Opinión

El banquete de los pordioseros / Cien años de La Consagración de la Primavera

 

Rodolfo Popoca Perches

Hay ciertos acontecimientos que por su impacto y consecuencias se convierten en históricos, y en algunos casos llegan a significar verdaderos parteaguas y es de uno de esos acontecimientos que me quiero ocupar durante este banquete del que tú, amablemente, eres parte cada viernes. Y es importante, o más aún, necesario, ocuparnos de este asunto antes de que se haga viejo y pierda vigencia y definitivamente no me perdonaría pasar por alto este evento. Por alguna razón, que en honor a la verdad no entiendo, en su momento pasé por alto efemérides tan importantes como el centenario del estreno de la Sinfonía Octava de Mahler, conocida como la Sinfonía de los Mil, porque ésa fue la cantidad de músicos, entre orquesta y coro, convocados para el espectacular estreno celebrado en la ciudad de Múnich, Alemania en 1910, y ya que estamos hablando de su alteza real, Gustav Mahler, no me perdono el hecho de no haber mencionado una palabra de su centenario luctuoso, el 18 de mayo de 2011, creo que si acaso lo publiqué en mi muro de mi cuenta de facebook, pero claro, eso no es suficiente. Y el tiempo, que no perdona y todo consume con su lento, pero infatigable paso, está pasando de largo y no he mencionado una sola palabra de la fecha de uno de los estrenos más polémicos que registra la historia de la música, y me refiero a la primera ejecución pública de La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky.

Recuerdo en alguna reunión con un puñado de buenos amigos, aquéllos con los que en los cada vez más lejanos tiempos universitarios (ahora sí que me golpeó sin misericordia el asunto de la edad), fabricábamos sueños y construíamos ideales; en una de esas reuniones más o menos frecuentes en las que hablamos de nuestra juventud ya con el sabor de la hazaña, alguien sacó el tema de los momentos de la historia en los que nos hubiera gustado estar presentes, te voy a mencionar mis cinco momentos, no los de mis amigos, aunque en más de uno hubo coincidencias.

Pues bien, entre sorbos de vino tinto y mordidas al queso panela, señalé mis cinco momentos de los que me hubiera gustado ser testigo vivo: Uno es el Sermón de la Montaña, o las Bienaventuranzas, que los Evangelistas nos presentan como la sólida plataforma en la que Cristo basó su plan redentor y el ideal del comportamiento humano, sin duda, ahí está la solución de todos los problemas y la respuesta de todos los cuestionamientos, pero ya me imagino cómo pondrían al aspirante a ocupar un puesto político de elección popular si en su campaña propusiera estos principios, en fin. Otro momento histórico es cuando Churchill dictó su famoso discurso “Blood, Sweat and Tears” (Sangre, Sudor y Lágrimas) y motivó al pueblo británico a resistir valientemente durante la Segunda Guerra Mundial. Siguiendo con los discursos, me hubiera gustado estar presente cuando Martin Luther King le dijo al mundo que tenía un sueño, aquel célebre discurso lo conocemos con el nombre de: “I had a dream”. Dejando los discursos y entrando a terrenos más familiares, al menos para quien esto escribe, claro, definitivamente me hubiera gustado estar presente en el estreno de la Sinfonía Novena de Ludwig van Beethoven y, finalmente, el quinto momento histórico también tiene que ver con el estreno de una obra musical, sí efectivamente, cómo hubiera deseado estar presente en la primera audición pública de La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky aquel 29 de mayo de 1913 por los Ballets rusos de Serge Diaghilev en el Teatro de los Campos Elíseos de París.

Este evento fue verdaderamente un parteaguas en el curso de la historia de la música y generó una polémica impresionante, probablemente el escándalo más sonado en la música de concierto. Y la verdad es que uno podría esperar cualquier cosa, menos un escándalo de este tamaño en el sagrado recinto de un teatro. Dicen las crónicas que el ruido provocado por los asistentes, unos, los puristas, reprobando los atrevidos argumentos musicales de Stravinsky, otros, los de pensamiento más liberal, apoyando su nueva obra y su descarado atrevimiento que lo puso en la antesala de lo que podemos considerar como música contemporánea, más o menos en esa misma época Arnold Schönberg vendría a llegar al límite del atrevimiento con su dodecafonismo, pero sin el escándalo que acompañó al ruso.

Uno de mis amigos con los que compartía esta divertida fantasía de los momentos históricos me decía, entre bocadillo y sorbos de vino tinto, que si yo hubiera estado presente en el Teatro de los Campos Elíseos de París aquel 29 de mayo de 1913, seguramente hubiera sido de los que reprobó el atrevimiento de Stravinsky. “Eres un purista –me dijo- seguramente le hubieras gritado de todo al buen Igor” y luego yo me quedé pensando en que muy probablemente mi amigo tenga razón, ahora defiendo la irreverencia de Stravinsky y en casa tengo como tres versiones de La Consagración de la Primavera, pero veo la historia por el espejo retrovisor, yo ya sé que pasó, ya estamos todos enterados que aquella osadía de Stravinsky que tantos detractores le trajo, finalmente lo consagró como uno de los indispensables precursores de nuevas ideas musicales que allanarían el camino para lo que más tarde se llamó “música contemporánea”, es posible que de haber estado en aquella primera audición pública hubiera yo lanzado todo tipo de indecencias verbales a la obra de Stravinsky, pero en descargo de mi purismo musical, debo decir que es probable que también hubiera aflorado mi sentido lúdico y me permitiera el lujo de adentrarme en algo distinto, con lo que mi experiencia musical no tenía relación alguna, es posible; finalmente, la primera vez que escuché Prozession de Karlheinz Stockhausen me impactó brutalmente, no tardé mucho en conseguirme esa obra para enriquecer mi fonoteca y de ahí, se abrió la puerta para todas las inagotables posibilidades que ofrece la música contemporánea, pero eso, sin duda, será entrega de otro banquete, por ahora los dejo, me voy a escuchar La Consagración de la Primavera de Igor Stravinsky en una versión que aprecio mucho, probablemente es mi favorita, al menos de las que conozco, con Leonard Bernstein dirigiendo la Orquesta Filarmónica de Israel.

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