PRESUNTO CONFIABLE - LJA Aguascalientes
03/08/2020


La posibilidad de vivir en confianza surge de aceptar la propia legitimidad y la legitimidad del mundo en que se vive.

Humberto Maturana.

EL SENTIDO DE LO HUMANO. Granica 2010.



En los tiempos en que era estudiante de Economía, leí en cierta ocasión un comentario de Ragnar Frisch acerca de los factores de la producción. Frisch, que después sería el primer Nobel de Economía en 1969, junto con Jan Tinbergen, consideraba la gravedad terrestre como uno de los elementos participantes en el proceso productivo. En ese entonces, la afirmación de que una fuerza física natural interviniese en la economía me pareció un tanto extravagante. Sin embargo, una sencilla reflexión me convenció de la pertinencia de ese punto de vista. El agua de los ríos fluye gracias a la gravedad terrestre y produce una fuerza empleada en los casos favorables para la generación de energía hidroeléctrica; esa fuerza es, sin duda, un factor de la producción económica.

Ahora bien ¿por qué parece inhabitual considerar una propiedad física de la naturaleza como un componente de la producción en economía? Es así porque la gravedad nos resulta connatural; es un atributo del mundo material, atributo que es en principio intangible en sí mismo. Y es cierto que solemos tener menos consciencia o no tenerla del todo de aquello que no podemos ver o tocar o percibir directamente: sabemos de la gravedad por sus efectos, pero, hasta donde alcanzo a entender, aún hoy no se tiene una idea clara de qué es en sí esta misteriosa fuerza capaz de actuar a distancia.

Como en el caso de la gravedad, un buen número de asuntos que son propios de nuestro vivir cotidiano y habitual y además intangibles suelen merecer poca de nuestra atención. Ocurre así, no obstante, que esos elementos incorpóreos pueden ser cruciales para nuestra vida individual o social. Es el caso del tema que me propongo comentar en esta ocasión. Se trata de la confianza como factor de desarrollo en economía.

Uno de los primeros llamados de atención sobre la confianza y su influencia sobre las actividades económicas del que yo haya tenido noticia fue hecho por el versátil intelectual, político y académico francés Alain Peyerfitte. Hacia 1995 escribió un bien documentado libro con el título  Las sociedades de la confianza. Al parecer es la versión escrita de un seminario que ofreció en el College de France, una de las más reputadas instituciones académicas francesas.

En esta obra explora el papel de la confianza en el desarrollo económico de los países por intermedio de un acucioso examen histórico. Muestra cómo el hecho de confiar los unos en los otros tuvo un papel decisivo en el desarrollo; sobre todo en Holanda, en Inglaterra, en los países escandinavos, en los Estados Unidos, en el Japón.

Contrapone a la sociedad de la confianza la sociedad de la suspicacia. Expone cómo los países en que prevalece ésta última están condenados al estancamiento. Se trata de aquellas sociedades en las que la gente no confía en sus autoridades, éstas no confían en la gente y la relación interpersonal se caracteriza por la agresiva vigilancia de unos hacía otros. Y es así en todas las instancias de la vida social.

Esta condición de desconfianza incide negativamente en el fluir de los procesos económicos. Ahora bien, desde mi punto de vista, el análisis de Peyerfitte es de índole histórico-sociológico.

Hay otro punto de vista que nos llega de la biología. Humberto Maturana, reputado biólogo chileno, uno de los fundadores de la Epistemología científica contemporánea de base biológica, nos ofrece su pensamiento sobre este asunto. Indica que vivimos en una cultura que presta una atención extrema a la obediencia. La aceptación de esa noción cultural es originadora de desconfianza y nos hace no percatarnos de que sin confianza es imposible constituir lo social. Añade que en la actualidad nuestros niños crecen expuestos a la negación de su dignidad y a la negación de la dignidad del otro. Esto influye para que se valoren las relaciones por sus consecuencias y no por su valor en sí, por su valor intrínseco. Queremos que el otro sea de una cierta manera que satisfaga nuestros deseos y esta actitud es generadora de desconfianza.

Regresemos a nuestro interés por la economía. Para ligar con mayor explicitud la noción de la confianza con el funcionamiento económico propongo una conjetura personal. La desconfianza en el seno de una sociedad da lugar a un buen número de los llamados costos de transacción. Dicho de otra manera: los costos de transacción son un indicador indirecto de la desconfianza, del grado de suspicacia prevaleciente en una sociedad.

La noción de costo de transacción se debe al notable economista inglés, Ronald Coase, (su apellido se pronuncia Cous) avecindado en los Estados Unidos. En una época en que los hados me fueron favorables, tuve la fortuna de escuchar una conferencia suya en la Universidad de Chicago, en donde era en ese entonces catedrático.

