Opinión

Recios trasteos de Payo y Flores

Se abrieron las rejas de la finca taurina del barrio de las Flores, y el entusiasta público hizo una entrada que se enjuició en casi los tres cuartos del vasto aforo.

Fue con el objeto de observar la sexta corrida del serial sanmarqueño, para lo que la empresa contrató cuatro bovinos del Junco, de escasa gracia en su lámina y desalmada entraña. Desrazados ungulados que por muchos momentos aburrieron a los que pagaron boletos de entrada. Igualmente se corrieron dos de Bernaldo de Quirós, comprados por el jinete de Navarra, para rejones, resultando sin trapío pero noble el primero y más rematado aunque soso el segundo.

Hermoso de Mendoza (silencio en ambos) siguió el dictado de los códigos clásicos del toreo a caballo, y clavó certeramente los hierros, congratulado y variado con aquel novillote noble de verdad. Metiéndose en el círculo del son y templando en la dinámica de sus caballerías, extrajo el contento de la clientela, pero apareció el espectro de los pinchos antes del rejonazo trasero y contrario.

Su segundo fue un toro unido irremediablemente al albero; pero lanzó el jinete sus recursos y sus caballos toreros para, además de clavar en buen sitio las armas, hurtar un partido que se antojaba complejo. Lució incluso con la nula ayuda de las capas. La mancha volvió a venir con la “hoja de peral”, acero dejado en lugar contrario y trasero.

La sosería del primer antagónico del Payo (silencio y oreja), fue para desesperar a San Francisco; sin embargo anótesele al queretano el obcecamiento torero, que fue lo mejor de su trunca propuesta, concluida con pinchazo hondo delantero y un par de descabellos.

Indeseable el quinto. Sosería y descastamiento ahí los hubo, pero ahínco y claro proyecto en el diestro también, quien ardorosamente y en distinta actitud le sacó agua a una roca. Bien se rifó el cuerpo. Faena de sólidos redaños que paró de los escaños al cotarro. En muchas estaciones, la alimaña se detenía a medio viaje y apuntaba la testa en el físico del joven rubio quien impávido y en estado de denuedo soportó todo, estrujando al público. Ciertamente se destanteó al empuñar el alfanje y antes de la estocada tendida se le evaluó un pinchazo.

Sergio Flores (silencio y dos orejas) reveló una disposición edificante. Nada fuera de ello entretuvo atentos a los presentes. Cerca había que estar, y ahí se plantó, aguantando los parones y siendo paciente con aquel insoportable descastado al que lamentablemente pinchó en mala hora antes de la eficaz estocada.

En los primeros tercios, se observó para cerrar plaza a un galafate bien hecho. Algo rompió en la sarga y el tlaxcalteca la manejó reciamente, sometiendo al adversario hasta arrancarle un partido sólido y torero sobre ambos cuernos, en el que se plasmaron derechazos y naturales claros, marcados y a mano muy baja. Hecho todo y el público igualmente metido en su valiente y compacta labor, se tiró a matar escenificándose buena estocada.

Foto: Roberto Guerra

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Sergio Martín del Campo

Sergio Martín del Campo

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