México-USA: conversando con el vecino / Extravíos - LJA Aguascalientes
16/06/2024

El encuentro reciente entre los presidentes Enrique Peña Nieto y Barack Obama ha significado, entre otras cosas, el haber puesto punto final a un malentendido. Éste consistía en la creencia de que es posible administrar de manera sensata y productiva una relación tan compleja y dinámica entre dos países tan diversos y a la vez con una historia tan amplia de desencuentros, conflictos y complicidades veladas como lo son México y los Estados Unidos, concentrando toda la atención en una sola  de sus dimensiones, por muy importante que ésta parezca a primera vista.

El mejor ejemplo de este malentendido lo ofreció la ofuscación que llevó a Felipe Calderón, una vez que puso en el núcleo duro de su agenda de gobierno el combate al crimen organizado, a tratar de conducir las relaciones con los Estados Unidos en torno al tema de la seguridad nacional, o en otros términos, en base a hacer de su combate al narcotráfico el tema central de la agenda bilateral, dejando en un lugar poco menos que secundario los otros temas de la agenda.  Parecería como si, de un día a otro, la diversidad y profundidad que en los últimos 25 años alcanzaron las relaciones económicas (comercio, finanzas, inversión, tecnología), sociales (demográficas, culturales, turismo) y políticas entre los ciudadanos de ambos países hubiesen perdido relevancia y tendrían que subordinarse a lo que fuese resultando de las negociaciones en el ámbito de la seguridad pública.

Lo irónico del caso es que, esta monomanía presidencial no sólo fue incapaz de construir una respuesta bilateral eficaz al crimen organizado –la Iniciativa Mérida no funcionó como se esperaba- sino que, como no podía ser de otra manera, le puso a la relación bilateral una suerte de camisa de fuerza que le impedía atender con agilidad e inteligencia los otros temas de la agenda. Una rectificación era inevitable. Ya en 2009 el propio Obama y su Secretaria de Estado, Hilary Clinton, lo reconocieron así. La primera indicación que dieron al embajador norteamericano Carlos Pascual antes de que éste arribara en 2009 a México fue, precisamente,  que “la relación [entre ambos países] necesita ser más amplia y es necesario incluir los demás asuntos de la agenda [además del de seguridad y la violencia]”.

Pero Obama tuvo que esperar la sucesión presidencial en México para lograr esta ampliación en la agenda de trabajo con nuestro país. Afortunadamente para Enrique Peña Nieto era igualmente crucial volver a la realidad tanto porque era indispensable reencauzar –de hecho renormalizar- la política exterior del país, como porque le resultaba altamente redituable hacer de los Estados Unidos un aliado estratégico para la consecución de diversos aspectos prioritarios del Pacto por México como lo son la competitividad económica, el crecimiento de la inversión productiva, la educación e investigación científica y técnica y, claro, la seguridad, si bien este tema visto desde una ángulo diferente a la prevaleciente años atrás. El acuerdo firmado por ambos presidentes hace unos cuantos días en la Ciudad de México es un paso en esta dirección.

Ahora bien, es claro que, una vez firmado el acuerdo, lo que verdaderamente importa, lo que hará o no la diferencia está aún por hacerse. Me refiero al trabajo cotidiano, a la talacha que supone hacer de las buenas intenciones del acuerdo hechos verificables. Es aquí donde empieza a adquirir valor el trabajo de los embajadores norteamericanos, cuando entran en juego sus habilidades diplomáticas y sociales, su experiencia, su conocimiento y su misma intuición política y diplomática. Sin que, desde luego, sea el único elemento de peso, no es desatinado prever que la trayectoria que pueda adquirir en el futuro mediato y a mediano plazo los términos del acuerdo de Peña Nieto y Obama, y en un sentido más general las relaciones entre ambos países, dependerá en mucho de lo que haga o deje de hacer el residente principal de Paseo de la Reforma 305, el embajador norteamericano. La historia, en fin, nos ha enseñado que, nos disguste o no, el embajador norteamericano en México ha sido y seguirá siendo un actor político de ineludible relevancia.

