Zona Maco sí importa / The Insolence of Office - LJA Aguascalientes
07/12/2022

 

El 9 de abril el New York Times anunció que Leonard Lauder (hombre de negocios de la industria de cosméticos) donaría su colección de cerca de 80 obras cubistas (valorada sobre los 850 millones de euros) al Metropolitan Museum of Art. Un día después, en nuestro país, se inauguró la feria de arte contemporáneo (Zona Maco) en la ciudad de México. Estas dos noticias, evidentemente, no tienen relación en un sentido estricto. Sin embargo, ambos eventos están conectados de manera simbólica: un puente entre arte y mercado. La diferencia es que allá hablamos de arte moderno y acá de arte contemporáneo. Allá arte consolidado. Acá arte del momento. Historia contra moda.

Supongo que las personas que empezaron a comprar, hace casi 100 años, arte cubista, no sospechaban que se iba a convertir en un elemento nuclear para entender la vorágine de manifiestos y movimientos artísticos desde el inicio del siglo XX hasta nuestros días. Juguemos, no obstante, en abstracto, con las posibilidades: ¿qué pasaría si tuviéramos al cubismo como una manera barata e inane de hacer arte? ¿Qué si el cubismo hubiese pasado sin pena ni gloria? Ocurrirían dos cosas: a) se estudiaría poco o nada; b) sus compradores se lamentarían de haber adquirido tanta basura. La primera consecuencia, en otras palabras, haría que el cubismo fuera una manifestación secundaria del arte. En la segunda nadie podría objetar nada: que la gente gaste su dinero como mejor le plazca. Aquí vemos que la importancia estética se puede traducir en valor de mercado. El arte contemporáneo, no obstante, da la impresión de haberlos conjugado. ¿Cómo juzgarlo? Habría que aislar sus componentes y reconocer los escenarios: por un lado el pensamiento (crítica), por otro, el bolsillo (economía); por un lado la galería (compradores), por otro, el museo (espectador). Aquí entra la feria de arte mexicana.



 

Alguien podrá reducirla a lo siguiente: “cerillos tamaño jumbo; cajas pintadas de dorado; balones ponchados de futbol; discursos que soportan al arte conceptual; king kong, lagarto tipo Lacoste y jeans estilo Michael Jackson convertidos en esculturas; cuadros blancos; basura. Gente vendiendo; gente comprando. 150 o 200 pesos de entrada; más de 2 millones de dólares la escultura más cara”. Cabría preguntarse, en todo caso, si las gafas que tiene son las correctas.

He escuchado un montón de comentarios negativos sobre Zona Maco. Los más dicen que no hay contenido y que es una tomadura de pelo y que todo está caro y que la gente es sangrona. Cada persona que haya pronunciado algo similar estará confundida por una razón: no habrá ido a comprar, habrá ido a ver. Y, ni modo, Maco no está hecha para conocer tendencias (aunque lo digan), sino para que las galerías ganen. Quienes hayan buscado, en su conjunto, un discurso coherente, no lo habrán encontrado. No son obras para leer. Son obras para vender. Veamos un ejemplo: es poco útil escribir una crítica sobre la exposición de una galería porque una obra puede estar un día, comprada al otro (si es obra única), desaparecida al siguiente. Evidentemente esto no siempre pasa. Pero reflexionar sobre un discurso que tiende a la fractura, hace que la reflexión nazca, a su vez, discapacitada.

¿Por qué importa Zona Maco? Me da igual que sea o no la feria de arte contemporáneo más grande y lujosa y chabacana de Latinoamérica. Me da lo mismo que los empresarios gasten millonadas en una pieza intelectualmente pobre. Maco importa porque permite, justamente, a esa gente adinerada e interesada en el circuito económico del arte -teniendo concentrada, en un mismo lugar, una miríada de piezas-, comprar. Ése es el público de Maco: no es el espectador regular de un museo; no, tampoco, el artista que quiere contactos (¿de verdad ocurrirá esto?); mucho menos el simple aficionado. A Maco le interesa, principalmente, el dinero y la gente que lo tiene. (El fenómeno, naturalmente, merece ser estudiado, pero fundiendo arte y negocio en una misma mirada. De esta forma vemos el sistema del arte contemporáneo en su apabullante dimensión. Así, en abstracto. Por eso es absurdo detenerse a buscar unidad en el discurso artístico de una galería, de un pasillo de galerías, o de toda la feria).

Habría que plantearse, entonces, por qué nos deberían interesar esas personas billetudas. Porque con su dinero compran objetos que quizá se conviertan en rostro de una época. En otras palabras: su hobbie, para nosotros, eventualmente se puede traducir en patrimonio. Pensemos en los Lauder del futuro.

No seré yo quien defienda a buena parte del arte de nuestro tiempo. Pero sería torpe decir que no tiene ninguna relevancia: el arte contemporáneo está definiendo el discurso de su tiempo. Sólo por este detalle, en un futuro -estimo, lejano- merecerá tener un espacio reservado, irónicamente, no para la compra, sino para la observación económicamente desinteresada e intelectualmente activa: un museo que se dedique a presentar lo que se hacía entonces.

Ya llegará el momento de sentenciarlo (el juicio ha comenzado desde que nació y concluirá cuando pasemos a otro movimiento que, probablemente, no veamos) y tendremos que juzgar no la calidad de los bolsillos, sino el trabajo artístico: sentaremos al arte contemporáneo en la silla de los acusados o, si somos tan violentos como lo es, lo sentaremos en la silla eléctrica.


El dinero hace a un lado al pensamiento. Después éste hace lo propio con aquél.  Al final, como vemos, esto es un juego de mandarse mutuamente al carajo.

Twitter: @jorge_terrones


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