Opinión

Si muere una, morimos todos / Cinefilia con derecho

Es importante que como sociedad alcemos la voz una y otra vez en contra de todos los actos execrables, inhumanos, bárbaros, conductas que nos laceran no sólo por la persona o personas directa o indirectamente agraviadas, en realidad el oprobio es contra todos los ciudadanos de este estado. La muerte de una mujer a manos de un absurdo hombre que en algún ataque de celos, pasión, dolor o como quiera llamársele –siempre será igual de absurdo– es algo que indigna hasta la médula. Inmediatamente viene a nuestra mente Te doy mis ojos, el drama español del 2003 dirigido por Icíar Bollaín  y que trata justamente de la violencia que el hombre puede ejercer en la vida conyugal sobre la mujer. Pilar es una mujer que ha vivido años en matrimonio con Antonio, un violento hombre que la golpea constantemente, cansada de esta vida decide dejarlo. Él, consciente de su problema, busca ayuda y va al psicólogo, le pide a ella que regrese, le promete que está cambiando. Ella accede y después de unos días de convivencia llega otro arranque de violencia que provoca incluso que él la exponga desnuda frente a muchas personas.

La mujer como excluida ha sido un problema fundamental de los derechos humanos, sin embargo las acciones concretas y normatividad especializada son de reciente creación, de hecho en los últimos 10 años la cuestión de la igualdad de género y la protección a la mujer ha ido in crescendo, porque si bien la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer fue ratificada por México en 1998, las leyes reglamentarias se emitieron tiempo después, la Ley General para la Igualdad de Hombres y Mujeres es de 2006; la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia data apenas de 2007, sus réplicas en los estados son aún posteriores; esta ley, si bien en algunas de sus partes podría generar un grave desequilibrio hacia los hombres, es un paso firme para combatir la violencia. El miércoles en el Diario Oficial de la Federación leíamos dos acuerdos muy interesantes de la Suprema Corte de Justicia de la Nación: uno para lograr la igualdad entre hombres y mujeres en ese alto tribunal y otro dedicado a erradicar el acoso sexual, un problema que ha trascendido al grado de provocar la emisión de normatividad, aunque las acciones contempladas en ella sean tibias.

Los refugios e instituciones dedicadas a la protección de la mujer, de igual forma han aumentado, desde organizaciones particulares como Mujer Contemporánea, hasta públicas como los propios DIF, han emprendido esfuerzos por ayudar a las mujeres en situación de vulnerabilidad ante la violencia, especialmente de sus parejas. Recientemente en Aguascalientes la Procuraduría General de Justicia creó un organismo desconcentrado especializado en esta materia. Sin embargo nunca es suficiente. Es necesario crear mecanismos (y sobre todo hacer operativos los que ya existen) que coadyuven a generar condiciones de igualdad –en especial económica– sólo de esta forma erradicaremos poco a poco el cáncer de la violencia. Sabemos de antemano que a estas tareas jurídicas y sociales debe sumarse la educación, tanto la pública como la que se da al interior de las familias. Tal vez por esto último, como hijo, me sienta agradecido con mis padres de jamás haber presenciado ninguna escena de carácter violento.

Te doy mis ojos juega con las emociones del espectador, al ubicar cada situación en sus justas dimensiones, no sólo evita maniqueísmos, sino que identifica al público con cada uno de los personajes, incluso con el marido violento, pues no se trata de cualquier protagonista que por sí mismo es malo, en su conciencia él trata de cambiar, va con el psicólogo y se esfuerza por no dejar a su esposa, sin embargo en la vuelta a la convivencia diaria de pareja, su verdadero yo resurge y la violencia vuelve a ser su pan nuestro de cada día.

Te doy mis ojos termina con Pilar entrando a su casa acompañada de sus compañeras de trabajo, dispuesta a sacar sus cosas para iniciar una nueva vida, un final feliz. En la vida real fuimos testigos de alguien que no pudo completar ese proceso y cerrar un ciclo para evitar más violencia. De nosotros como sociedad depende primero el rechazo y condena rotunda a estas acciones, y segundo, el coadyuvar para evitar desde nuestro personal ámbito la violencia contra la mujer en cualquiera de sus especies o denominaciones.

 

rubendiazlopez@hotmail.com



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Rubén Díaz López

Rubén Díaz López

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