Opinión

Desaparecidos / Desde la redacción


Grandes sumas de dinero invertidas en seguridad pública, compra de vehículos de patrullaje, armamento, chalecos blindados, toletes y escudos antimotines; sueldo de cientos de policías municipales, estatales y ministeriales; patrullas con hombres y mujeres enmascarados y fuertemente armados recorriendo las calles a todas horas del día; retenes policiacos dispuestos en diferentes sitios de la ciudad, y aun así, le gente desaparece, como una historia fantástica que raya en el horror escrita y dirigida por el escritor y cineasta británico Clive Barker.

 

Ficha elaborada por la Policía Ministerial para boletinar a personas extraviadas o desaparecidas

Quizá pueda tratarse de un umbral que fortuitamente aparece y lleva a la gente a otra dimensión, o la clásica de extraterrestres secuestrando humanos para experimentar con ellos, vampiros o licántropos robando personas para alimentarse, o una clase de demonio devorador de almas. La lista de ocurrencias podría ser inagotable, y es que ante la falta de información y de respuestas contundentes de las autoridades ante los casos de desaparición ocurridos en Aguascalientes, cualquier hipótesis por más absurda o descabellada que sea es susceptible de incrustarse en el imaginario colectivo.

 

El rumor, el chisme, las habladurías y hasta los chistes de humor negro en torno a temas delicados surgen justamente a partir de la falta de información y de respuestas a problemas que preocupan a la ciudadanía, y dañan profundamente a las víctimas de un delito, como es lo relacionado a la desaparición de personas, tema ante el cual, autoridades como el procurador de Justicia del Estado e incluso el mismo gobernador, se han limitado a esgrimir declaraciones que más que abonar a la confianza y tranquilidad de la sociedad, generan confusión, dudas y escepticismo en su labor para garantizar la integridad de la población aguascalentense, y más aún, hacia su trabajo para atender rápida y eficazmente situaciones en las que la vida de las personas está en peligro.

 

Éste ha sido el caso de la joven Andrea Nohemí Chávez Galván, desaparecida desde hace tres meses, y de quien las autoridades dicen estar haciendo todo lo posible para encontrarla, usando todos los recursos a la mano para su localización, sin que hasta el momento exista una señal de la chica.

 

Durante este tiempo, Andrea ha sido reducida a una estadística que no rebasa un dígito en el registro oficial de personas desaparecidas de la Procuraduría General de Justicia del Estado, es un caso aislado, dice el titular de esta dependencia, no tenemos más denuncias al respecto, agrega, lo que en sentido positivo querría decir que por tratarse de un “caso aislado”, “de una sola denuncia”, a estas alturas ya debería de haber alguna señal del paradero de la joven. Pero no, no es así, como tampoco lo es que el de Andrea sea un caso aislado. Al menos existen seis denuncias más de personas desaparecidas en estos últimos meses que investiga la Policía Ministerial, y por supuesto, cada una de éstas tiene sus propias particularidades por tratarse de personas distintas, diferente edad y género y diferentes estilos de vida, pero con algo en común: a las circunstancias de su desaparición las envuelve el mismo velo de misterio que a la de Andrea Nohemí. No hay ningún indicio que hable, al menos, de la forma en que desaparecieron.

 

Uno de estos casos es el de Carmen Alan Barrozo Araujo, joven de 25 años, quien tras cumplir una condena de siete meses en el Cereso de la ciudad de Aguascalientes, el día de su liberación, el 2 de febrero de este año, sale del penal y desaparece sin dejar rastro alguno. Sí, desapareció del mejor centro penitenciario del país, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

 

Si bien es cierto que el estilo de vida de este joven es a todas luces diferente al de Andrea, no es interés de este reporte juzgar la vida de quienes no están presentes, sino de enfocarse en el hecho mismo de su desaparición, ya que ésta podría ser producto de un delito, y además también hay una familia que está sufriendo por la falta de uno de sus integrantes.

 

“Es la ley de la vida que las personas, todas, vamos a quedar en el panteón, pero lo que uno siente cuando tiene una persona perdida es como una herida que allí está, viva, que no sana, que no deja de doler de día y de noche”, con la voz quebrada por el llanto dice Petra Araujo Aguilar, madre de Carmen Alan, mujer de extracción humilde, sencilla en su hablar y quien con escasos recursos económicos y mucho desconocimiento de las instancias a las que se debe recurrir en estos casos no ceja en la búsqueda de su hijo.

 

La familia de Carmen Alan es una familia de migrantes, dividida por la ola de deportaciones ocurridas durante la presente administración del presidente Obama en los Estados Unidos. En ese país se encuentran aún su padre y dos de sus hermanas, y en Aguascalientes, habitando en una pequeña vivienda en renta, están Petra, su madre, y otra de sus hermanas con su hija, todos ellos son originarios de una comunidad de Irapuato. Ambas van y vienen caminando o en camión, pegan carteles en todos los lugares a los que les sea posible llegar; no conocen la ciudad, pero van a donde les dicen, buscando ayuda.

 

Mientras a Andrea Nohemí Chávez Galván la buscan en todos los estados e incluso a nivel internacional, según declaración de Carlos Lozano de la Torre, gobernador de Aguascalientes, a Carmen Alan sólo en algunas colonias de la ciudad capital.

 

En la desaparición de este joven está la negligencia de un defensor de oficio, que sin importar el estado de salud mental de Carmen Alan, no dio aviso a su madre para ir a recogerlo, a pesar de la insistencia de la señora de que se le avisara cuando éste fuera liberado, ya que por su condición de salud, depende de la compañía de otra persona.
A los mexicanos nos une la tragedia, la desgracia, la fiesta y la celebración por cosas tan banales como el que la Selección Nacional de Futbol gane la copa olímpica, y nos divide la ignorancia, la indolencia y la indiferencia ante temas de relevante importancia, hasta que la realidad nos alcanza.



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Gerardo González

Gerardo González

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