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Bellas faenas de Talavante y Sánchez, estimadas con orejas

 

Y va la cuarta corrida del serial, cuya propaganda atrajo a un público que hizo más de media entrada en el coso de la Expo Plaza.

Para esto, los ganaderos de Los Encinos arrearon un encierro bien presentado y de buen juego global, ganando los aplausos el tercero al ser conducidos sus restos al desolladero y siendo gloriado con el arrastre lento el cuarto; ungulado enrazado que jamás se venció ante las telas macizas del de Azcapotzalco. Buen promedio de bravura se tuvo que anotar en el libro de la casa queretana.

Imprimiendo son y belleza Zotoluco (silencio y división) lanceó al abre plaza; toro claro y noble, aunque débil, al que hurtó buen partido como dividendos de su paciencia y cariñoso uso del avío escarlata. Fue El Zotoluco de buen perfil que hace tiempo no se asomaba y que mató de buen espadazo. Ante el cuarto se redujo a bregar, convergiendo luego, muleta armada, con un astado bravo, de pelea y exigencias al que sometió toreramente para dar en desembocadura la faena emocionante, recia y variada, revelando sentido de la competición taurómaca, pero mancillada por un pinchazo seguido de estocada baja.

Como oda a la belleza resultaron las verónicas de Alejandro Talavante (oreja, pitos y palmas en el de obsequio); génesis del trasteo fabuloso, soportado sobre temple, sitio y variedad, en complicidad y honor de la fijeza, nobleza y buen estilo del toro, que despachado fuera a consecuencias del espadazo un geme caído.

El quinto dio mal juego; incierto y de canallas intenciones, obligado fue el espada extremeño a resolver eficazmente con ambos avíos y a sintetizar lo posible, aunque evaluándose pésimamente en la suerte suprema. Sintiéndose incompleto, regaló al segundo reserva, al que bregó excelentemente, y con los brazos caídos quitó, reinventando la chicuelina. El bicho se prestó y vino el quehacer derechista, creativo y templado sobre ambos lados. Los pases se dibujaron ceñidos. Todo salió de buen gusto y lleno por detalles luminosos, no honrando la obra con el acero, ya que dejó la espada demasiado trasera.

Breve pero correcto y torero se dio con el percal Juan Pablo Sánchez (oreja y silencio). Mejor se comprimió al manejar la muleta con temple suntuoso, llenando el trasteo derechista con pases de estupenda dimensión, en gracia del buen estilo de la res a la que dejó media espada un tanto delantera.

Suaves y mecidos, los lances al sexto quedaron bien grabados tal excelente prólogo que hubiese sido de otra faena importante, sin embargo el toro fue maltratado en varas y el joven hizo bien en abreviar cuando el público, según el mal manejo de la almendra, estaba encorajinado. Al ser llevado al peto, al jinete se le fue la garrocha y abrió bárbaro tajo en el dorso de la bestia, la cual se dañó visiblemente las vértebras. Por su puesto, entrado en la estación muletera, apenas y podía medio moverse y cayó a la arena varias ocasiones lastimosamente.

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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