El indiscreto encanto del exilio fiscal / Claudio H. Vargas en LJA - LJA Aguascalientes
26/05/2022

 

En su reseña al libro El pensamiento cautivo de Czesałw Miłosz, Karl Jaspers se preguntaba “¿Qué le ocurre a uno cuando se le arranca del suelo natal? Éste es el destino de millones de hombres en el mundo presente”… ¿(El exiliado) qué podría llegar a ser espiritual, moral y humanamente?” Jaspers se hacía estas preguntas a mediados del siglo XX ante y, sin duda, a lo largo de la segunda mitad del siglo sus inquietudes conservarían su pertinencia toda vez que el exilio siguió siendo el destino de millones de personas.

El siglo XX fue, en efecto, el siglo del exilio. Las razones que lo motivaron fueron diversas. Desde la búsqueda de oportunidades de supervivencia económica (entre ellas la de no morir de hambre), hasta el evitar el ser víctimas de los llamados daños colaterales en conflictos bélicos internos, regionales o internacionales, pasando por la necesidad de eludir la persecución política o ideológica. Pero en todo caso existen dos cosas que tenían en común estos exilios: la tristeza, el profundo pesar de tener que abandonar forzosamente el lugar de origen y la esperanza, aún muy tenue, de encontrar una mejor vida en los lugares de destino.

Pero el siglo XX, y ahora el XXI, conoció otro tipo de exilios que, acaso, no muestran el mismo tipo de imperativos de supervivencia o, incluso, de decoro. Hay exilios pusilánimes. Exilios que no se originan en la urgencia de proteger la vida, de escapar de la pobreza o de la falta de oportunidades o de defender alguna causa o principio ético, político o religioso (cualquiera que éste sea), sino que surgen de lo que alguna vez Karl Marx y Friedrich Engels llamarán “las aguas heladas del cálculo egoísta”. Los innumerables exilios de dictadores caídos en desgracia son quizá el mejor ejemplo de ello. Pero, desde luego, no son los únicos. A ellos cabría añadir a los exilios fiscales, es decir el autoexilio que se imponen aquellas personas poseedoras de un gran capital que optan por abandonar su país de nacimiento, origen a su vez de una buena parte de su fortuna y adquirir una nueva ciudadanía  (lo que no siempre implica renunciar a la ciudadanía de origen) antes que aceptar una carga fiscal sobre sus ingresos y activos que, según calculan glacialmente, consideran desproporcionada, abusiva e incluso injusta.

El caso más llamativo en estos días es el del actor francés Gérard Depardieu. El actor de cerca de 170 filmes, portador de la Ordre National du Mérit y distinguido como Chevalier de la Légion d’Honneur, ha decidido recientemente devolver su pasaporte y tarjeta de Seguridad Social al gobierno francés, establecer su residencia en Néchin (Bélgica) y, finalmente, solicitar pasaporte ruso. Putin, ese chocante autócrata ruso, le ha dado, desde luego, no sólo el pasaporte y la carta de ciudadanía respectiva sino que también ha aprovechado la ocasión para mostrar con cuánta satisfacción se recibe ahora en la Rusia postcomunista a los desafectados millonarios de cualquier parte del mundo. Putin ha firmado los documentos de Depardieu en una ceremonia especial, cortesía que el actor recompensó manifestando su recientemente adquirida rusofília: “Yo pedí el pasaporte y estoy encantado de que se me haya concedido. Adoro Rusia, sus hombres, su historia, sus escritores”.

No parece infundado, sin embargo, pensar que las razones que Depardieu alega para residir fuera de Francia en realidad poco tienen que ver con su novísimo amor loco por el alma rusa. De acuerdo a la carta pública que el actor enviase al Primer Ministro francés Jean-Marc Ayrault –quien inopinadamente se había referido al actor como “patético” y “antipatriota”- y que publicara un diario francés, Depardieu estima que la propuesta del presidente francés François Hollande de gravar por dos años hasta en 75 por ciento los ingresos superiores al millón de euros anuales (más o menos 16.6 millones de pesos), es una señal inequívoca de que en la Francia de hoy el gobierno “considera que el éxito, la creación, el talento, y en realidad, la diferencia, tiene que castigarse”, situación que a Depardieu le parece inaceptable. Depardieu añade, apropiadamente para la defensa de su propia causa, que en sus 45 años de historia laboral nunca ha dejado de pagar sus impuesto y que en ese lapso ha contribuido con 145 millones de euros (2.4 mil millones de pesos) al fisco francés. Pero, no más ha dicho el actor que alguna vez interpretó, magistralmente por cierto, al revolucionario G.J Danton.

