La estulticia disfrazada de inteligencia - LJA Aguascalientes
03/08/2020


Julieta Lomelí Balver

¿Qué nos cuentan las cabezas más brillantes?, ¿cómo demuestran los genios sus grandiosa inteligencia. Seguramente en sus libros, en laboratorios, en sus clases magistrales, o en sus charlas con colegas. Pero, en la práctica, en sus propias vidas, ¿qué tan astutos serán para manejar los problemas cotidianos?

Si Voltaire, quien tomaba alrededor de setenta tazas de café, viviera en este siglo y se le hubiese descompuesto la cafetera, de seguro no sabría qué hacer y la humanidad no tendría huella alguna de su obra.

La inteligencia en muchos escritores, filósofos y científicos se destaca por su ausencia en lo ordinario. Platón nos cuenta que en una ocasión Tales de Mileto al ir observando el manto celeste (para seguir acotando su teoría acerca de los astros), cae a un pozo y una bella criada, espectadora de tan ridículo evento, se burlaría de él diciéndole que por andar conociendo las cosas del cielo no se percataba de todas aquéllas que tenía antes sus pies.



Bergson diría que “la inteligencia se caracteriza por una incomprensión natural de la vida”, la genialidad es el medio para complicar lo que el sentido común podría resolver sin problemas. Y si bien el conocimiento podría servir para imprimir un sentido metafísico a las cosas, seguro se encuentra  algo imposibilitada para atender las urgencias de un día cualquiera. Ni siquiera podría ser fuente de seducción, tan profunda es la inteligencia de algunos que en su afán de llegar lejos han muerto sin haber  experimentado el erotismo con otra alma, tal es el caso de Descartes y Kant, de quienes se dicen habían dejado el mundo siendo vírgenes.

El joven R. se había enamorado de la esposa de otro, su padre le había descubierto visitándola por lo que le prohibió volver a visitarla. El muchacho se encontraba profundamente triste, por primera vez en su vida se daba cuenta lo que significaba el verdadero dolor, ni siquiera su poema más lúgubre podría acercarse a lo que en aquel momento angustioso padecía. Inmediatamente iría a contarle su tragedia a su mejor amigo (otro joven poeta aún más inexperto que él), éste defendía que cualquier pena había de ser erradicada mediante el poder que confería escribir un poema, “el amor escrito en los libros era más vital que éste, el amor cantado en los poemas era más bello”. Sin embargo para R. en lo cotidiano el dolor no se solucionaba con poemas. Después los amigos se despedirían, el amigo de R. pensaba en sus adentros “que también él, quizás de un modo más intelectual, estaba abriéndose camino en la vida”, y escribir poesía resolvería cualquier conflicto de ésta. “Pobre iluso, las cosas no funcionan así, él no lo comprende todavía”, seguía repitiéndose R. camino a su hogar.

Ser brillante no erradica la estulticia, y más vale darse cuenta de ello antes de convertirse en fenómeno irrisorio para los demás.

julieta.lomeli.balver@gmail.com

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