04/06/2020


 

LOS CONSERVADORES. Después de la de por sí traumática guerra de independencia, México sufrió el enfrentamiento fratricida de dos corrientes: una, la oligarquía conservadora que quería mantener los privilegios del sistema monárquico hereditario mediante el poder divino otorgado por la Iglesia Católica Romana, más los materiales fueros político, militar y religioso.

LOS LIBERALES. La otra corriente era la liberal que, basada en la Enciclopedia Francesa -difundida por terratenientes y militares ilustrados así como por seminaristas y sacerdotes que tenían acceso a los libros llegados de Europa- luchaban por establecer el sistema republicano, que asegura que el origen de la soberanía radica en el pueblo y que es éste el que le otorga el poder al gobernante mediante la expresión de su voluntad a través del voto.

LA REFORMA NAPOLEÓNICA. En Europa, la derrota del Sacro Imperio Romano Germánico en 1806 a manos de Bonaparte se manifestó en lo que conocemos como Reforma Napoleónica, que en el terreno educativo sustituyó la enseñanza dogmática de la Universidad Pontificia con el racionalismo científico, las escuelas técnicas y la organización de un sistema educativo cuyo control pasa de las manos de la Iglesia a las del Estado, que impone la moda de expedir o autorizar títulos y controlarlos para adecuar el ejercicio profesional a los planes oficiales de desarrollo.

LA REFORMA EN MÉXICO. La violenta pugna entre los que pretendían establecer la Reforma Napoleónica en México y los que se oponían, se prolongó desde 1821 hasta 1857 -y una década más si sumamos la intervención francesa- provocando un caos tal, que el naciente imperio estadounidense nos arrebató fácilmente la mitad de nuestro territorio en etapas en que los conservadores detentaban el poder.

LOS INSTITUTOS CIENTÍFICOS Y LITERARIOS. Aunque a retazos, el bando liberal finalmente impuso su proyecto educativo que empezó con la creación de escuelas de enseñanza primaria, casi inexistentes, multiplicadas en pocos años; siguió con los primeros institutos científicos y literarios, para luego emprender la etapa profesional.

El Instituto Científico y Literario más antiguo parece haber sido el que fundó -en 1826- el primer gobernador liberal de Jalisco, Prisciliano Sánchez, quien previamente había clausurado la universidad confesional de Guadalajara que luego reabrieron los conservadores. En 1828 se fundan los institutos de Oaxaca y Toluca y así sucesivamente, siempre en la lucha de clausurar unos y reabrir los otros y viceversa.

EL INSTITUTO LITERARIO DE CIENCIAS Y ARTES DE AGUASCALIENTES. A pesar de que no éramos capital porque todavía pertenecíamos a Zacatecas, nuestro Instituto fue autorizado a petición de los liberales e inaugurado por Jesús Terán en 1849 en su calidad de titular del gobierno local.

La suerte de nuestro Instituto, como la de muchos otros en esa época, fue desfavorable y terminó por desaparecer debido al terrorismo desatado por el deshonroso comportamiento del invasor francés y no fue sino hasta después de que Napoleón III ordenó el retiro de sus tropas, cuando en 1871 reapareció con el nombre de Instituto Científico y Literario bajo la dirección del Dr. Ignacio T. Chávez, después de un breve lapso en el que pretendieron imponerle el desatinado nombre de Escuela de Agricultura.

TRIUNFO DEL ESTADO LAICO. El país entró en el receso de la dictadura porfiriana que mejoró las relaciones con la Iglesia Católica, pero mantuvo vigentes las leyes de Reforma; fomentó la ilustración de la clase en el poder lo cual favoreció al Instituto, que volvió a decaer con la violencia generada por la Revolución Mexicana que, por otra parte, consolidó el Estado laico.

LA CONTRARREFORMA AL ATAQUE. Desde el inicio del periodo contrarrevolucionario en 1940, la Iglesia Católica ha realizado una labor tenaz de penetración de las esferas oficiales hasta llegar a la época actual, en la que el propio gobernante la invita a establecer un campus de su rediviva Universidad Pontificia en nuestra entidad, en contra de lo que afirmaba nuestro paisano adoptivo Gómez Farías cuando clausuró la Real y Pontificia Universidad de México por primera vez en 1833 por considerarla inútil, irreformable y perniciosa; Comonfort por segunda en 1857 y Benito Juárez por tercera en 1861; pero lo sorprendente fue que hasta el mismísimo Maximiliano de Austria la clausuró definitivamente en 1865 seguramente por las mismas razones.


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Pero ahora, a siglo y medio de distancia, el revolucionario Carlos Lozano de la Torre afirma que el anunciado arribo de la Pontificia es “…para que México y Aguascalientes puedan ver realizados sus objetivos de progreso, bienestar y desarrollo…” ¡Atiza! ¿Estamos en la antesala del restablecimiento de la religión de Estado? ¡Que Dios nos agarre confesados!

Aguascalientes, México, América Latina

tlacuilo.netz@yahoo.com


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