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miércoles, febrero 4, 2026

Toros / Puyazos

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La bravura, la casta, el instinto de fiereza que por naturaleza debe tener el toro de lidia, es una de las virtudes de mayor valor en el espectáculo taurino. Se trata de un tesoro real y catalizador de las emociones hondas, auténticas y cabales que en los cosos y en masa encuentran punto de ebullición para entonces dar el fenómeno de los grandes acontecimientos.

La sensación del peligro, la idea envuelta en el subconsciente colectivo de que alguien de los actores –no sólo matadores sino banderilleros, picadores, puntilleros y hasta monosabios- puede salir seriamente dañado en su físico, cuando no sin la vida, es algo de lo que le da a la fiesta una terrible particularidad dimensionada con no menos grave verdad. En muchas profesiones se arriesga la existencia, sin embargo en ninguna se entroncan elementos y características como las que se amalgaman en una función de toros.

Por necesidad heredada, morbo, residuos de salvajismo o sadismo, incluso por el hábito de producir adrenalina, pero al público taurino y al ocasional, no le daba lo mismo ir al cine, al circo, al teatro o a un estadio a ver tal encuentro deportivo. En un anillo como escenario se desenvolvían acciones que satisfacían esas necesidades como espectador. Es ¿o era? La bravura el básico motivo de ello.

Sin la casta, sin esa bravura, sin ese comportamiento con cierto perfil de salvaje, el espectáculo taurómaco se reduce a sencilla y hueca propuesta de distinto atractivo ajeno al de su esencia.

Hoy que en los últimos 20 años las abusivas e insulsas figuras, sobre todo peninsulares, han impuesto un torito manso, menso, sin casta, sumiso, chico e inofensivo, robándole así a la fiesta su fondo y a los aficionados la emoción y el dinero, no queda más que lamentarse de semejante ausencia y regocijarse cuando la casta aparece, aunque sea en contadas ocasiones, durante las campañas.

Quizás los trasteos, con esa reducción de bravura, han ganado en estética, delicadeza, plasticidad y métrica, sin embargo la reducción de la casta hasta casi desvanecerla, les han restado la ya dicha emoción profunda.

Muy cerca del cuento inventado de que el toro mexicano “es el mejor del mundo” y de que en México adquirió el temple –temple mal entendido como lentitud, no como la fuerza y equilibrio para calibrar las embestidas a la muleta-, según Pedro Gutiérrez Moya, El Niño de la Capea, se empezó a gestar en la patria una especie de ganadero sin pudor, sin vergüenza y sin honor en cuyos potreros pastaba un animal sin armonía en sus hechuras, sin morrillo, escaso de trapío, recortado de cuerna y para más y lamentables señas, que al salir al ruedo invadía con su inofensividad; evidente ausencia de bravura.

Una tarde, ya bien consolidado esta especie de bóvidos de cuyos hierros no quiero acordarme, en el coso más grande del orbe, cierto diestro que gozó de las preferencias del público asiduo a tal gigantesca finca, comenzó a acortar las distancias al ver que el adversario no embestía ni por caridad. Poco a poco, paulatinamente la arena entre él y los pitoncitos del ungulado era más escasa, hasta llegar a desaparecer las distancias. La sorpresa era que ni así embestía el animalejo indeseable; entre tanto el de seda y oro permanecía inmóvil, confiado en que pese a la cercanía era poco el peligro, aunque la apreciación visual generara distinta sensación según el juicio instantáneo. El astado ahí, y el diestro también. Como estatuas ambos. Llegó el momento, tenía que ser, en que la bestia volteó, pero al encontrarse con el muslo del hombre ¡lamió los bordados de la taleguilla, y mayor sorpresa fue para el público que el coletudo permaneció impávido! Desde luego la ovación estalló y hubo quienes hasta se pararon de sus asientos. Lo contradictorio es esto: pareció que el espada se rifó la existencia –tal vez en cierto modo arriesgó por supuesto-, pero lo que sí que demostró cabal y claramente fue la inmensa mansedumbre del rumiante aquel que ¡lamió la taleguilla!… un toro de lidia que ¡lamió la taleguilla a quien debió haberle partido el muslo con un pitón!

Empero por otro lado, el sentido intuitivo del público comenzó a revelar la realidad y al sospechar unas veces y al comprobar otras el fraude, se fue yendo de las plazas.

Sí, los involucrados y “organizadores” del espectáculo menospreciaron y desairaron el tesoro que es la bravura y hoy nuestra fiesta está convertida en seco bagazo que muy pronto, de seguir así, ha de desecharse en el cesto de las basuras.

En estos días en que la bravura parecer ser solamente historia, resulta edificante la aparición de una publicación titulada “La legendaria hacienda de Piedras Negras, su gente y sus toros”, autoría de Carlos Hernández González, miembro de la familia que durante seis generaciones ha  poseído y cuidado con celo profundo esta romántica, rancia y pintoresca dehesa en donde sí se cuidó honrosamente a la bravura como un tesoro.

Impresa en sus hojas nuevas, el lector amable podrá encontrar desmenuzada toda la historia meticulosa de esta finca añosa, de quienes la cuidaron y conservaron y, por supuesto del linaje de toros bravos que le dio nombre y categoría.

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