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Toros / La Oreja de Oro, a la lista de Víctor Mora

Con lo menos propicio de un buen encierro de Corlomé, el joven Víctor Mora hizo lo necesario para poner en los cristales de su galería la Oreja de Oro, el áureo gallardete que pone en discordia la Asociación Nacional de Matadores.

Foto: Gilberto Barrón

Las rejas del coso Monumental se replegaron y a la redonda escalinata, cuerpo de su vientre, apenas entraron aficionados para cubrir un cuarto del aforo albo.
La dehesa de Corlomé se ha distinguido siempre por dejar en sus pastos después de las tientas, a aquellos ejemplares que hayan declarado bravura durante el examen inflexible. Esta tarde, semejante labor íntima quedó hecha pública con siete bicornes dispares en cuajo pero bravos en juzgamiento general. Todos los machos recargaron en el peto y en el episodio muletero destacaron el segundo, sexto y séptimo; aquellos aplaudidos en el arrastre.

Los torpes movimientos de Oscar Sanromán (silencio y palmas en el de obsequio) fueron los denunciantes imparciales de su intrascendencia anunciada, entendida ésta como la ausencia del éxito que se desea pero que es asesinado por las realidades. La solución técnica que dio se enclavó en el terreno seco de lo correcto mientras que lo que brilló fue la raza y bravura de aquel torito extraordinario que defendió la bandera de las viejas sangres de las cuales era legítimo heredero. Con quien sabe qué objetivos regaló un séptimo, toro cárdeno, entero, bien armado y bravo como él solo además iluminando el redondel con embestidas de buen estilo cuando se le toreaba templadamente. El queretano “simplemente” se portó atento con la técnica e indolente con el sentimiento cuando ya el cotarro estaba desconcentrado de los sucesos de la corrida.



Ismael Rodríguez (silencio) usó el capote necesariamente, tal tercio ineludible, no doblándolo hasta dejar en sus arrugas naturales un buen quite por chicuelinas. Sin embargo con la muleta es con la que se acaba de someter la casta, como esa que a modo de venero eyaculó el segundo de la tarde. Por su lado el leonés, sin conjuntarse al adversario, se esforzó, pese a lo cual no halló la dimensión a la que apuntaba en esta corrida.

Variadamente, explayando notoriedad aunque sin la quietud exigida y rígida por las normas taurómacas modernas, Víctor Mora (oreja) enseñó suertes capoteriles. Lo que le sobró de prestancia, clase y recorrido al fino toro, le faltó de fuerza; ello le condicionó a soldarse en la corteza del escenario apenas en el alfa de la faena. Ésta la selló el joven torero hidrocálido con empeño y algunos instantes formidables aunque deseslabonados metiéndose en el mundo de la mano de cobrar, ya la sarga flameante, por supuesto. Consciente del tipo de función que se vivía, digirió la suerte suprema en el rango del compromiso y la hizo ver con la ejecución correcta y la eficacia añorada.

No es, o esta tarde no fue, el básico compromiso de Antonio Romero (silencio) el toreo cabal; siempre sobre piernas, nunca a la distancia que el bravo y buen toro reclamaba, su intervención desunida pasó en el túnel de la indiferencia y de la incomodidad de una clientela que no vio bien que el de Corlomé se haya fracturado el pitón izquierdo antes de comenzar que concluyó de buena estocada. Qué parco e indiferente se apreció el de Zacatecas.

La aplicación técnica que durante la lidia del quinto protagonizó Oliver Godoy (silencio) fue sofocado por la debilidad de un bóvido noble y de buen estilo que manifestó embestidas desligadas, mismas que se anexaron a la mala combinación con el decaído estadio anímico del tapatío y sus destanteos con el alfanje.

Con mejores deseos que certezas evidentes Gerardo Adame (palmas tras aviso) lanceó al sexto, un toro formidable, bravo y severo que no se humilló jamás ante el pase pegado, que defendió su linaje y los teñidos de su divisa jalisciense pidiendo con lenguaje animal y en todo momento el reto, un reto torero que nuestros jóvenes coletas inscritos en la “lista baja” no saben resolver. Entusiasta y enjundioso sí que se vio Adame, pero no tuvo la pericia necesaria para plantarse a la distancia exacta, catalizadora que hubiese sido de mejores diligencias taurinas, y embarullado y mal hecho dejó la firma de una boleta preocupante en la que es claro su huérfano sitio. En consonancia con lo involuntariamente expuesto, se mal desempeñó matando.

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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