Por tratarse de una personalidad mediática de alcance global, el caso de Depardieu ha llamado la atención. Pero, ciertamente, no se trata de un caso único ni aislado. De acuerdo a la periodista Ana Teruel, en un estudio reciente encomendado por el parlamento francés se señala que, año con año, entre 700 y 800 ciudadanos franceses acaudalados –particularmente grandes empresarios, actores, cantantes y deportistas- han optado por convertirse en exiliados fiscales, eligiendo por domiciliare países que estiman fiscalmente más amables como Suiza, Bélgica, Inglaterra y los Estados Unidos.

Esta desafección por el país donde han generado la mayor parte de sus ganancias y donde han recibido, por el sólo hecho de ser ciudadanos franceses, la protección legal a su persona, sus actividades empresariales o profesionales y a su riqueza no es, sin embargo, un capricho o una simpática extravagancia de millonarios. En realidad este exilio fiscal parece ser expresión de uno de los hechos políticos más importantes en las últimas décadas: el paulatino debilitamiento del contrato social que se está observando en algunos países desarrollados y que ha llevado a la erosión del compromiso social, político y moral de ciertas élites o grupos de élites con las comunidades nacionales o políticas a las que pertenecen, o al menos, a las que están integradas.

Esta erosión supone no sólo una suerte de disolución de los nexos afectivos de las élites con su país, pero también puede expresarse en un abierto activismo en la promoción y protección de sus intereses, y la visión del mundo asociados a ellos, que puede ir en sentido contrario a los intereses o aspiraciones de sus conciudadanos. Este activismo, que puede adquirir el turbador rostro de lo que alguna vez Christopher Lasch llamó la rebelión de las élites, va desde la pretensión de “capturar” los procesos de toma de decisión de las políticas públicas y los procesos legislativos hasta la huelga –o fuga– de capitales, la relocalización de la inversión productiva, la salvaje especulación monetaria y, desde luego, el exilio fiscal. Para decirlo en términos del recientemente fallecido Albert O. Hirschman, entre las opciones de lealtad, voz y salida que las élites tiene ante su comunidad y país, hay partes de ellas que prefieren optar por la salida, opción que suele llevar de la mano a las puertas del exilio fiscal.


No hay razón alguna para cuestionar desde el punto de vista legal el que se tome este camino: en tanto integrantes de sociedades abiertas, que protegen su libertad, quienes opten por el exilio fiscal están en su derecho de hacerlo. Su decisión, sin embargo, es, por lo menos, más problemática desde el punto de vista político, es decir si atendemos su condición de personas con derechos pero también con obligaciones con su sociedad y el contrato social que sustenta a éstas. Así, el exilio fiscal no deja de ilustrar una curiosa situación: es tanto ejercicio de un derecho ciudadano, tiende, sin embargo, a debilitar el cumplimiento de las obligaciones -el compromiso, el capital social- que hace posible, precisamente, la existencia y vigencia de ese tipo de derechos.

En su carta Depardieu reclama con especial énfasis que no se castigue la diferencia que, en el contexto de su carta, podría pensarse que es la diferencia que nace de las desiguales disposiciones individuales de talento, creatividad y, derivado de ello, de capacidad para alcanzar el éxito, sobre todo el económico. Nada hay, sin embargo, en la propuesta fiscal del presidente francés que permita pensar que se está sancionando ese tipo de diferencia. Lo que en realidad conlleva la propuesta fiscal de Holland, que finalmente sólo podrá entrar en vigor hasta enero de 2014 y que, por lo demás, tendría efectos fiscales muy limitados pues sólo permitiría la recaudación adicional de 400 millones de euros (6.7 mil millones de pesos) afectando a no más de 2 mil ciudadanos, es sancionar y combatir la desigualdad social que en los últimos 10 años ha crecido de manera muy pronunciada, en especial desde la irrupción de la crisis de 2008. Los socialistas franceses saben bien que disminuir la desigualdad es una de las formas más sólidas de fortalecer el contrato social que ese país necesita para, como país, como comunidad, dejar atrás la crisis y reencontrar la ruta de crecimiento y la equidad. ¿No es esto, finalmente, justo lo que cabría esperar del presidente de una república cuyo lema oficial es Liberté, égalité, fraternité?

 


Nota sobre las fuentes: La reseña de Karl Jaspers se publicó con el título de Endurance and Miracle en The Saturdey Review, junio de 1953; la expresión sobre las “las aguas heladas…” de Marx y Engels es de El Manifiesto del Partido Comunista de 1848; la carta de Gérard Depardieu al Primer Ministro francés apareció en la edición del 15 de diciembre del 2012 de Le Journal du Dimanche, bajo el titular “Gérard Depardieu: ‘Je rends mon passeport’ ”; la nota de Ana Teruel, El Kremlin ficha a Depardieu, se incluye en la edición de El País del 3 de enero de 2011. El estudio de Christopher Lasch, La rebelión de las élites fue publicado por Paidos en 1996 y el de Hirschman, Salida, voz y lealtad por el Fondo de Cultura Económica en 1977.


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