04/07/2020


Yadira Cuéllar Miranda

La página escrita debería ser simultáneamente color, sonido, sentido y hasta olor. El libro se vuelve un objeto sensible y semántico al mismo tiempo: significa, dice, canta, huele […] abre la puerta a la iniciativa del lector: cada uno puede barajar las páginas del libro a su antojo y obtener, por medio de cada una de esas combinaciones, un texto distinto. El lector se vuelve poeta […] La lectura no es sólo contemplación sino desciframiento y crítica…

Octavio Paz

El fenómeno del lenguaje escrito, y como máxima expresión de éste: la literatura, se produce no sólo por aquellos que se nombran escritores, literatos, narradores, poetas, sino también por quienes forman parte de pequeños grupos sociales hasta complementarse con el total de una sociedad perteneciente a cierto espacio geográfico. Por lo tanto, cada elemento (inconscientemente) contribuye a la formación de diversas y complejas manifestaciones lingüísticas que dan movimiento constante, una reunión de orden y caos. Así, engranan fondo y forma en la multiplicidad de objetos que adquieren animación cada vez que son nombrados o reinterpretados por el hablante. Pero, ¿qué sucede cuando aquello nombrado debe escribirse?

Maridaje entre contemplación y su efecto, la necesidad de nombrar, forma el proceso creativo para desembocar subversivamente en la interpretación de la realidad. Sin embargo, y por encima de este proceso lingüístico equilibrado, ocurren ambigüedades que no permiten la claridad del pensamiento involucrado y, por ende, esa manifestación de escritura devendrá en lo incomprensible.

Contemplación, momento de iluminación, esencia de la letra escrita, parece desvanecerse a través del ocaso de la ignorancia e indiferencia que convive entre las crecientes geografías. Quizá sea en este preciso momento cuando se deba retomar el valor de la literatura (sin olvidar el proceso lingüístico que siempre será el caudal que la va a nutrir) ya que una de sus funciones esenciales es, además de ofrecer aquello que no está al alcance de la cotidianidad, el de civilizar, entiéndase éste término como el de ilustrar, educar, y en este caso, civilizar aquellos confines geográficos y sus lenguajes, a través de “las características estéticas de sus creaciones, ya que son éstas las que lo ponen [al escritor] en contacto con la dimensión universal de toda obra auténticamente artística”.

Es entonces que, a través del ejecutante de literatura (el escritor), se permite reconstruir la cultura y la historia. Baste citar el ejemplo de los escritores del siglo XIX, quienes trascendieron los límites de los espacios en los que publicaron, principalmente en el periodístico, “respondieron a las incitaciones de un momento específico y muestran las tensiones del contexto social y cultural en el que se inscriben”.

El escritor, consciente de su oficio, resguarda el acto de la contemplación. A partir de éste, construirá los contextos que le rodean, la ubicará en un espacio y un tiempo determinados para aprehender realidades. Es así que encontramos importantes y específicos ejemplos en la historia de la literatura nacional, misma que contiene el pensamiento de aquellos que contemplaron la compleja identidad del mexicano desde sus orígenes prehispánicos, pasando por la fructífera pero terrible Colonia, en la que se presencia el doloroso inicio de transculturación y que se reflejara en las expresiones de su literatura, lenguaje, tradiciones, sin olvidar la gustosa diversidad de sus comidas, todo lo anterior contenido en el barroco (exageración de formas españolas e indígenas pero que en su fondo prevalece el vacío de identidad, debido al mismo proceso de mestizaje que se estaba dando, y que no permitía aún nombrar a la identidad mexicana como tal); hasta atravesar siglos de transformaciones para llegar a nombrarla definitivamente, misma que continúa aportando rasgos de la actualidad.

Conscientes los escritores del proceso violento de su identidad y de un país ya Colonia, ya nación independiente, ya moderno, ya contemporáneo, aportarán en sus publicaciones (principalmente en los medios periodísticos del siglo XIX cuya relevancia informativa contribuyó a la formación del pensamiento de la llamada identidad mexicana) el testimonio de “un origen y una tradición, la raíz de nuestra visión del mundo y de nuestros valores”. En ellos como José Tomás de Cuéllar, Ignacio Manuel Altamirano, Manuel Gutiérrez Nájera, o para retomar la austera mención de nuestros políticos liberales aguascalentenses, cuya primera necesidad fue luchar y así la de nombrar su contexto recurrieron al oficio de la escritura, como fueron Esteban Ávila, Antonio Cornejo y Jesús F. López crearon los periódicos La Imitación, El Fandango y La Libertad de México; los positivistas de finales del siglo XIX Jesús Díaz de León y José Herrán quienes aportaron historia en El Instructor, o los importantes productores de la literatura regional y colegas de Ramón López Velarde, como Eduardo J. Correa, Armando J. de Alba, José Flores y Enrique Fernández Ledesma quienes editaron La Bohemia, El Observador y La Provincia, radica el reflejo del presente, y no una explicación a éste sino su propia contemplación.

Por lo tanto, en un intento de nombrar la realidad actual, específicamente la regional, es necesario primero ubicar la mirada en la contemplación de nuestros escritores, acto que se da con la lectura, y así partir desde nuestros orígenes, reconocer el oficio que nos ocupa, sin trinchera alguna ni escritorio que impongan márgenes ni límites. Ya José Emilio Pacheco anuncia el posible riesgo: “quizá no es tiempo ahora. Nuestra época/ nos dejó hablando solos”.


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