De transiciones y regresiones / Enrique F. Pasillas en LJA - LJA Aguascalientes
30/01/2023

México, el mayor país de habla española, con sus 115 millones de habitantes, la economía número 16 del planeta y la tercera del continente, origen de 11 de los 100 más ricos del mundo según la lista Forbes, como Slim y el El Chapo; pero también de 50 millones de pobres, y por ende, una de las sociedades más desiguales y polarizadas del mundo. Un gigante con pies de barro que padece en 2012 de enormes problemas sociales en todos los órdenes. A estas alturas parece claro tanto su enorme déficit económico y democrático como el apabullante tamaño de sus retos y desafíos como nación.

Así, durante muchos años se dijo que la llamada “transición española” era un ejemplo a seguir para México. Ahora parece claro que no lo era tanto por diversas razones que sería largo describir en esta entrega, aunque sí podemos decir que se puede rescatar de esa experiencia la voluntad general de todas las fuerzas políticas a la izquierda y a la derecha para dejar atrás la dictadura y modernizar el país, metiéndolo en Europa en el lapso de pocos años (en plena crisis del euro podemos constatar que en cualquier transición “modélica” siempre hay claroscuros que acaban con el brillo inicial, sobre todo por aquéllo que nunca fue cierto del todo) a través de un consenso amplio que en la experiencia mexicana ha brillado hasta ahora por su ausencia, como queda claro a la luz de los recientes sucesos electorales. De cualquier modo, habría que discutir si las experiencias políticas y democráticas de los pueblos son “modelizables” y por tanto exportables a otras realidades.

Pero el caso es que México, a diferencia de España o de Chile, no sufrió un traumático golpe de estado ni una feroz dictadura militar después de la revolución. Tampoco hubo represión masiva de la disidencia política, como sí la tuvieron España durante el franquismo y el Chile de Pinochet; sino una sui géneris “dictablanda” (así la definió el Nobel Vargas Llosa) civil que vuelve por sus fueros después de haberse ido. ¿O será que jamás se fue?, hay estudiosos que sostienen que la psique del mexicano, sin importar de que partido, está marcada por la indeleble impronta de la resistente genética tricolor…

Como quiera que sea, de un tiempo a la fecha se ha vuelto un lugar común decir que el ejemplo más cercano y más adaptable a México es el de la transición chilena, de la que se habla mucho pero de la que se sabe poco. Más concretamente, cabría preguntarse: ¿es la transición chilena un ejemplo a seguir para las fuerzas progresistas mexicanas? ¿Cómo hacer para que los casi 16 millones de votos obtenidos por las izquierdas el pasado 2 de julio contribuyan a derribar el trabuco conservador que lastra el desarrollo del país?

Primero, es necesario recordar las grandes diferencias entre México y Chile. Una primer geopolítica que es fundamental: los patagones no tienen como vecinos a los EEUU –aunque ciertamente la lejanía geográfica no impidió el golpe militar contra Allende en 1973, auspiciado y patrocinado desde Estados Unidos por la CIA de Nixon y Kissinger–; no tienen demasiada población (unos 16 y medio millones de habitantes) y cuentan con un sistema político y administrativo fuertemente centralizado (no existen las entidades federativas, sino los intendentes y los gobiernos regionales, los alcaldes y los Concejos Municipales). Y lo más importante: Chile es un país rico para los estándares iberoamericanos.

En segundo lugar, hay que hacer presente que Chile tuvo una larga tradición republicana y democrática desde su independencia, contemporánea a la mexicana, hasta septiembre de 1973, cuando todo ese progreso democrático se vio interrumpido por el Golpe Militar encabezado por Pinochet.

Y es aquí donde debemos centrar la atención: ¿cómo recuperó Chile su sistema democrático? El primer antecedente es el plebiscito de 1980, mediante el cual se buscaba legitimar la Constitución de Jaime Guzmán Errázuriz (siniestro ideólogo de la dictadura). En ella se otorgaba al dictador Pinochet el título de “Presidente de la República” y asimismo se le concedía un mandato de nueve años “prorrogable,” ya que el plebiscito se repetiría al final de este periodo. Fue celebrado en circunstancias nada transparentes y concluyó con el triunfo de la opción “Sí”.

Terminado este periodo, se convocó a este nuevo referéndum, y es aquí donde aparece la “Concertación de Partidos por el No,” que aglutinaba a toda la oposición del dictador. Celebrado el 5 de octubre de 1988, el plebiscito se cerró con un 60 por ciento de los votos para la opción “No”. Como consecuencia de esto, se convocó a elecciones parlamentarias y Presidenciales para el año siguiente.

La Constitución de Guzmán incluía (y aún se conserva) un sistema electoral binominal, mediante el cual se le aseguraba al sector minoritario una presencia en el parlamento mucho mayor a la real, que en este caso, beneficia a los partidos de derecha. Es así que a fin de obtener una victoria indiscutible y de poder neutralizar de algún modo los efectos del sistema binominal, esta alianza se mantiene bajo el nombre de “Concertación de Partidos por la Democracia”, que aglutina partidos de izquierda, centro izquierda y centro derecha. Aquí está una de las claves chilenas.


Esta Concertación ganó las elecciones Presidenciales y parlamentarias desde 1989 hasta 2009, consiguiendo también en el mismo periodo, mayorías en las elecciones municipales. Los Presidentes de ese periodo fueron: Patricio Aylwin (Democracia Cristiana), Eduardo Frei Ruiz-Tagle (DC), Ricardo Lagos Escobar (Partido por la Democracia) y Michelle Bachelet Jeria (PS). Recordemos que en 2010, asumió como Presidente, Sebastián Piñera, quien representa a la coalición por el Cambio, conformada por los Partidos UDI y RN, de derecha.

Sin embargo, el balance que hacen los chilenos de este periodo está lleno de claroscuros y es en general pesimista; hoy en día se habla de la “post-dictadura”, de una “pseudodemocracia” durante la cual hubo pocos avances en igualdad y justicia y que sólo sirvió para consolidar al neoliberalismo como modelo político-económico imperante. El Periodo de Piñera vino a confirmar esta sospecha, razón por la cual vemos a diario noticias de una ciudadanía montada en cólera que exige avances en derechos sociales, especialmente los jóvenes, que reclaman educación de calidad y gratuita.

Pero algo de lo que sirve a las fuerzas progresistas mexicanas de la experiencia chilena es la lección de que, cuando se trata de vencer al rival común, debe pactarse. ¿Qué hay muchas rencillas? Pensemos que la Democracia Cristiana chilena ejerció una férrea oposición a Allende. Al final, fueron ellos quienes instigaron a las Fuerzas Armadas a dar el golpe.

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Mucho agradezco los atinados comentarios, sugerencias y reflexiones de mi amigo y casi doctor Ignacio Bachmann, jurista chileno.


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