Toros / Puyazos - LJA Aguascalientes
18/05/2024

 

Mañana la memoria de la fiesta brava mundial recordará dos hechos taurómacos que guardan distintas entidades y proyecciones.

Uno es el óbito de Rafael Sánchez El Pipo, “manoletista” asaz primero y hábil administrador posteriormente de la carrera del genial loco mechudo de Palma del Río, Manuel Benítez Pérez, El Cordobés, para retortijones de muchos V Califa del toreo de Córdoba. Aquel “Rey de los mariscos” inició su eterno y divino desmayo el 15 de noviembre de 1987.

Tal personaje, que aparece en algunas gráficas al pie del lecho donde yacía inerte el misterioso cadáver de Manuel Laureano Rodríguez Sánchez Manolete, dejó marcado su trayecto en la fiesta brava, en donde ésta se evalúa sobre relieve internacional. Las vivencias más coloreadas que coprotagonizó con su arrebatado poderdante quedaron impresas en su libro Así Fue, obra en cierto modo agrio, y en la que culpa a todos de todo, pero menos valiente, no realiza una autocrítica y ni por equivocación soslaya el saldo de los despilfarros propios.

De la forma caprichosa que haya sido, lo cierto fue que quizás sin la mancuerna hecha con el vago roba gallinas, ninguno de los dos habría trascendido de manera tan original.

En diligencias espontáneas y novelescas se conocieron, cuando el segundo buscó al primero, y de ahí, no sin desilusiones interpuestas, se fraguaron para conquistar el planeta taurómaco y más allá, fracturando las máximas marcas numéricas que hasta su aparición habían sido incontestables.

El Cordobés llegó a México  como un vendaval desordenado, toreando aquí, más lejos, más cerca y en todos lados. Corridas entre semana incluidas. Llenó plazas, cobró como nadie, atrajo clientela que después de él no volvió a ir a las corridas de toros, y cuando se enseñó a torear y practicaba esta virtud, se acababa el mundo. Eran sus parones, estrujantes y la mezcla de lo chusco con lo ceremonial, cautivaba a entendidos y neófitos. Los sentimientos radicales se mezclaban y convulsionaba de sensaciones. Sí que mandaba mensajes consumibles con su tauromaquia. Y las más de las tardes enfrentó al toro, punteños y “sanmateos” en la lista –como aquel encierro de su presentación en el Progreso de la Perla de Occidente-. No había “teofilitos”, “bernalditos” ni otros chivos.

Su dislocada izquierda le permitía de  manera prodigiosa despedir a los adversarios repujando cuadros vivientes de la más alta fidelidad según las normas de los practicantes de la tauromaquia.

La otra fecha a recordar es la de 1992, cuando la ganadería de Julio Delgado, con absoluta ausencia de vergüenza, envío a la Plaza México un encierro impresentable, chico, desigual, sin trapío y sin atractivo zootécnico; posteriormente los albéitares dictaminaron, bajo resultados científicos, que ningún astado tenía la edad adulta. Lo enfrentaron sin categoría Curro Rivera (tres orejas), Miguel Espinosa Armillita (una oreja) y el peninsular José Ortega Cano (vuelta al ruedo y una oreja).


Quizás aún era notorio un encierro así y en algo se hacían valer los códigos del reglamento taurino.

Lamentable es que hoy, cada ocho días por las tardes, se ven encierros así como aquel de mal recuerdo y no se les aplican las sanciones que de modo diáfano señalan los códigos de la ley taurómaca. ¿Dónde quedaron los castigos y donde las banderillas negras?

Se ha convertido en común, sobre todo cuando actúan los abusivos extranjeros a la sombra de los entreguistas mexicanos indignos, que suelten astados con semejantes características y no pase nada a más de las protestas de raquíticos grupos de buenos aficionados y las cuales son sofocadas paulatinamente por la indiferencia de las autoridades, que de ello sólo tienen el nombre pero que en la realidad son marionetas de los apoderados o de los empresarios mojigatos y sentimentaloides que creen que cortándose muchos apéndices hacen el bien a mediocres espadas.

Si plazas de primera son contenedores de estas vejaciones que soporta el público aguantador e inocente, ya no se diga las de segunda o tercera.

En las últimas semanas el mejor y más transparente ejemplo de esta microtesis, se ha dado en el coso “Lorenzo Garza”, de monterrey, NL, arlequín de gratísima recordación y de los que hoy hacen demasiada falta, a cuyo anillo han liberado becerros bien gordos durante lo que va de mini temporada. Y más aún, el encierro de Fernando de la Mora lidiado hace algunas dos semanas, tuvo el “gran honor” de que El Cejas le indultara un bovino. Vaya charlotada se formó. Y todo con el silencio de la prensa comprada a precio de carne flaca, que en lugar de señalar las vejaciones, se limitó a dar la nota en grado seco, a costa de encubrir con disfraz de tibios la realidad, y no con la intención de un proyecto para solidificar un criterio en el sector de público lector.


Show Full Content
Previous LJA 14/11/2012
Next Reunión del gobernador con consultores empresariales
Close

NEXT STORY

Close

Tercera ola de covid-19 parece “menos probable”, pero no descartable: López-Gatell

27/04/2021
Close