Coase es un hombre sencillo y modesto. Su profunda aportación fue descubrir que el funcionamiento de la economía cuesta. Esto es: en cada transacción económica no solo intervienen los precios y costos imputados directamente a los bienes y servicios que se intercambian: hay un costo que corresponde al mero hecho de hacer posible el intercambio. Esta aportación, en apariencia muy simple, creó un amplio y fecundo dominio de investigación en economía y derecho, aunque pasó desapercibida por muchos años.

Veamos un ejemplo ilustrativo deliberadamente simple de lo que es un costo de transacción. Supóngase que va de compras a un supermercado. Al terminar, se dirige a la caja y decide pagar con una tarjeta de crédito o débito. Para cerciorarse que su tarjeta tiene saldo disponible, la cajera la pasará por un aparato que consultará telefónicamente a una base de datos remota.


El aparato informa que si hay fondos suficientes, por lo que se hace un cargo a su cuenta y termina la transacción. Este costo asociado a la necesidad de verificar el monto suficiente de su tarjeta de crédito o débito es un costo de transacción. Es una suma que hay que erogar porque se ignora si usted tiene o no la capacidad de pagar lo que compró. Si acudiese a la tienda del barrio de donde usted es vecino y conocido de años por el propietario no sería necesario incurrir en ese costo, ya que se confía en usted. La desconfianza, como puede verse, es productora de costos, da lugar a los costos de transacción que se han ilustrado en los párrafos inmediatamente anteriores.

La identificación de la existencia de los costos de transacción ha tenido y tiene efectos reveladores en el funcionamiento de la economía. Metafóricamente esos costos pueden entenderse como una suerte de “fricción” que dificulta el fluir de los acontecimientos económicos. A mayores costos de transacción mayores dificultades para el funcionamiento de la economía. De ahí uno de los llamados teoremas de Coase que postula: La teoría de los mercados, de la demanda y la oferta funcionaría correctamente en una sociedad dada si, y sólo si, sus costos de transacción fuesen cero. Los costos de transacción alteran el funcionamiento de la economía previsto por la teoría (al menos en la llamada teoría neoclásica)

Hay otra muy estrecha interconexión entre costos de transacción y derecho. Según otro de los teoremas de Coase, si en una cierta sociedad los costos de transacción son muy bajos, las decisiones judiciales sobre daños y perjuicios serían equivalentes al libre arreglo entre los afectados. Esto es, si se dan las condiciones adecuadas para una negociación pacífica, no coaccionada y no costosa, los incentivos económicos deberían conducir a una decisión igual a la que dictase un juez.

El profesor Coase comentó estas cuestiones durante la conferencia a la que me he referido. También nos hizo saber que entre la publicación de sus principales ideas sobre este tema y la concesión del Premio Nobel de Economía, que se le otorgó en 1991, habían pasado cerca de 60 años. Esto resulta esperanzador: quienes hemos hecho una que otra propuesta en materia económica nos queda aún una cierta ilusión. Es posible que, finalmente, recibamos un reconocimiento, toda proporción guardada, no importa que sea unos cuantos decenios después de haberla presentado…siempre que aún estemos vivos.

Otros notables economistas se han ocupado de estas cuestiones que conciernen a los costos de transacción, desde distintos puntos de vista. Douglass North, asimismo Premio Nobel en 1993, es otro de ellos. Su enfoque es el de las instituciones, entendidas como “reglas del juego”. Hay sociedades, dice, que tienen buenas reglas y otras que no. Un ejemplo ilustrativo muy simple de buena regla se puede encontrar en un precepto que se aplica a la circulación de vehículos en la ciudad de Aguascalientes. Se trata de la norma que manda: ceda el paso a un vehículo. Normalmente es una disposición respetada sin necesidad de una rigurosa vigilancia permanente. Puede demostrarse, en el marco de la teoría matemática de los juegos, que respetar la regla de ceder el paso a un vehículo es una estrategia exitosa. Su puesta en práctica significa un muy alto riesgo con una alta probabilidad si no se respeta y a cambio no exige gran cosa para ser cumplida. Toda regla que se caracterice de este modo será igualmente respetada sin dificultad.

En general, los costos de transacción se originan por la asimetría de la información, por las llamadas externalidades y, según yo, por la desconfianza. El caso que vimos sobre la verificación de la tarjeta de crédito o débito ilustra la asimetría de la información y la consecuente desconfianza: yo sé cuanto tengo, pero quien me vende no lo sabe y podría engañarlo. Para asegurarse que tengo medios de pago debe incurrir en el costo de preguntar a un tercero (que es una máquina) vía telecomunicación electrónica en vez de confiar en mi dicho (además, el costo de esa consulta electrónica es muy probable que se me traslade).