Y en este escenario no puede ser más oportuna la reciente aparición en español del libro de la periodista Dolia Estévez, El Embajador. Estévez es desde hace poco más de 25 años corresponsal en Washington de diversos medios periodísticos mexicanos, analista de política exterior y asesora en temas de periodismo en el Instituto México del Centro Woodrow Wilson, es decir no se trata de alguna advenediza. Para armar su libro lo que hizo Estévez fue, como toda buena idea o buena iniciativa, algo muy sencillo: se reunió con los embajadores norteamericanos en México de 1977 a 2011 para conversar en torno a lo que fue su experiencia diplomática en nuestro país. Se trata de testimonios de primera mano sobre un periodo de 34 años de relaciones entre ambos países en un contexto en que,  perogrullada de por medio, se han observado cambios muy significativos en el perfil de dicha relación derivados de las profundas transformaciones que se observaron tanto al interior de cada uno de ellos como en el escenario internacional.

Entre abril de 2011 y enero de 2012, Estévez se reunió con ocho de los nueve embajadores del periodo –la excepción fue Charles J. Pilliod Jr., embajador entre 1986 y 1989, quien, a los 94 años de edad, no la recibió por problemas de salud- quienes le fueron presentando su muy personal punto de vista sobre los términos en que se desarrolló la relación bilateral mientras dirigieron la embajada. Algunos embajadores ofrecen mayor detalle que otros y ciertamente unos son menos discretos (y más amenos) que otros pero, en general, ninguna de las conversaciones adquiere el tono de la presunción académica, la pesca de grandes revelaciones o los exhibicionismos confesionales. Antes bien el tono en todas las conversaciones es cordial, sazonado con anécdotas de sobremesa, algunas maliciosas, otras, las más, benignas en más de un sentido, y siempre ajustado a un guión según el cual el perfil del embajador –sus preferencias y perspectivas, sus opiniones y memorias y alguna que otra de sus fobias y nostalgias- se va develando ante el lector como una fotografía ante la canastilla de revelado.  El resultado es una interesante galería de los hombres de Washington en México, pero también, y esto es aún de mucho mayor interés, un buen surtidor de pistas para entender mejor las razones y sinrazones, los  alcances y limitaciones, las inercias y cambios de lo que ha sido por más de tres décadas la política norteamericana hacia México.

El gran paisaje que trazan los embajadores en sus conversaciones con Estévez puede dividirse, no sin cierta arbitrariedad, en tres etapas. La primera va de 1977 a 1989 y abarca los gobiernos de José López Portillo y Miguel de la Madrid y los de James Carter y Ronald Reagan. Los embajadores en estos años fueron Patrick J. Lucy (1977-1979), Julián Nava (1980-1981, el lapso más breve de entre todos), John A. Gavin (1981-1986) y Charles J. Pilliod Jr. (1986-1989). Son años en que las prioridades norteamericanas estaban fuertemente marcadas por la Guerra Fría y la crisis energética. De ahí que, en relación a México, la tarea básica de los embajadores fue, por un lado, evitar que se erosionara en demasía la estabilidad política del país y, por el otro, el asegurar el suministro mexicano de petróleo y gas a su país. En estos años, las consideraciones en relación a la democracia, los derechos humanos o la endémica corrupción pública estaban plenamente subordinadas a este par de preocupaciones básicas, si bien algunos de estos temas fueron abriéndose paso poco a poco en la agenda de relaciones, más por la fuerza de los hechos, que por convencimiento de las partes.

