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Castella corta dos orejas, Juan Pablo las pierde por el falange

Foto: Gilberto Barrón

 

El coso Monumental dio a ver un casi lleno en su extenso graderío; se trataba de la cuarta corrida de feria con un atrayente cartel: El Zotoluco (al tercio y tibias palmas), Sebastián Castella (oreja y oreja) y Juan Pablo Sánchez (al tercio tras aviso, silencio y silencio en el de obsequio), para los que se dispuso un encierro de Teófilo Gómez de cuyos alambrados se mandaron seis bicornes algo admisibles de presencia, como para no asustar a nadie. Fueron animales que cumplieron durante la suerte de varas y que en juicio global ofrecieron ductilidad y escasa, muy escasa casta, subrayándose el primero, segundo y cuarto.


La corona de la función fue la salida en hombros del extranjero por riesgo y cuenta de los aficionados más alegres como honra de cortesía por haber obtenido dos orejas, una de cada oponente de los que le correspondieron en el sorteo.


Bien pudo haber gozado idéntico halago el joven aguascalentense, sin embargo el cuadro fue opacado por el mal empleo que hizo de las espadas luego de que dejara una faena deliciosa, pintada con series de muletazos longitudinales y aderezados de un temple muy original.


Discreto y aseado se desenvolvió de capa El Zotoluco y acto seguido se apreció tal diestro tranquilo, hacendoso y pensante dando en este basamento la faena templada sombre ambos lados, aprovechando la docilidad del astado al que lamentablemente pinchó antes de la estocada apreciable. Mandó un segundo lugar a un ejemplar fijo y de estilo a pedir de boca al que no hizo valer del todo, declinándose en mala hora por las diligencias ventajosas y descorazonadas buscando salir del compromiso y matando de estocada caída.


Con oficio y dominio pleno Sebastián Castella lanceó e intercaló chicuelinas, todo bien calibrado, al segundo del festejo, firmando completa intervención capoteril. La docilidad y buen estilo del torillo gordo fueron absorbidos en el temple y el mando de su jerga escarlata durante una faena estética, armónica y tranquila, carente sin embargo de la emoción que da la casta. Despachó al inocente bovino tras admisible espadazo y caminó luego con el auricular. La segunda intervención, más bien se le destaró de salteada y larga, imperando los momentos densos en vez de los digeribles y emocionantes, ante un desbravado bovino apto para la yunta y que sin embargo le propinó bárbara voltereta por el abuso de confianza. Encima siempre –como tiene años haciéndolo entre mansos cuando de la fiesta mexicana se trate- fue concretando la faena sobre el decodificado modo que comienza ya a vérsele descolorido.

Lo parco que se vio Juan Pablo Sánchez al desdoblar su percal para recibir al tercero, se dimensionó cuando empuñó la muleta en ambas manos. La respetable extensión y el temple de los pases desgranaron series valiosas hasta, según proyecto notorio, acabar un trasteo al hilo del pitón, extrayendo estupendo partido al astado ese tardo, pero que le permitió estar “a gusto” y que metió bien la testa atrás de los encajes de los avíos. Las orejas que tenía ganadas se le resbalaron de las manos al no estar eficaz con las armas. El cierra plaza era un toro enconoso que se terció cuanto quiso y todo el tiempo le mandó miradas malditas a su hermoso vestido. Él mientras tanto, le plantó cara y se bien portó machacón, terminando con habilidosa estocada.

Insatisfecho regaló al séptimo, un bovino de Campo Real que fue tan débil que reclamaba casi la silla de ruedas y con el que pudo bien poco lograr, sin dejar de marcar el mérito, primero, de sostenerlo en sus cuatro extremidades y después de trazarle varios pases lentos, acariciadores que le robó por enjundioso y obstinado. Aquello era una peña seca, y sin embargo reclamó oles en ciertos momentos de valía. Nuevamente se apareció el fantasma terrible del estoque y el asunto se sumó a manera de silencio por cuenta del multicéfalo.

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Sergio Martín del Campo

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