El incremento de vehículos en una ciudad puede dar lugar a una externalidad; esto es, a una situación que resulte perjudicial para cierto tipo de agentes (los taxistas, por ejemplo). Estos trabajadores deberán emplear más tiempo en sus recorridos, ganar menos a nivel individual y contaminar más la ciudad, entre otras cosas. No obstante, debe quedar claro que no son, individualmente, responsables de esos componentes nocivos de la situación. Esta externalidad puede convertirse en un significativo costo de transacción si la vemos desde la perspectiva del transporte de mercancías.

Finalmente, son costos de transacción, las fianzas, cierto tipo de garantías que se emplean para asegurar el cumplimiento de compromisos. Se incluyen en el mismo tipo de costos los trámites administrativos complicados que no pueden ser realizados por los ciudadanos sin ayuda. Si no me equivoco, la última escribanía pública de Paris se cerró en 1967. Cualquier ciudadano puede hacer cualquier trámite por sí mismo. En México, en Aguascalientes, aún hay oficinas de este tipo y, por cierto, suelen ser muy eficientes. Significan costos de transacción los esfuerzos cognitivos para entender un ordenamiento jurídico, la duración de los juicios, la incertidumbre jurídica. Deben considerarse también la unicidad de opciones en los procedimientos administrativos que limitan tan drásticamente las posibilidades de acción en este ámbito, la inseguridad pública entre muchos otros aspectos que, de una manera u otra, nos imponen un costo.

North calculó que los costos de transacción en la economía de los Estados Unidos alcanzaban cerca de 40 por ciento del Producto Interno Bruto de ese país. Se trata de una proporción nada despreciable. Es decir, la economía estadounidense debe pagar 40 por ciento de su PIB para que se realice 60 por ciento que sí corresponde al intercambio efectivo de bienes y servicios. No sé si alguien ha calculado estos costos para México, pero se intuye que significarían una proporción bastante mayor del Producto Interno Bruto que en el caso anterior. Esto último, no obstante que Richard Layard, otro connotado tratadista en estos temas, ha estimado que la desconfianza en ese país ha crecido el doble de 1950 a la fecha.

Recapitulemos ahora nuestro argumento: la confianza es un elemento que influye en el desarrollo económico. La suspicacia, la desconfianza por el contrario frena o hace lento ese proceso. Incrementa los costos de transacción que dan lugar a una suerte de fricción que dificulta el fluir de los procesos económicos. Ahora bien, ¿hay alguna solución? ¿Existe algún procedimiento para aumentar la confianza en el seno de una sociedad?

Por supuesto que no tengo una respuesta definitiva y concluyente. Pero si es cierta la relación que hay entre desconfianza y costos de transacción, entonces si se disminuyen esos costos se aumentarán las posibilidades de la confianza. Por otra parte, hemos visto que, en buena medida, los costos de transacción están asociados, en un notable número de casos, con las instituciones que se entienden como reglas de comportamiento. En consecuencia, fijar reglas de comportamiento que incentiven la confianza y desincentiven la suspicacia debería ser una acción que aminorara los costos de transacción y consecuentemente favoreciera el desempeño económico. La regla: ceda el paso a un vehículo es un ejemplo fehaciente de que ese tipo de normas es perfectamente concebible y aplicable. No cabe duda de que da lugar a la confianza de las personas que conducen vehículos en ciertas áreas de la ciudad. Cada conductor que llega a un crucero en donde rige esta regla normalmente la cumplirá y confiara en que el otro conductor la cumplirá también.

Finalmente, no se debe olvidar que muchas de las instituciones, en el sentido que les hemos conferido en este escrito, sobre todo las denominadas formales, son responsabilidad del Estado. Al Estado compete –y en nuestro país es ya muy urgente—un diseño institucional que fomente la confianza entre los ciudadanos y sus autoridades, entre todos los mexicanos. Una acción de esa naturaleza es indispensable, creo, para dar un mejor impulso al desarrollo de nuestro país.

Sabríamos que las cosas irían mejorando en nuestra sociedad si al tratar con alguien, ciudadano o autoridad, partiésemos del concepto de que es un presunto confiable… mientras no haya indicios notorios de lo contrario.

Post scriptum

Ya había terminado de escribir este texto cuando supe de la tragedia ocurrida en Noruega. En este país, hasta hace unos días, la policía no estaba armada; en distintas ocasiones ocupó el primer lugar por el monto del ingreso per cápita. Pero los fundamentalismos extremos existen y son generadores de maldad y pueden surgir en cualquier parte. La confianza puede tener costos, pero no se debe renunciar a ella. Lo que sí es indispensable es no confundir confianza con ingenuidad política.

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