De alguna manera deberán fomentarse los valores culturales de aprecio y respeto al conocimiento científico y tecnológico de diferentes tipos. Los desarrollos tecnológicos de utilidad práctica inmediata son muy significativos en los tiempos actuales y deben ser estimulados por el Estado. No obstante, los resultados de la ciencia suelen discurrir por caminos impredecibles. Un teorema de la matemática pura, como se ha comentado antes, puede ser el desencadenante de una innovación significativa en la economía industrial y en otros aspectos de la vida social.

Tengo la impresión de que tanto los desarrollos tecnológicos como la dedicación a la ciencia no son muy bien valorados en el seno de nuestra cultura. En una publicación reciente se comenta, a manera de indicador del escaso interés tecnológico, la comparativamente reducida proporción de patentes registradas en nuestro país. Estamos por debajo de lo que vienen haciendo otros países en este mismo ámbito, por citar un sólo ejemplo ilustrativo.

En otro orden de cosas, se sabe de la oposición de padres para que sus hijos se dediquen a las ciencias llamadas puras o básicas. Los jóvenes que quieren estudiar matemáticas puras o física teórica o biología molecular suelen enfrentar a serias oposiciones familiares.

Creo, por eso, que hay que fomentar una educación cultural orientada a darle al conocimiento científico y tecnológico en todas sus manifestaciones un valor que lo haga verdaderamente respetable. Esta tarea puede ser compleja, difícil y larga, pero creo que es ineludible si queremos encaminarnos hacia una auténtica sociedad del conocimiento. En este contexto, la creación de un instituto para fomentar la sociedad del conocimiento es, sin duda, un primer paso en la buena dirección.

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