La Enciclopedia / Los Molinos de la Mente - LJA Aguascalientes
18/06/2024

 

Cuando yo era un niño tuve la fortuna de asistir a la escuela, sin más preocupación que la de sacar buenas notas, lo que entonces suponía un buen aprovechamiento y aprendizaje de lo que mis maestros enseñaban. Para lograr esto, en casa tenía el apoyo de un par de  Enciclopedias. Ambas constaban de varios tomos a tamaño carta, y cada volumen estaba destinado, por orden alfabético, a cubrir los más diversos temas. No fueron pocas las horas que pasé consultando y copiando textos, dibujos y diagramas de aquellos valiosos libros. Las Enciclopedias, teóricamente, eran las colecciones encargadas de compendiar todo el conocimiento de la humanidad, de modo que la pudiéramos consultar quienes tuviéramos la necesidad o el deseo de hacerlo. Eran verdaderas inversiones por el costo elevado de estos libros, y se vendían a plazos, en menudos abonos. Los intentos de compendiar el conocimiento humano no empezaron con la famosa Enciclopedia de Diderot y de D’Alembert en 1751 cuya intención fue la de … reunir todos los conocimientos adquiridos por la humanidad, su espíritu, una crítica de los fanatismos religiosos y políticos, y una apología de la razón y la libertad de pensamiento”, aunque ésta representó el intento más serio en su época de englobar el conocimiento y las creencias de la época. Quizá el primer intento de hacer un compendio cultural de la humanidad se debe a Plinio “El Viejo” con su obra Naturalis Historia, alrededor del año 50 de nuestra época. Esta obra que no alcanzó a terminar por haber fallecido, aparentemente de asfixia, fue realizada bajo el auspicio del Emperador Romano Nerón. Posteriormente un texto de carácter similar son las Etimologías de San Isidro aproximadamente en el año 627 de nuestra era que fueron escritas a petición del Obispo Braulio de Zaragoza, y que durante muchos años posteriores sirvió como texto en las Instituciones educativas de España.

En el siglo X, El Suda, una recopilación bizantina del conocimiento de la época escrita en colaboración con varios eruditos de la época que trata del mundo mediterráneo antiguo, escrita en griego es un ejemplo monumental de intentar concentrar y guardar el conocimiento de una época y de una región. Posteriormente aparecería el Codex Gigas, mejor conocido como La Biblia del Diablo y cuya autoría se le adjudica a un monje penitenciario de la entonces Checoslovaquia, que pasó años escribiendo este gigantesco y artesanal libro que contiene, desde encantamientos y ritos de exorcismo hasta un manual médico para el tratamiento de algunas enfermedades pasando por textos religiosos católicos. El nombre de La Biblia del Diablo se desprende de una de las ilustraciones donde este religioso hace un dibujo del diablo. La leyenda dice que para realizar una obra tanto monumental, pactó con Satanás para que le permitiera hacerla en una noche, aunque hacerlo en toda una vida fue ya una proeza. China también tuvo su intento enciclopédico durante la Dinastía Ming, comisionado el trabajo por el Emperador Yongle, en el año de 1403. Integró en el texto conocimientos de arquitectura, arte, astronomía, drama, geología, historia, literatura, ciencias naturales, religión, y tecnología, como también descripciones de eventos naturales inusuales. Y así, otras enciclopedias como la de Paul Scalich, la de Francis Bacon, la de Jahann Heinrich Alsted en 1630, el Lexicón de John Harris en 1704, el Gujin tushu jicheng de la Dinastía Qing en China del 1726, la Cyclopeadia de Ephraim Chambers en el 1728 y luego la famosa Enciclopedia de Diderot en el 1751, hasta la Enciclopedia Británica publicada en los años 1768 al 1771. Por supuesto que existen otros textos que han intentado conservar el conocimiento humano en áreas particulares. Ya sean tratados de botánica y herbolaria, de medicina, de fauna y flora, de ciencia y tecnología, de artes, etc. Debemos lo que somos como especie a estos hombres visionarios que intentaron plasmar, para las generaciones venideras el acervo cultural de la humanidad. La conservación y transmisión del conocimiento que estas obras monumentales hicieron posibles es una deuda impagable que tenemos con estos ejemplares humanos que vieron la ocasión de hacernos crecer indirectamente. Ahora los estudiantes no necesitan tener en sus hogares los varios tomos de estos intentos monumentales de conservación del conocimiento, sino un ordenador y una conexión a internet, donde pueden consultar, como uno mismo, el tema que elijan. Y si bien no toda la información que circula en el internet es de fiar, también hay que agradecer los intentos modernos de compartir y poner a nuestra disposición el conocimiento del acervo de la humanidad.

El refrán que dice que uno no es un hombre hasta haber sembrado un árbol, haber escrito un libro y haber tenido un hijo es el espíritu mismo de estos esfuerzos de enciclopedia. Se trata de retribuir en la manera de lo posible y de nuestro alcance a lo que los demás hicieron por nosotros. Retribuir a la tierra volviéndola  alimentar mediante la siembra de un árbol; retribuir a los demás hombres y mujeres con el conocimiento que nosotros podamos tener; y, dar continuidad a la humanidad a través de nuestra descendencia. Es un hecho que ningún hombre es una isla y que nuestro Ethos o modo de ser como humanos, es el de desarrollarnos dentro de una cultura de la cual nosotros somos, primero receptores, y posteriormente, mensajeros. Los hombres y las mujeres somos, antes que nada y primero que todo, hijos de la cultura.

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