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Reflexiona, reacciona y corta valioso auricular El Payo

Punto menos que medio aforo metió el décimo cartel ofertado por la empresa de la gigante de Expoplaza: El Zapata, Alejandro Talavante y El Payo, que sustituyó al herido Joselito Adame.

Del ganado se “responsabilizaron” los herederos de Teófilo Gómez, quienes abusando de su “política” en la crianza de bóvidos de lidia, ofrecieron seis reses de variados tipos, distintos cuajos y uniformemente mansas.



Las cornamentas lucidas no recompensaron la tristeza que causaron durante el anodino juego que dieron. El rico son de palmas que se escucharon al salir el primero, se perdieron entre la silbiza que despidieron en el arrastre al quinto y al sexto.

Bregó suave, notablemente y con eficacia El Zapata (al tercio y al tercio tras petición) dejando en sintonía al toro para clavarle tres pares de banderillas variada y honradamente. Se asomó al balcón y se dejó llegar al chaleco la respetable percha. Vino el tramo complementario en la faena de compás lento y buenos pases, aprovechando el rescatable lado derecho del burel que despeñó con espadazo decente después de pinchazo. Un farol auténtico de hinojos en paralelo de la barrera marcó su intervención capotera, tan variada que hizo exhumar la nomenclatura de suertes mexicanas y levantar de las butacas a la mayoría con tres pares de banderillas espectaculares –incluido el par monumental-. Era su segundo oponente ante el que con la muleta empuñada se vio discreto por lo resabiado de éste, su escasa energía y notoria mansedumbre.

Marcos de belleza torera, estética y plasticidad gota a gota diáfanamente manó del ibérico Talavante cuando manejó ambos avíos. Lances a compás cerrado, derechazos y naturales dieron solución a un toro dúctil, de buen estilo, sin embargo mal dotado de fuerza y al que mató de espadazo contrario y atravesado.

El joven quinto –bien gordo y mejor armado- era una roca seca, sin alma; se soldó al albero y resultó rotundamente imposible que el extranjero, y cualquiera que hubiera sido, le extrajera un pase.

El desgano, antipatía y descorazonamiento no se miden sobre las virtudes o defectos de un toro. Lo de El Payo (división y oreja) es asunto que se encuentra demasiado lejano de los redondeles pero muy dentro de él. La función se perfilaba envuelta en un trazo sofocante y con densidad de ánimos por parte del protagonista del último tercio. Estaba en el foro el sexto; un toro de testa astipuntal, descastado, bobo y refugiado en el amparo de las maderas. El queretano rubio manifestaba esfuerzo sin honra y vagancia sin destino fijo, lo que estaba desesperando a la concurrencia. Y cuando nadie esperába nada, pensando que cuajaría una mediocre actuación idéntica al de su primero, radicalmente se proyectó un diestro reencontrado con su interior. En actitud cristalina se encajó en terrenos peligrosos, desdobló sus brazos, selló los muletazos con temple y mando y por el fajín se hizo correr el cuerpo del Teofilito al que despachó de un espadazo admisible.

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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