La segunda fase está sellada por el fin de la Guerra Fría y la consecuente redelimitación del orden político internacional y la redefinición de las estrategias de integración económica a nivel regional y mundial. Son los años que van de finales de 1989 a inicios del siglo XXI y cubre a las presidencias de Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo así como los primeros años de la presidencia de Vicente Fox, y, por el lado americano, los períodos presidenciales de George H. W. Bush, William J. Clinton y los años iniciales de la administración de George W. Bush Jr. En estos años, decisivos en muchos sentidos, la embajada norteamericana fue liderada por John D. Negroponte (1989-1993), James R. Jones (1993-1997) y Jeffrey Davidow (1998-2002). La agenda bilateral en estos años estuvieron dominados por las consideraciones económicas y comerciales que llevaron a la firma del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC), la gestión de la crisis económica de México de 1995 y la emergencia de temas espinosos como el narcotráfico y el crimen organizado, la crisis y transición política en México (cuyo elemento catalizador fue el annus horribilis de 1994 y su hecho culminante la alternancia en el ejecutivo federal) y el boom migratorio de mexicanos hacia Estados Unidos.


Finalmente la tercera etapa va de 2001 a  2011, esto es los cuatro últimos años de Vicente Fox y los seis años Felipe Calderón, así como los años en la Casa Blanca de George W. Bush Jr., y la primera administración de Barack Obama. Los embajadores en estos años fueron Antonio O. Garza Jr. (2002-2009, con mucho el período más largo) y Carlos Pascal (2009-2011). Como no podría ser de otro modo, los eventos de 11 de septiembre de 2001 marcaron el parteaguas en la relación, pero fue cada vez más claro que temas como el crimen organizado y el narcotráfico, la migración y la debilidad del Estado de Derecho en México fueron ocupando cada vez más espacio en la agenda de trabajo. Son los años también en que, por diferentes causas, se profundizó el desencuentro entre las visiones y prioridades de ambas naciones, desencuentro que tuvo su capítulo más visible en las quejumbrosas maniobras diplomáticas de Calderón que condujeron a la renuncia del embajador Pascal.

Se trata, entonces, de un recorrido muy amplio -del que aquí apenas esbozado de manera presurosa y parcial algunas de sus estaciones- que vale la pena recorrer en su totalidad. Nos ofrece, como ya se anotó, pistas para entender de manera más amplia las relaciones más importantes que México y Estados Unidos mantiene con otro país y, aquí y allá, nos regala también perlas de indiscreción que en ocasiones dicen más que lo que sus emisores, acaso, deseaban. (Véase el anexo).

 

P.D No puedo dejar de mencionar un hecho que me llamó la atención. En la edición norteamericana de su libro, Estévez incluye esta dedicatoria: “A la memoria de mis muchos colegas mexicanos que perdieron su vida por hacer su trabajo sin protección del gobierno.” Un año después, en la edición mexicana, la dedicatoria dice. “A la memoria de los periodistas que perdieron la vida por hacer su trabajo en un clima de desprotección y desdén hacia nuestra profesión del gobierno de Felipe Calderón.” Un añadido no menor que es toda una acusación del todo justificada y pertinente, y que, por desdicha, puede hacerse extensiva a no pocas autoridades estatales y municipales de varios estados de la república.


Nota de las fuentes: Dolia Estévez, El Embajador, prólogo de Lorenzo Meyer, Planeta, Temas de Hoy, México, 2013, pp. 255. La primera edición fue publicada en 2012 con el título U.S. Ambassadors to Mexico. The Relationship Throug Their Eyes, Prologue by Andree Selee, por el Mexico Institute del Woodrow Wilson Center.

 

[Para incluir como recuadro aparte]

 



A continuación una pequeña muestra de algunas de las declaraciones de los embajadores recogidas por Dolia Estévez:

 

Patrick J. Lucy:

“No me enteré de algún conflicto en Centroamérica”.

 

“Carter es ahora mejor ex presidente de lo que fue como presidente”.

 

Julián Nava:

“Mire, se publican en México unos doce periódicos en la Ciudad de México. Casi todos son prostitutas. Aún ahora. El gobierno federal les paga…así que, con dos o tres excepciones, son putas. Son instrumentos del gobierno federal”.

 

“Buenos, los Estados Unidos siempre han tratado de tomar ventaja de México y con frecuencia lo engaña. Demasiados políticos norteamericanos ven en México un fácil blanco        para hacer lo que se les antoje”.

 

“Un almirante y un Vicealmirante de la Armada norteamericana (querían) intimidar a México para que nos vendieran más petróleo (por medio de ejercicios militares en las costas de Veracruz)0.”

