Toros / Puyazos - LJA Aguascalientes
17/01/2022

 

Estás tan fijo ya, tan alejado/ que la mano del Greco no podría/ dar más profundidad, más lejanía/ a tu sombra de mártir expoliado

Versos de la belleza dedicados a Manuel Rodríguez Manolete, fueron caudal constante en el torrente de inspiración seductora de Luis Carlos José Felipe Juan de la Cruz Fernández y López Valdemoro, aquel cronista taurino que hiciera célebre el título de “Pepe Alameda”.

En el año que corre precipitado ya en su recta hacia la meta, se está celebrando el centenario de su natalicio; tuvo nacencia en la finca No. 47 de la calle de Goya de Madrid, la capital españolísima, el 24 de noviembre de 1912.

Pero el destino tenía sus planes y quien luego fuera popular y reconocido cronista de la fiesta, emigró a México vía Nueva York. Una vez que desplazándose por rieles pasó a territorio mexicano en la frontera justo de Laredo sintió especial atmósfera: “el abigarramiento mexicano me fascinó”, dijo con admiración.

Luego emprendió el viaje hacia su destino definitivo, la Ciudad de México, con todo su tierno despertar hacia el modernismo y la nueva dinámica urbana.

Ahí se comenzó a hacer valer; primero económicamente, para lo que abre un comercio de curiosidades en las cercanías de la Alameda Central y desempeñándose como traductor de la Agencia Francia Libre. Empero no sería entre las cuentas, las ventas y las traducciones idiomáticas en donde se desarrollaría, sino entre las letras y las palabras taurómacas muy bien hechas.

Los portones de los medios masivos de comunicación se estaban abriendo a él con mucha franqueza. Y el 23 de noviembre de 1941 se le invita a comentar del tema en el que sería muy pronto maestro. Fue al proyecto  Boletín Radiofónico de las Américas, que dirigía Bonifacio Fernández Aldama, en cuyo espacio habló acerca de una corrida en la que habían actuado la Diosa rubia del toreo, Conchita Cintrón y los de a pie Ricardo Torres, Alfonso Ramírez El Calesero y Carlos Arruza. Ahí se hizo llamar Carlos Fernández – Valdemoro.

Quizás a raíz de su estupendo y fácil desempeño en aquel programa, Ricardo Hinojosa, director de la emisora XEBZ, en donde se había presentado, le invitó para que se hiciera responsable de un proyecto especialmente de toros, lo que acepta y hace con gusto a partir de la siguiente semana. No bastó más que esa intervención primera para desnudar y convencer con su prestancia, su conocimiento de la fiesta y su timbre de voz.

Así nacía al mundo profesional en donde dejaría una vasta escuela y un estilo delicioso.

El seudónimo vendría muy pronto, justo ahí en su presentación ya como titular. Éste fue inspirado así, según el propio Alameda: “Yo necesitaba otro tipo de nombre. Un  nombre de guerra, más sencillo, más sonoro, más pegadizo. Y que tampoco diera la impresión de un seudónimo rebuscado… Mi negocio fallido estuvo en la avenida Juárez, frente a la Alameda, a unos metros del cine Alameda y el comercio de junto era la platería Alameda… Me acordé de la Alameda Hércules en Sevilla, donde vivieron El Gallo, Gallito y Chicuelo… Faltaba el nombre propio. ¿Por qué uno de la época de oro?… Rodolfo es tan determinado, tan situado que en cuanto se pronuncia, no se puede pensar más que en Gaona… Con Juan es lo contrario. Demasiado Genérico. Juan pueblo, Juan lanas, Juan soldado… queda José. Es un punto de equilibrio. Y es, además, el nombre de un famoso carpintero, noble oficio… Ya está…”

Y así, bajo este compuesto narró a las nueve de la noche del 30 de noviembre de 1941 los comentarios taurinos de lo recién hecho en los redondeles.


Posteriormente llegaría a la XEW, en donde cundió su ser hasta dimensiones titanescas. Y fue el medio al que llegó el que lo hizo famoso, no así su capacidad, ésta más bien se popularizó no por sí misma, sino por el medio en el que encontró modo de cultivo para expander sus conocimientos de la fiesta, su filosofía y su estilo sabroso, culto a la vez y muy propio.

Transmitir con palabras instantáneamente, narrar en casi modo unísono el suceso, hacer ver con el oído es cosa compleja, y Pepe Alameda lo hizo espléndidamente; no era sólo la facilidad de palabra y el dominio de las ideas en correlación a los hechos; era además su catalizador el son, el ritmo, el extraordinario compás de su palabra casi cantada, casi declamada, casi ceremonial, casi en agonía, casi pariéndose.

Manejaba tesituras y bemoles de una manera espontánea que había que disfrutar. Entonaciones y matices fluían en un paralelo impresionante con la altura de las diligencias que en el ruedo se dinamizaban. La exaltación de las emociones que él mismo experimentaba, las expresaba con una calibración luminosa.

Y allá fue Alameda con la palabra no sólo hablada, sino la escrita, expresada e impresa en su rotativo, pero sobre todo en sus obras hechas libros, en sus tesis e ideas hechas libros, en donde transparentó una honda filosofía de la fiesta, o mejor, en donde puso a favor de la tauromaquia la filosofía y el análisis.

Así se encuentran, con modestas ediciones pero soberbio contenido, La verdadera evolución del toreo, El hilo del toreo, Los heterodoxos del toreo, Crónicas de Sangre, las 400 cornadas y algunas más, La pantorrilla de Florinda o el origen bélico del toreo, Seguro azahar del toreo, por ejemplo.


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