Para leerme a mí mismo / Opciones y decisiones - LJA Aguascalientes
28/06/2022

 

Una expresión emitida en la conversación televisiva de un analista económico y su entrevistador suscitó  en mí el tema de esta reflexión. La frase detonante es: la narrativa que hacemos de la economía del país termina por determinar lo que pasa en él. Y ¡bang! Me atrajo a la velocidad del rayo la intuición de cómo se construyen las cosas tanto en la realidad social, como en la individual.

Usualmente nos ufana revelar el país que somos, al compararnos con el extranjero; y principalmente nuestros obligados países de referencia han sido España y Estados Unidos de Norteamérica. El primero por el hecho histórico del colonialismo inherente a nuestro ser mestizo y criollo a la vez; el segundo, por la evidentísima razón de su hegemonía primero continental y luego global. Digo que nos ufanamos en señalar las diferencias, porque nos autodefinimos como no-gachupines, y como no-gringos. Somos mexicanos y, por tanto, somos ladinos, somos agudos críticos: nos reímos de los que cecean y escupen guturalmente las erres, así como nos burlamos de los que tuspiquean y al pronunciar el Español se tropiezan con las jotas y la haches, de manera que el hijo termina en jijo, y las conjugaciones verbales acaban por ser monotemáticos infinitivos a la usanza apache.

Pero, lo más serio de estos asertos asumidos como diferenciación de raza, lengua, clase y posición social sucede en el curso que toman las realidades de la vida cotidiana. La narrativa que hacemos de nuestra percepción de la realidad, sea en materia política, económica, deportiva, religiosa, educativa, cultural o simplemente de las prácticas sociales comunes y corrientes, termina no tan sólo por matizar o colorear la realidad tal como nosotros la vemos, sino que acaba por determinar el ser y la suerte de esas mismas cosas que describimos, las más de las veces con desenfado e inocultablemente por resignación.

En verdad, esta frase detonante de la conciencia crítica a la que podemos llegar nos enseña el tremendo poder que “las narrativas que nos hacemos” generan, al final del día, para convertir los meros dichos en hechos duros que, como dijo el célebre dialéctico: ni nos benefician ni nos perjudican, sino todo lo contrario. En efecto, palabra es creación y la creación tiene como causa eficiente al concepto mental que la nombró, o para seguir mejor nuestra idiosincrasia, el verbo que la mentó. En ello la creatura sigue pareciéndose a su creador: “Y Dios dijo…”, dice el Génesis, “¡Hágase la luz! Y la luz se hizo.

Esta fuerza creadora de “la realidad” funciona implacablemente, como la Física Cuántica funciona en la reconversión de la materia en energía y la energía en materia, gracias al Bosón de Higgings que es capaz de “crear” masa y dotarla a las subpartículas de energía pura, para que frenen un poco su veloz carrera y aparezcan maravillosamente en este universo de espacio y tiempo. En lo social pasa algo muy parecido, aunque distinto. Asentémoslo así para no vernos tan rudos ni tan ignorantes. Por aquello de que las leyes físicas tienen validez universal, expresión matemática y se cumplen inexorablemente. En tanto que las leyes sociológicas son por definición relativas, se aplican según el modo de producción dominante en que se esté, siguen a las leyes del mercado y están modalizadas por la cultura e idiosincrasia de la población en que se dan.

Estando así las cosas, dijo César sentenciosamente en sus cartas al Senado Romano: “Quae cum ita sint…”, no tenemos otro remedio que percatarnos de que la narrativa que hagamos de lo que creemos que pasa en el país, termina por ser y aparecer en el todo social como hecho de ocurrencia inevitable.

Para ser claros, ¿cuál es nuestra narrativa de la economía mexicana actual? ¿cuál es nuestra narrativa de la política real que impera en el país? ¿cuál es la narrativa que hacemos de la inseguridad pública que campea por causa de la guerra contra el narco? ¿cuál es nuestra narrativa para explicar las desapariciones inexplicables de personas, principalmente de jóvenes mujeres? ¿cuál es nuestra narrativa del sistema educativo mexicano? ¿cuál es nuestra narrativa de la churrigueresca realidad y comportamiento de los sindicatos monopólicos dominantes en México? ¿cuál es nuestra narrativa de la esencia y prácticas de los partidos políticos vigentes en la escena política nacional? ¿cuál es nuestra narrativa de la cultura burguesa, de mercado y consumista dominante sobre todo en las nuevas generaciones de mexicanas y mexicanos?

Y así puede transcurrir la sucesión interminable de temas o referentes socioculturales que podemos evocar, al preguntarnos acerca de la rendición de conciencia que ejercemos cuando enunciamos y describimos la realidad, tal como la entendemos. Evidentemente es de suma importancia comprender que narrativa es a conocimiento, como efecto social es a causa, cuando de construir la vida nacional y personal se trata.


Este endiablado efecto, y sí, si tiene que ver con aquella explosiva expresión de los físicos cuando descubrieron que un fotón podía comportarse ineluctablemente o bien como partícula o bien como onda, bastando para ello con que ¡fuera observado! Nos avisa del impacto y trascendencia que tiene el acto mental, espiritual en el más puro de los sentidos, en la realidad de las cosas. Sean éstas materiales o societales por naturaleza.

En los años 70, allá en el polo austral del continente americano, los autores A. Dorfman y A. Mattelart escribieron un pequeño gran libro llamado: Para leer al Pato Donald (1972), ocurriendo nada menos que la transición socialista de la Unidad Popular en Chile, encabezada por el Presidente Salvador Allende. El objeto de la obra consistía en hacer ver la importancia de la inocultable influencia subliminal de la ideología burguesa capitalista norteamericana, a través de la creación fantástica de los personajes de Disney, particularmente la excéntrica familia conformada en torno al Pato Donald, su Tío Rico y sus simpáticos sobrinos Hugo, Paco y Luis.

Trama de fantasía que en realidad indoctrinaba a las nuevas generaciones del mundo entero, bajo la cubierta de un cuento inocuo y aparentemente inocente. Su lectura crítica reveló su esencia. Mutatis mutandis, cambiando lo que deba ser cambiado, nuestra narrativa de las cosas termina por alterar la realidad de esas cosas y por manifestarlas tal como fueron pre-dichas. Ergo, para entendernos a nosotros mismos y nuestra posición real en la historia, hay que intentar re-leer nuestras muy personales narrativas, para no terminar por ser lo que socarronamente dijimos ser.

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