 

“Teníamos informantes de la CIA en todas las dependencias del gobierno mexicano”.

 

John Gavin:

”Obviamente, para Estados Unidos es importante tener naciones y gobiernos estables, de preferencia democráticos y amistosos, en nuestras fronteras”.

 

John D. Negoroponte:

“Ante los abusos de los derechos humanos no nos hicimos de la vista gorda, pero mantuvimos el tema en perspectiva y además teníamos un punto de vista realista respecto a lo que era posible hacer. El objetivo de la política de Estados Unidos no era cambiar el sistema político mexicano”.

 

“Para nosotros era un artículo de fe, una convicción fundamental que los mexicanos son muy, muy susceptibles”.
James R. Jones:

“El problema de la política de Estados Unidos hacia Latinoamérica en general y México en particular tiene que ver con ignorarlos y no prestarles atención, excepto cuando sentimos que necesitamos algo y entonces actuamos como socios paternales en lugar de socios verdaderos”.

 

“Durante la era del PRI, estábamos dispuestos a pretender que en México había ‘democracia’ porque preferíamos la estabilidad sobre la democracia…con tal de que hubiera estabilidad y un consenso básico de respaldo a Estados Unidos contra el comunismo, ignoramos los problemas de corrupción en México”.

 

“”Salinas fue un político muy cauteloso y el último de los presidentes priistas que controló todo. Nos veía muy activos y poniendo presión aquí y allá para hacer avanzar la democracia e investigar la corrupción, Fue un político muy cuidadoso que sólo era sincero con quienes creía que debía serlo”.

 

“Le dije  Salinas que si manejaba la insurrección zapatista al viejo estilo iba a destruir todos los avances económicos y de otra índole que había logrado…Tuve que convencer a Washington de que el levantamiento no era un fenómeno desestabilizador”.

 

“No deja de asombrarme lo poco que Washington conoce México, tanto el Congreso como la administración”.

 

En relación a la crisis económica de 1994, el “error de diciembre”: “No había transparencia en los datos del Banco de México, a fin de cuentas Salinas fue el responsable”.

 

“Recibimos instrucciones de la Casa Blanca para que Larry Summers (Subsecretario del Tesoro) y yo, y supongo que también David Lipton (funcionario del Departamento del Tesoro), voláramos a México un viernes por la noche. El objetivo era que ellos vieran de primera mano si Zedillo estaba capacitado. La conversación (con Zedillo) fue franca. Cuando salimos de la reunión, Larry exclamó ‘¡Jesús, es impresionante ¡ Puede ser el banquero central o el secretario de finanzas de cualquier país del mundo’”.

 

Jeffrey Divido:

“Tal vez nos hicimos de la vista gorda ante ciertos acontecimientos, como Tlatelolco en 1968 y Corpus Christi en 1971, pero el fin de la Guerra fría marcó un parteaguas”.

 

“Defender a México –en el Congreso norteamericano- puede volverse una vulnerabilidad porque la gente que está contra de México, por una u otra razón (ahora es el narcotráfico y la inmigración) politiza los temas contra la administración”.

 

“Gran parte del trabajo de un embajador, o de cualquier líder, es impedir que la gente cometa estupideces”.

 

Carlos Pascal:

“La violencia es obviamente una preocupación. Es un asunto extremadamente importante que afecta a la gente, los negocios y a la confianza en ambos países. Son asuntos a los que hay que prestar atención, pero si solo nos concentráramos en eso, dejaríamos de utilizar las herramientas necesarias para hacer avanzar la relación a la postre poder ir más allá del tema de la violencia”.

 

“Ninguna relación afecta más directamente las vidas de los ciudadanos estadounidenses que la relación con México”.

 

“La decisión de que lo mejor para mí era renunciar la tomé a principios de marzo (2011), porque el enojo que el presidente Calderón sentía hacia mi persona, y el que haya considerado necesario expresarlo públicamente fue tal que estaba distrayendo la atención de los temas verdaderamente importantes en la relación”.


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