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Joselito, sol y sombra / Novena de la Feria ayer con toros de Santa Bárbara y Peñalba

Joselito Adame, el fresco triunfador de Sevilla centró la tarde en su torera persona. Las muecas místicas de la fiesta se reflejaron en su cuerpo la tarde de ayer en el coso Monumental durante la novena de feria.

Foto: Gilberto Marrón

Teniendo más de un cuarto de entrada en las gradas de la taurómaca finca de Aguascalientes, soltaron un encierro remendado por Santa Bárbara y Peñalba. El gaucho Martín Fierro sentenció de los habitantes del planeta: “El que pierde la vergüenza, jamás la vuelve a encontrar”.
Los de Peñalba salieron quemados con la marca de Bernaldo de Quiros y como es vicio en el titular de estos criaderos, vendió a la empresa tres toretes que pusieron entredicho la supuesta categoría del coso. En juicio visual adolecieron totalmente de cuajo, hechuras, desarrollo y aspecto de adultos. Si faltara algo, resultaron desbravados hasta el pecado. Es claro, en esta opulenta casa no existe amor por la crianza del toro de lidia, si no una enfermiza empatía y un “cariño” chiqueón hacia todos los matadores.

Santa Bárbara no quiso dejarse ganar la pelea y arreó tres animales sin cuajo, reducidos de masa corporal; no dignos de alguien que se precie de ser ganadero de reses de lidia, profesión que exige de muchos esfuerzos y más dinero. De cualquier modo hubo el rescatable juego de un torito bravo y noble, el quinto, al que no cuajó totalmente el joven peninsular.



El espada local sacó de la espuerta el capote y de éste, a su vez, verónicas señeras de buenas tardes y chicuelinas de quite; banderilleó ordinariamente y enseguida se concentró en la muleta formando una faena variada, por encima de un toro resabiado que pronto indagó el patrocinio de las maderas para refugiarse en ellas. El aguascalentense honró su esfuerzo matándolo de buena estocada en la suerte de aguantar y ganó un auricular. Sobria y toreramente recibió con la capa al sexto, mejor clavó banderillas y vino el desenlace de la función. El cuadrúpedo se destapó con acciones inciertas; Joselito abrió la intervención con pases por alto en el tercio, de los cuales huyó el de Santa Bárbara, no obstante lo empapó en el encaje del engaño por el derecho cuajando varias series llenas de temple y largueza, sin embargo se echó la sarga en la zurda y sin haber tanteado el modo de acudir de la res por semejante lado, le otorgó las ventajas en los medios del anillo y vino la cornada grande en el muslo del mismo lado y con dos trayectorias. Ahí se quedó, responsable como es y buriló derechazos valiosos y una estocada baja, pero recibiendo el otro apéndice que le tituló como máximo triunfador.

En su parte, José Mari Manzanares (al tercio en ambos) con la solidez profesional que da el educarse en una fiesta que es genuina y no apócrifa, relajado, en estado de tranquilidad dio forma a un trasteo formidable de tienta pública, valiéndose del becerro grandote, rajado e indigno que le soltaron y al que pinchó antes de atizarle la estocada defectuosa que le remitió al desolladero. ¡Chiquito pero picoso!, exclamó un aficionado de barrera; si, era el quinto, un torillo encastado, fijo, de buen estilo e inacabable recorrido. Y era el ibérico ante él, haciéndole el toreo en estado de pureza y dorado clasicismo dimensionando los avíos legendarios y que sin embargo dejó declinar en un trasteo de más a menos, no extrayéndole muchos muletazos que se llevó dentro y no coronando como merecía este bravo ungulado que fue arrastrado entre los aplausos de los concurrentes.

El primer espada, Ignacio Garibay (silencio en ambos) haciendo jactancia de cadencia, lanceó al primero, un novillo –no era más- noble e igualmente blandengue e insignificante. Quedó su esfuerzo parado en suave quite al modo de don Manuel Jiménez, ya que con la sarga el buen deseo se fragmentó para perderse en el mutis que guardó la escasa clientela. Becerrote topetón y “amable” fue su segundo. Ni con arado uncido hubiese sido útil. El descastamiento sofocó con saña el propósito y la estética que puso el defeño coleta.

Aquello resultó una ociosidad y un aburrimiento que terminó en sufrimiento de espadas.

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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