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Puyazos

El diccionario de la Real Academia Española define como indulto: “gracia por la cual el superior remite la pena, o exceptúa y exime a uno de la ley o de otra cualquier obligación”.

Adoptada y adaptada la palabra en los formatos literarios de la jerga taurina, es: El máximo premio que puede recibir un toro de lidia en una plaza; suprimirle el juez la pena de muerte por haber demostrado durante la lidia casta, bravura, clase y nobleza.

El halago no es propiamente para el espada, sino para el toro; honra igualmente dedicada en segunda dimensión al ganadero por haberle dado buena crianza y propiciado la circunstancia para que se explayara su alta genética.



El indulto tiene un origen y, lo más importante, un fin.

La memoria del primer indulto de un toro gravita en la débil atmósfera de los registros históricos. Es de algún modo temerario el asegurar la fecha, sitio y ungulado que por vez primera fue indultado tras la lidia.

Menos peligroso resulta el proponer la teoría de que el petanque correspondiente al motivo que llevó al retorno con vida a un astado, fue la emoción desriendada que generó con su desempeño distinto a lo extenso de la dura serie de pruebas que comprende la lidia.

El 30 de junio de 1869 en el coso de Cádiz, España; Cartero, toro de pelaje berrendo en colorado, parido en los campos de López Cordero, recibió bravamente una veintena de puyazos; número seguramente superior para lo que en esos tiempos tomaban el común de los toros. Esto provocó que el público pidiera que no se le matara, y cuando el presidente accedió al deseo colectivo, la subrayada res volvió a cruzar el portón por el que había salido al escenario; acto hecho en medio del compás de alegres notas musicales. Como dato, el cartel lo formaron El Gordito y El Tato.

Se fue estableciendo una serie de códigos que se oficializaron. Esos códigos se compactaron y quedaron anexados en los diferentes reglamentos taurinos legislados.

Para que un toro merezca el indulto deberá de mantener un comportamiento de bravura, codicia, raza, actitud combativa, casta y eso que intransigentemente los “taurinos” llamamos son, durante toda la lidia.

Ello será el negativo revelado en celuloide de una probada cualidad genotípica.

Deberá apreciársele, a la simple inspección ocular, edad adulta; esto le avalará la legitimidad del desempeño según su carácter plenamente desarrollado y definido.

En paralelismo de tal ramo de cualidades será también destarada su fuerza, que funcionará como fiadora de la buena crianza que la mano del hombre le otorgó. Así se completa el perfil genético y el fenotípico.

El objeto práctico del indulto es que el toro sea de utilidad en el proceso evolutivo de la raza de lidia. Otro móvil que orille a concederlo será desvirtuar las bases morales y sus principios.

Cada ganadero tiene su propio criterio de entender el caso de los toros indultados. Se decía que el notado criador jalisciense don mariano Ramírez apuntillaba en las corraletas a los ejemplares que le indultaban porque, según él, no servían como material genético.

La ciencia empero, que tiene como lema la razón, indica que el toro indultado posee enormes posibilidades de heredar a sus hijos cualidades de casta y bravura.

Si los sementales son seleccionados a edad joven por medio de una tienta especial, luego son retentados para corroborar que mantienen sus ejemplaridades, y por su puesto considerando su reata, es decir, sus antecedentes genéticos –padres, abuelos y otros antepasados- más severa resulta la lidia durante la corrida, puesto que se somete al toro a más y mayores condiciones complicadas e inconveniencias que en el campo no se dan, como son el mismo estrés del traslado, los días en distinto corral, la ausencia de sus dominios naturales, cierto cambio en la alimentación, el encerramiento en los departamentos de toriles previo a su salida al escenario, la deshidratación, la divisa, la brega capotera, los puyazos –cuando estos se dan en modos honrados-, el o los quites, las banderillas y la faena de muleta; todo esto entre un murmullo o ruido propios de fiesta que en los exámenes de campo no se dan.

Y no inclinándose hacia el dañino autochiqueo imperante, el par de astados que se indultaron en la terminada Feria Nacional de San Marcos y procedentes de las mismas fincas –Begoña y Mimiahuapam-, adolecieron de lo suficiente para ser honrosamente retornados vivos a los corrales. La finalidad fue otra.

El toro –eso era- castaño, musculoso y cornicorto que correspondió a Castella el 30 de abril fue noble y hasta bobo, terminando aplomado y confundieron la labor del coleta con las acciones de la res.

El otro bóvido, el menos cuajado de una corrida seria, manifestó mejores y más cualidades, sin embargo en su perdón se interpuso, mejor que la casta, la tramitación que promovió Talavante por medio de su astucia, a sabiendas de lo pinchador que es.

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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