04/07/2020


Hace un par de semanas acompañé a una buena amiga al taller de Andrés Vázquez Gloria. El artista nos platicó por algunos minutos sobre sus inquietudes. Charlamos brevemente al respecto de sus proyectos. Y, finalmente, nos invitó a formar parte de uno. La propuesta fue realizar un diálogo: “hablen [mencionó Vázquez] de lo que sea, que les despierte mi trabajo”. Accedimos. Estrechamos manos.

    Después de algunos días le mandé mi texto. Supe que mi crítica se iba a integrar a una polifonía literaria cuyo origen sería la propia obra de Vázquez Gloria. El resultado se encuentra en la sala de exposiciones temporales del Centro de Investigación y Estudios Literarios de Aguascalientes (CIELA). Anticipo: la propia galería -es decir, su espacio- se convirtió en una obra: en el centro se encuentra el trabajo del artista hidrocálido; en la periferia -como observando o resguardando; señalando o criticando- los textos.

    Así entonces, en esta ocasión, quisiera compartirles el texto que escribí influenciado por la obra de Vázquez. La primera parte es una breve crítica a los textos que por lo regular tratan de respaldar a la obra de la que hablan. Cuestión que, por otra parte, se convirtió en algo curioso ya que algunos aspectos que señalo aparecen a centímetros o metros de distancia.

1

Quien asiste a una exposición pictórica espera encontrarse un lenguaje enteramente visual. No obstante, casi siempre, en la entrada de la sala se da cuenta que un escritor ha publicado un elogio -texto enigmático- sobre ya el autor, ya el trabajo del artista. Y entonces, claro, va a verificar si hay algo interesante en el texto que le haga comprender –pobres de todos- la obra. Nunca es así. Dos ejemplos relativamente recientes:

    “La ausencia total de alusiones figurativas sitúa la obra de Morazúa en un plano de búsqueda del absoluto platónico de la belleza formal […] evidencia la “planidad” de la pintura y que en la manera de romper su hermetismo para acceder a su fondo ilusorio, reside la personalidad del creador”. (Emerich sobre la obre de Morazúa)

    Una más: “La búsqueda del ser, del estar, del origen y la libertad, así como a la introspección silenciosa que cada uno deberá evocar personalmente para reencontrarse…”. (lja, 02/11).

    Escribir bajo ese modelo es de una sencillez que raya en lo absurdo. Escritura automática: “El pintor, oh, busca el ser en el estar y, desde luego, lo encuentra en el halo íntimo y abismal de su finitud perecedera en esta esfera de amplios silencios que es la nada del hombre”. La receta es simple. Y si agregamos -por ahí- la palabra “ontología”, voilá, mejor. No importa que denote una tautología. El punto es que mientras más adornado, mejor.

    Todas estas oraciones han sido alguna vez escritas cuando un escritor se sienta y trata de reflexionar sobre la obra de un artista o incluso sobre el autor, con motivo de una presentación. El resultado es predecible: blowjob o ininteligibilidad. En todo caso: pornografía crítica o enigma.

2

La primera vez que vi la obra de Vázquez Gloria fue a través de internet. Después me enteré lo que le sucedió aquella lívida ocasión en el museo de Querétaro. Supe de una polémica. Me interesé aún más. Los artistas que vienen aderezados con esa clase de cuestiones periféricas a su arte, por lo regular, me llaman la atención.


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    En este caso particular -donde lo que anuncia el título es lo que vemos a simple vista- me ha parecido interesante proponer una interpretación que no me remita a los griegos, sino al presente. Veo en los minotauros de Vázquez Gloria no un recurso mitológico, sino una cotidianidad. Esta obra se aproxima más al horror y al miedo, que al elogio de una cultura.

Los cuerpos deformes -¿Lynch, Browning?, ¿Bacon?- me causan aversión. No por la calidad: por la reproducción de algo que encuentro en este país: la vida social orillada a la soledad, a la oscuridad y a la desesperación.

    Quizá si la situación actual de México fuera otra, entonces vería, acaso, un poco del artista inglés previamente mencionado y otro tanto de cosmovisión helénica; pero no. El contexto me determina, en gran medida, la mirada. La mía, por ahora, está violentada. No veo ficción. Veo una fotografía manipulada de manidos cuerpos prestos al olvido, a la enfermedad, y a la locura.

jorgeterrones@live.com.mx

www.mexicokafkiano.com


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