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Toros / Puyazos

 

Hoy que los jueces de plaza en la mayor parte de los cosos mexicanos, más que jueces sufren la doliente e inmoral metamorfosis a peleles, empleados, lacayunos y títeres, a bajo precio, de empresas, apoderados, ganaderos y demás siniestros personajes que tienen secuestrada la fiesta brava nacional, reclama halago lo que sucedió, desde el balcón justo del juez, en la centenaria plaza del barrio de San Marcos de Aguascalientes durante la primera novillada de la campaña que hace de aperitivo cada año a la Feria Nacional que lleva el título de uno de los cuatro evangelistas, San Marcos.

Por accidente –al sufrir una afección pulmonar el señor Jesús Herrera, titular del grave cargo-, el matador de toros en el retiro Paco Olivera Bombita, completó el delicado y severo puesto de juez de plaza en la función incrustada ya a la cuartilla.

Los escaños del añoso edificio taurino se vieron cubiertos por la extraña sábana humana, que previamente no paró sino hasta agotar en los estanquillos los boletos de acceso.

Se soltó un encierro cómodo de cabeza, pero fuerte, de la dehesa jalisciense de Rosas Viejas, cuyos potreros se bañan a la sombra del Cerro de los Gallos, propiedad de Don Fernando Topete Ceballos y su señora esposa. De los siete tres añeros, contando uno de obsequio, embistieron estupendamente cuatro. Aprobatorio balance considerando que más del 50 por ciento de las reses ofrecieron buena lidia.

Para despacharlos a estoque se anunciaron Alejandro López, Ricardo Frausto y David Escudero, joven peninsular que hizo su presentación, con 15 novilladas con varilargueros en su currículum, ante los sinodales, muchas ocasiones demasiado nobles, aguascalentenses.

El rey de los astros se recorría pasando el meridiano, y en el sorteo apareció Paco Olivera Bombita; serio, seguro, compacto, sólido en su conceptualización de lo que tiene de trasfondo la fiesta de los toros. Ello lo proyectaba en su actitud, en su seca mirada y su rostro todo. Ya anunciaba con eso que durante el festejo etiquetaría las orejas a precio alto, el que siempre debieron tener y deberían poseer todo el tiempo.

El positivo joven Alejandro López no es dueño, para efectos de la tauromaquia profesional, sino de un inflamado entusiasmo. Hizo presencia en el escenario el segundo de su lote, cuando ya a su primero, claro, fijo y de buen estilo ungulado, lo dejó pasar, fragmentándose esos deseos en sus ineficiencias técnicas. Igualmente aquel cuarto de la tarde tuvo virtudes como fueron la fijeza, la bravura y la calidad. El alegre hidrocálido se desprendió del burladero de matadores y sin estética y sin la inmovilidad que exige el toreo legítimo, entregó la labor capotera, casi en todo momento con el legendario engaño hecho taco. Después, según protocolo y tradición, armó la sarga y se dio a dar pases de relumbrón, yéndose de la suerte sin antes siquiera haber penetrado en ella; “aderezó” su quehacer un achuchón sin consecuencias para su físico, y del patio de cuadrillas, por donde lo conducían en volandas varios y caritativos espontáneos hacia la enfermería, retornó corriendo y furiosamente a la escena, alborotando con ello a los reunidos. Continuó el joven con más pases huecos y al tirarse a matar asesinó al adversario de un auténtico y flagrante bajonazo. Al doblar mortalmente herido el bicorne, en dos pequeños sectores de ignorantes porristas, se notaron las telas albas demandando la oreja para López, cuando no acaso pretendían las dos; sin embargo, en firme y plausible conducta, Bombita se mantuvo petrificado y no ordenó auricular alguno, mientras que en el callejón provocaba entre buen número de sensibleros, mojigatos y fariseos taurinos modernos la indignación y la ira por no haber premiado a “tan entregado muchacho”.

¿Cómo dar una oreja a alguien que jamás se mantuvo quieto y mató de un bajonazo?…

Más de siete sellaron de amargado al excelente juez, quien con su decisión, en contraparte de la errática opinión de aquéllos, demostró diáfanamente que ama la fiesta, la quiere, la mima, la blinda y ampara dándole categoría. La plaza San Marcos no es laboratorio ni ruedo de trancas para dar trofeos por labores superfluas y desordenadas terminadas de abominables bajonazos.

La acción del juez desde atrás de la reja, fue una valiente demostración de taurinismo, categoría y amor cabal por la fiesta. Gente como él es la que necesita el espectáculo para restañar las heridas tan extensas y hondas que los que se dicen taurinos le han abierto.

Mientras tanto, regresando a las diligencias, quienes calificaron de amargado al juez y en temerario juicio dijeron que buscó el protagonismo, son justamente los verdaderos villanos de la tradición taurómaca, de su esencia y su grandeza. Par de merolicos metidos a “cronistas” por accidente, que al aire por conocida estación de radio local, desenfrenadamente y faltando a la moral, barnizaron de equívoca la acertada decisión. Lacayunos, servilistas, parásitos, aduladores; elementos contaminados de sí mismos que como irremediable cáncer aquejan a la fiesta del centro de la República. Habladores que acaban por creerse sus propias mentiras, y que ven una cosa y narran todo lo contrario y que no saben que “adulándote, necio y malo te hará tu amigo; censurándote, sabio y bueno te hará tu enemigo”.

Auténticos lobos ataviados con zaleas de oveja.

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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