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domingo, marzo 15, 2026

Guía para adoptar un mexicano / El viaje a casa

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En un sentido romántico –ése del siglo XIX y no el de la melcocha indigesta–, viajar implica adentrarse en terrenos desconocidos por el mero afán de aventura, lanzarse más allá de las fronteras del mapa de la vida personal para poner a prueba los alcances de los recursos propios: los pies, el transporte, la cartera. En un sentido más contemporáneo, viajar implica para la mayoría el contrapunto de las actividades cotidianas, esto es, aquéllo opuesto al día a día, al trabajo, pues. De hecho, la mayoría trabaja sólo para vacacionar, para viajar. Y la calidad de vida en parte está definida y acotada a esos lapsos que rompen con el calendario laboral, un domingo, un fin de semana, cuatro días, cinco noches, todo incluido. En ambos sentidos, el viaje, el desplazamiento geográfico –espacio-temporal, dirían los payasos cientificistas– siempre ha servido como metáfora para ilustrar otra clase de cambios: el movimiento del horizonte, el cambio en el espacio exterior, es también movimiento del espíritu, cambio del espacio interior. La Bildungsroman alemana y el roadmovie norteamericano, por ejemplo, han explotado esta metáfora por su clara riqueza de posibilidades y de significados. No es lo mismo viajar por tierra o por el cielo o en el espacio, en un río, lago o mar; no es lo mismo viajar a pie, en bicicleta, en auto, en autobús, en tren, en avión, en globo o en barco; no es lo mismo viajar para llegar a un punto, que hacerlo huyendo de otro; no es lo mismo viajar con dinero en el bolsillo que sin un quinto. Así pues, según el medio de transporte, según las condiciones del paisaje, según la circunstancia del viajante, será el viaje, geográfico e interior.

Todo esto, lo reconozco, suena harto poético y filosófico, cómo no: la vida y el viaje, sinónimos casi idénticos y, por lo tanto, intercambiables: vivir es viajar, viajar es vivir. Como dije, poesía pura, hasta que uno viaja a alguna playa mexicana en Semana Santa –o en cualquier época del año, de hecho–, o a algún bosque o destino colonial del altiplano mexicano –de los viajes al extranjero hablaré en otra entrega–. Cuando el mexicano viaja no rompe con su espacio cotidiano, lo lleva con él. Por la cantidad de equipaje, parece más bien que se trata de inmigrantes que huyen de algún conflicto bélico o de algún desastre natural. A la playa lleva un abrigo o chamarra por si hiciera falta, a la montaña, shorts y camisetas por si hace sol. Por la influencia hollywoodense, cuando oímos la palabra “picnic” imaginamos escenas campestres idílicas de convite con la naturaleza, con la familia o amigos, y de disfrute de la buena vida. Para contextualizar semejante fantasía en el terreno mexicano, imagine la misma escena sólo que sin grandes praderas verdes sino con terrenos agrestes y semidesérticos, en vez de enormes árboles rebosantes de vida piense en cactáceas y arbustos y árboles ralos curtidos y retorcidos por las inclemencias del tiempo, en lugar de mantel a cuadros blancos y rojos, imagine sillas y mesas de plástico de la Coca; además añada griterío, autos al pie de la fogata, grabadoras a todo volumen, o los mismos sistemas de sonido de los automóviles a punto de reventar, hieleras, mecedoras, hamacas, camastros, basura aquí y allá, latas de cerveza por doquier, que servirán de blanco para los rifles de postas, tiendas de campaña de 50 kilos, que hoy calificarían como vivienda básica en el Infonavit, señoras en esa especie de camisón de trabajo, señores con mocasines, niños con pañal. En la playa la cosa va más o menos igual, sólo que en lugar de llevar carne y salchichas para asar, los mexicanos llevan latas de atún y de sardinas, galletas y mucha mayonesa. Si México presume de contar con playas esplendorosas, paradisiacas, vírgenes, los mexicanos son violadores profesionales, expertos sistemáticos en mancillar la doncellez de la línea de costa nacional. Si México presume sus bosques y montañas, los mexicanos consideran que son el lugar ideal para poner cara de vaca hindú y hacer como que tienen pensamientos apacibles y fumarse un cigarrito.

Si entre sus planes próximos está adoptar un mexicano, siga las siguientes instrucciones, por lo pronto, cargue siempre en la cajuela del automóvil un anafre y una hielera, créame, los usará.

Primer paso: aunque los mexicanos se quejan todo el tiempo de que trabajan mucho y de que les hacen falta vacaciones, no haga caso, ni una cosa ni la otra son enteramente ciertas, por lo que ha de prepararse con un presupuesto anual sobrado de recursos, los mexicanos vacacionan más de lo que pueden y más de lo que deberían, por lo que deberá apartar por lo menos las siguientes fechas: Semana Santa, una o dos semanas durante el verano, una semana en diciembre y más o menos unos cuatro fines de semana largos –esto es, de cuatro días–, según se acomoden los “puentes” por los días de asueto de los calendarios cívico y religioso.

Segundo paso: cuando salga a vacacionar, no importa la distancia, el lugar o los días fuera de casa, el mexicano está acostumbrado a desplazarse con todo lo que hay en el refrigerador y en la alacena, haga lo propio, recuerde que viajar es internarse en lo desconocido, no sabe qué clase de comida habrá en el camino y en el destino de llegada, es más, no sabe si habrá comida del todo. No llevar víveres en exceso y a la mano pueden producir ansiedad y conductas compulsivas en su mexicano, tome las previsiones correspondientes.

Tercer paso: Usted conoce, y respeta, las limitantes físicas de su medio de transporte y del medio ambiente, su mexicano no, él cree que su auto subcompacto, a diferencia de lo que el fabricante señala, es un todoterreno y que no hay vado, río, pendiente o dunas que puedan con él. Tendrá que aprender a meter el carro hasta la cocina o, más bien, hasta la cima de la montaña, hasta la orilla del mar.

Preguntas frecuentes: ¿El mexicano es turista? Sí. ¿El mexicano es explorador? No. ¿El mexicano es errante? Depende.

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