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Víctor Puerto logra cortar dos orejas y El Chihuahua las pierde por la toledana

Un similar número al 50 por ciento de boletos se vendió en los estanquillos del coso Monumental que ayer emparejó las puertas y colocó candados, concluyendo la feria taurina San Marcos 2012. El público sobreviviente de esta verbena quería ver la función final para la que Celia Barbabosa trató ocho ejemplares notoriamente heterogéneos de tipo, cuajo y comportamiento. En la partida se vieron astados de muy buen juego que alentaron a los gustosos del toro en sí.

Foto: Gilberto Barrón

Practicando la cotidianeidad incolora que le aqueja Rafael Ortega (silencio y silencio), hizo ocupación del foro en los tres tercios, agrediendo en ellos al centro de las exigencias actuales de la tauromaquia pero sí atendiendo los despropósitos que atentan con las normas morales básicas de cualquier profesional, catalizadas por un torillo indeseable que fue impuesto quizás también por el tedio que ya sofocaba a las “autoridades”.  Sí, un toro, el quinto lo suficiente para que el tlaxcalteca firmara una triste boleta de despedida, dejando atrás de ella la doliente y hueca inclusión en el serial dentro del cual en dos fechas mató cuatro reses sin que sucediera nada de valía.

Con un torito mal criado –no mal creado- evidentemente de mal hecho afeitado, Víctor Puerto (dos orejas y silencio), sin categoría hizo una faenita estupenda, sin peso ni agobio desdoblando el brazo y dislocándolo pa’ los adentros, con harta norma y poca valía, entrenando a gusto tomando en cuenta la bobería y aguante del animalillo que despeñó de media espada en la yema.
Su segundo, más hecho, exigentillo  y revoltoso admitió que se le apreciara la parte guerrera que también domina y que culminó con habilidosa suerte suprema.
El Chihuahua (palmitas y vuelta tras aviso), indisciplinado con su físico tosco, bregó certeramente, alegró al quitar según  El Zapopan, ofreció segundo tercio y un trasteo muletero, raro en él, ortodoxo subrayando los tiempos de los pases con delicia y extensión, tomando en cuenta la nobleza del adversario al que no atinó a matar como merecía.
Su ánimo no desmereció al salir el séptimo, un toro fijo y prestado que utilizó en concretar la actuación chispeante en los primeros tercios e interesante con la sarga rayando muletazos templados y longitudinales envueltos ciertamente en los dobleces de las irreverencias para con la liturgia taurómaca, pero que borroneó igualmente al usar el estoque cuando había prácticamente ganado otra oreja.
Antonio Romero (silencio y oreja) se desempeñó correcto y atendiendo los códigos estéticos con su primero, sin embargo no comprendió las bondades del torito y por supuesto no emocionó pese a que la Banda Municipal de Zacatecas le amenizó… y aquello se transformó en un jaripeo… y en destanteos garrafales durante lo subsecuente. Lamentablemente fuimos testigos de cómo despreció al último de la feria; bovino que fue noble, fijo y con embestidas hasta allá de largas de las que sólo aprovechaba el viaje sin conducirle y menos templarle.
Así bajó la compuerta un ciclo en el que se entronizó como rotundo triunfador un José Mari Manzanares, clásico y elegante, que externó una tauromaquia de etiqueta; en el que hubo encierros indignos pero otros soberbios como el de la venta del Refugio; en el que se vieron astados bravos como aquel sexto de Corlomé jugado el 9 de mayo, en el que El Juli hizo la mejor faena y en el que quedó claro que nuestros veteranos toreros firmaron la carta de despedida y nuestra generación de jóvenes, la de soberbia bienvenida.



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Sergio Martín del Campo

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