04/07/2020


Julieta Lomelí Balver

¿Cómo imagina usted, por lo tanto, el próximo siglo? -Será una edad muy propicia para la técnica, pero desfavorable para el espíritu y la cultura.

-Ernst Jünger-

En 1997 se estrenaba aquella película americana de ciencia ficción llamada Gattaca, la trama era un tanto descabellada, se dibujaba un mundo dividido en dos clases de humanos: aquellos que habían nacido por medio de partos y condiciones naturales, llamados “no válidos”; y los hombres que serían hijos del uso de la manipulación genética, siendo provistos con los mejores rasgos físicos e intelectuales, estos eran conocidos como los “válidos”. Ahora bien, el argumento de la película es llevado hasta sus últimas consecuencias. Andrew Niccol radicaliza las terroríficas deficiencias éticas que el uso exacerbado de la reprogenética implicaría. Uno de los problemas que se dejan ver como principales dentro de la trama de Gattaca, es el referente al racismo y la explotación que hacen los humanos “válidos” de los poco favorecidos genéticamente.

Así pues, la película nos muestra un mundo horrendo, donde la esclavitud se ha renovado, encontrando a sus víctimas en aquellos hombres “in-válidos” que serán considerados, no sólo como obreros y sostén del trabajo pesado, sino como una raza que se encuentra en un grado inferior al de los hombres “válidos”. La película deja ver claramente que tal diferencia se podría asemejar a la comparación que hacemos hoy entre simios y humanos.

Gattaca fue estrenada hace trece años, quizá en aquel tiempo se le consideraba cine de ciencia ficción, que mostraba acontecimientos interesantes pero lejanamente creíbles para el pasado fin de centuria. Aunque sin duda, ninguno podría negar que el argumento resultaba convincente, y éste se vería como una posibilidad que las generaciones de aquella época no creían llegar a vislumbrar. Pero las expectativas han sido superadas, y quizá aquellos que en 1997 habían visto Gattaca hoy se encuentren totalmente seguros de que el uso de la “ingeniería” genética podría llegar a configurar un mundo como el de la película de Andrew Niccol. La ciencia ficción dejaría de ser una fantasía para convertirse en una posible realidad terrorífica no muy lejana a nuestros tiempos. Tal escalofriante posibilidad, podría ser profetizada hasta por el más ingenuo al seguir de modo atento los avances de la ciencia, e incluso si somos más inteligentes, podríamos llegar a detener los futuros horrores que aquellos poco meditados avances científicos pueden traer como consecuencia.

Gattaca verá quizá su primera objetivación real en los experimentos y manipulaciones genéticas actuales que el americano Craig Venter lleva a cabo de modo deliberado. Pongamos entonces suma atención a los experimentos realizados por el científico americano. Tal parece que lo desarrollado por Venter ha sido tomado por la mayoría como una gran noticia y aquel que se atreva a cuestionar las implicaciones éticas que de ello derivan, seguramente será señalado como un reaccionario anacrónico. Más la necesidad de una reflexión filosófica conducida al análisis serio de las ventajas y desventajas que los acelerados avances de la reprogenética podrían traer consigo se torna cada día más urgente. Sin embargo, la ciencia jamás se ha detenido por cuestionamientos éticos, y mientras que la filosofía seguirá peleando por que su discurso sea llevado a la praxis contemporánea, la ciencia intentará tomar a aquélla como un saber dogmático que obstaculiza su desarrollo.

De modo que, ahora que dios se ha hecho hombre, y que ha intentado convertir todo lo que está a su alrededor en creación y propiedad inmanente a él, será urgentísimo recurrir a nuevas instancias, que en conjunto con un marco teórico y un marco legal bien definido, -como el de la antes mencionada filosofía, junto con el uso de un derecho rígido-, luchen contra la avasallante técnica irreflexiva. Seamos pues conscientes no sólo de las ventajas, sino también de las peligrosas contrariedades que el uso de “vida artificial” podría traernos como consecuencia. Encomendémonos pues por un uso reflexivo, ético, de la técnica y la ciencia contemporánea, ya que de lo contrario, -y como alguna vez la Filósofa Célida Godina lo advierte-, “la muerte nos alcanzará en cualquier momento”.


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