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Un renovado El Cejas corta importante oreja

La obstinación, la voluntad de gustar y recompensar al público, el esfuerzo y ese propósito de entroncarse con el triunfo, no a todos les da la cara sonriente y cabal. Ayer tarde los tres actuantes lo buscaron pero sólo uno lo encontró. Este fue Arturo Macías El Cejas (oreja tras aviso y ovación tras aviso) quien ante un lleno en el graderío de la finca taurómaca Monumental de Las Flores, se convirtió en el triunfador de la tercera de feria al cortar valioso apéndice auricular.

Fermín Spínola (palmas y pitos injustificados tras dos avisos), en contrapartida no pudo izar trofeos, sin embargo tuvo episodios muy toreros y entendió excelentemente a su inválido lote al cual le presentó la muleta con un pulso como para disfrutarse, pero que muy pocos supieron aquilatar en la dimensión justa.

La máxima figura del toreo a caballo, El Juan Belmonte del rejoneo, Pablo Hermoso de Mendoza (pitos injustificados y salida al tercio) bien pudo salir a hombros al haber igualado el corte de orejas –tres- que adquirió en premio el domingo, pero esta vez la virtual escena la evitó su descalibrada manera de emplear el rejón de muerte.



De los chiqueros se dio libre a un encierro conformado por dos ganaderías: Los Encinos y Campo Real. La primera puso las reses para rejones y la segunda para los de a pie, completando ambas un sexteto de admisible presencia.

Quede para el buen recuerdo el par de toros que embistieron a las jacas del navarro, aplaudido que fue en el arrastre el primero, y el segundo de la lidia ordinaria que recibió idéntico halago del público.

Adormecida, lentamente y observando los códigos más clásicos del rejoneo, ya ofreciendo el encuentro, el estribo, o la grupa de sus caballerías toreras, el caballero extranjero dejó burilada una obra jineta egregia y tan variada que parte de las suertes más reconocidas del “arte de Marialva” le fueron apreciadas. Así honró su responsabilidad profesional y al noble toro queretano. Lamentablemente el destanteado uso que hizo de la “hoja de peral” fracturó el inminente merecimiento de trofeos.

En la dehesa de los Martínez Urquidi compró bien el lote; el segundo bóvido marcó mejores virtudes que su hermano y el emulo de los escitas igualmente le hizo los honores presentándole labor multicolor, de doblones hasta banderillas a dos manos, pasando por el toreo a la grupa sobre el viaje paralelo de los maderos, quiebros en los medios y el recuerdo de don Ángel Peralta en la rosa.

Seco, perfilado en el túnel del más serio clasicismo y en todo terreno e instante bien plantado, desmembró excelente partido Fermín Spínola al descastado segundo de la función. Entendido y correcto empleo hizo de los engaños pero la mansedumbre evitó mayores emociones. En formas acompasadas hizo el toreo de capa al quinto. Inteligente, comprendió la pequeñez de la fuerza que traía. De la sarga inventó un instrumento de algodones y como consumado ortopedista logró sostener en pie al adversario, el cual traía extremidades de atole, sacándole, entre el plausible partido, varias series derechistas delicadas por el temple imprimido.

Un Arturo reanimado, concentrado mejor en el toreo y menos en la comunicación vulgar con el cotarro, más natural y fresco penetró al escenario circular en donde generó aquel trasteo con dos episodios, el uno de suertes capoteras amplias, ya de hinojos, ya de pie y en juncal acción, y muleteras tersas y templadas; el otro de ensimismo y valentía, pero sofocando al buen toro que siempre acudió noblemente y con clase.

El sexto no prometía buena lidia, empero en el tercio de la suerte suprema permitió que el alegre y joven diestro se mantuviera en sus terrenos. De modo que el coleta hidrocálido, tras una serie desunida de largas cambiadas hincado en la región de tablas, acogió los avíos para actuar hasta tres papeles distintos, el del torero que se la juega entrando a visitar terrenos de gran peligro, el de matador populista que amable complace a la clientela de barrio, y de “dictador” de banda de música, exigiendo “la de aquí”. Matices entreverados de muletazos valiosos, pasajes teatrales e instantes de peligro quedaron en el ruedo, pero todo entre el contento y la exaltación popular. Estaban las orejas del toro prácticamente en sus manos, pero aparecieron los pinchazos y el premio se redujo a ovaciones.

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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