Deportes

Puyazos

En las espaldas de la frase “Carmelo que está en el cielo, se asoma a verte torear”, fragmento del inolvidable pasodoble que el músico-poeta Agustín Lara ofrendó a Silverio, está una historia con resonancias de pasión y tragedia.

Igualmente, en la parte anterior del arrogante joven José Laurentino López Rodríguez Joselillo, aquel que cuando mozito gachupín llegó de España a México en el vapor “Cristóbal Colón”, late todavía un episodio de pesado drama.

En la esfera taurómaca se dice que no mató Michín a uno y Ovaciones al otro; fueron la tercia Gaona, Padilla, De la Rosa y Montaño, y José Jiménez Latapí Don Dificultades, respectivamente; aquellos únicamente hicieron papel de instrumentos mediadores.



En ambos puede encontrar, quien quiera, una serie con paralelismos de altos decibeles.

El hermano mayor de Silver… Armando, según el sello verbal de la pila de bautismo, conmocionó a cuantos le observaron clavarse todo él en los dominios del toro. Si Belmonte, Juan, el atrevido Pasmo de Triana había metido una pierna, la de salida, en esos terrenos del burel, Carmelo, el joven loco de Pentecostés había penetrado a los mismos, pero con ambas extremidades.

Los acontecimientos que generó fueron brutales.

Casi dos décadas después, y luego de haber actuado en varios cosos del cinturón de la Ciudad de México, llegó a la plaza más grande del planeta Joselillo, para firmar una carta de visita devastadora. El veinteañero espigado y orgulloso se quedó inerte, encajado, unido a la arena como si fuesen una sola pieza; y así se pasó por el ceñidor las facas afiladas de sus adversarios. Igualmente conmovió a los aficionados con su aguante especial.

Amor a primera vista que luego, en ciertas tardes, se convirtió en rezongo de esposa caprichosa.

Empero los dos, en su momento y espacio, se saludaron de frente y sin fingimientos con sus destinos.

El 15 de abril en el rancio coso del barrio de San Marcos de Aguascalientes, se ofertó la última novillada de la temporada; los organizadores, Espectáculos Taurinos de México, imprimieron carteles anunciando una función de selección con siete supuestos jóvenes y siete reses, cinco de Rosas Viejas, una de Ojo de Agua y una más de Manolo Espinosa.

El desarrollo del espectáculo iba transcurriendo más o menos con destara normal. Detalles de percusión convencional, la actuación decorosa de alguno ante cierto animal complejo, salida al tercio y otros cuadros. Sin embargo el color de la tarde cambió cuando soltaron al bien armado ejemplar de Manolo Espinosa; apenas haber dado una vuelta al anillo éste, se desgajó de la tronera del burladero de matadores un chaval desgarbado, ataviado con un terno que por lo decolorado de su verde y lo opaco de sus brocados, se podía calificar instantáneamente de “muy toreado”. En las pequeñísimas fracciones de segundo posteriores al término de su primer lance, se pudo apreciar que algo distinto grabaría la fecha.

La corta serie de verónicas se extendió por la intensidad. El aspirante, con sólo un novillo matado profesionalmente en su palmarés, se reponía serenamente, sus riñones incrustaron sus cuerpos gelatinosos en los glúteos y cuando había que aquietarse y abrir los brazos, lo hacía de modos cabales.

Un espectro caliente empezó a subir a los tendidos; luego invadió a todos los presentes.

Irrumpió después en el eje del escenario con un quite al modo del elegante indio de León. Ya estaba poseído Rodolfo Mejía El tuco de los viejos espíritus de los viejos novilleros que dejaron sus vidas en los terregosos ruedos de aquellos pueblos perdidos de Dios. No parecía que le fueran a mover o a inquietar las facas en puntas del ejemplar.

Dobló su desgastada capa, se apersonó en las tablas y desplegó su muleta. Allá fue, a escribir una elocuente carta viviente que quiere ser torero.

Salió dispuesto a morirse… entendido el término bajo el entramado consciente de un proyecto rígido en busca del éxito rotundo.

Un afaralodao en los puros medios del ruedo escribieron el prólogo de un pase de pecho inolvidable; pareció que el mismo ungulado se rindió ante la brutal muestra de inmolación y lo que en inicio parecía una resistencia del instinto, sufrió la dramática y feliz metamorfosis de un muletazo nítido, transparente, diáfano, extraordinariamente comenzado y mejor acabado.

Hubo llanto de muchos; lágrimas de reconocimiento a la entrega genuina y a la ofrenda dedicada al toreo que salía de un chaval humilde de condición social pero soberbio de sed y aspiraciones de conquista en los anillos.

Y ahí está; arropado por quienes administran hoy el toreo aguascalentense. La tarde fue conmovedora. Todas las circunstancias le entroncaron favorablemente y la suerte le regaló muecas de sonrisa.

Hoy, aquí comienza el dilema, la búsqueda de la fórmula para a este pequeño fenómeno poder dimensionarlo en el complejo mundo de la fiesta brava. ¿Lo veremos algún día como figura chapeada a la antigua? Sólo el destino tiene el guión. Hoy solamente desean los aguascalentenses que quienes le apoderan tengan el atino de abrir su camino… la tauromaquia moderna quizás no esté para sacrificar toreros como aquellos de los renglones iniciales.


The Author

Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

No Comment

¡Participa!