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Barrera y Adame, mediocres y absurdas orejas

  • Se lleva a cabo la penúltima corrida de toros de la Feria Nacional de San Marcos edición 2012
  • Antonio Barrera, Israel Téllez, Oliver Godoy y Gerardo Adame se enfrentaron a toros de La Estancia
Foto: Gilberto Barrón

El cuarteto de coletudos sugeridos por la empresa vendió casi la mitad del boletaje en el coso Monumental. Era la penúltima corrida de la feria sanmarqueña y se anunciaron el peninsular Antonio Barrera (pitos tras dos avisos y oreja) y los nacionales Israel Téllez (al tercio tras aviso y silencio), Oliver Godoy (silencio en ambos) y Gerardo Adame (oreja protestada y silencio) para los que se contrataron ocho bovinos toristas de la Estancia, es decir, con características cómodas y declinadas a favor del desempeño desahogado de los actores. Fueron ocho toritos muy finos de lámina, algunos con características zootécnicas de novillos, para no hacer temblar a nadie, y que además embistieron noblemente según el destare general. La afición culta rindió pleitesía con sus palmas al cuarto, séptimo y octavo cuando sus restos eran llevados al patio de carniceros.

Se quejaba un compadre de sombra: “¡Que torero tan sin chiste!”, se refería,  por supuesto, al extranjero que, huérfano de la plasticidad y muy lejano del sentimiento aburrió hasta generar bostezos ante un torito indigno de presencia –el único feo de los ocho- y con actitud combativa, pero de mal estilo. A otro de los buenos ejemplares le soltaron en segundo lugar, y con él dio ejemplo práctico de lo que es destorear. Ventajista, tratando de hacerlo ver mal, desligando intencionalmente y descolocándose descaradamente, no tuvo respeto por el par de puestos que le obsequiaron absurdamente dentro de la feria. El dios Taurus vengó el agravio hecho a la torería mexicana, al serial que se autodenomina el “mejor de América” y a la afición dándole una voltereta de la que sumó la luxación de un hombro.

El propósito de agradar y bien torear de Israel Téllez fue real; pero la flaqueza de fuerza del hermoso torito y el equivocado entendimiento de su compás, también, y lo que se orientó hacia una buena faena, adornada con alegre y atinado segundo tercio de parte del propio director de la lidia, desembocó en pasajes detallistas de accesorio. El sexto fue torito tardo y el de Uriangato, siempre entusiasta y banderilleando nueva y cabalmente, pegó pases en medio del viento y se portó obstinado sin objeto y sin gloria.



El tapatío Oliver Godoy desarrolla el toreo según patrones rayados en lo educado y estético, pero no exporta sentimientos a los receptores; así se dedicó a lancear, a enseñar un quite y a pegar pases, más no a templar y ordenar el viaje de un novillito fino, fijo y de escondida largueza en sus embestidas, las mismas que no supo encontrar y revelar el joven. Su segundo igualmente era un bovino que se entregaba por ambos cuernos si se le sometía y se le templaba, manifestaciones de virtudes toreras que no tiene este espada enclavado ya en la lista baja, por lo menos de la feria en la que pasó al centro de un mediocre y obscuro túnel.

La clase y la extensión de las embestidas del cuarto resultaron congruentes con su belleza fenotípica. Adame, más dado a la superficialidad y a la fachada que al interior del toreo pleno y de esencia, le realizó suertes variadas con ambos avíos, sin embargo no cuajó al rango que merecía la buena res de la que empuñó un inentendible apéndice luego de haberla matado de golletazo después de un pinchazo…

Para redondearle la fortuna el mejor lote, le correspondió un octavo excelente, fijo, con clase y recorrido, así cuando le pasaba por el pitón siniestro como por el derecho. Descuadrado del toreo, el joven local únicamente aprovechaba el viaje del ungulado. Con el sitio perdido, en todo momento se descolocó y jamás imprimió el son que claramente pedía. Unos entendidos corearon con justicia: “¡Toro… Toro!”. En consonancia con su mal proceder mató de un descabello precedido de un pinchazo y una estocada aceptable.

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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