04/06/2020


 

La Generación del 29, integrada por estudiantes universitarios fascinados por el talento, entrega e ideales que decía perseguir José Vasconcelos, no sabían que su adalid, para contender por la presidencia de la República, se había atrevido a desafiar a los caudillos militares no con el candor maderista que se solía invocar, sino con los muy materiales apoyos nacionales y extranjeros con los que se había comprometido, aprovechando el error cometido por los generales que al no saber manejar el tema religioso, cayeron en la trampa de la guerra cristera y convirtieron al clero en una verdadera legión partidaria que hacía una efectiva campaña subterránea entre la grey para el triunfo del candidato que les aseguraba su retorno al poder. La generosidad de aquellos jóvenes a quienes expuso a tantos riesgos no era sino un instrumento más para conseguir sus mezquinos fines personales.

VASCONCELOS EL VIEJO. Derrotado y amargado, se refugió en el sector más reaccionario del estudiantado para desestabilizar las instituciones de enseñanza superior, apoyado en prebendas proporcionadas por los intereses nazi-fascistas de Europa y América; cuando Hitler y Mussolini perdieron la batalla, Vasconcelos hizo lo que Franco: fingió demencia cuando dejó de recibir dinero.

EL INSTITUTO, ARENA POLÍTICA. Estando nuestro Estado en el extremo norte del Bajío es lógico que se reflejara en el Instituto la influencia de cristeros, sinarquistas y panistas que empezaron por borrar de su historia los nombres de Jesús Terán (su fundador liberal en 1849) y de Pedro de Alba (su reconstructor revolucionario en 1917); lógicamente, el Partido Comunista presentó un frente aguerrido; ante esta situación, el partido oficial se sintió obligado a intervenir para garantizar la estabilidad, lo que explica la violación de la autonomía en 1948 y el predominio del PRI hasta la fecha, combinado con los intereses confesionales.

La recuperación del Instituto fue muy penosa a partir de su reunificación en 1952; a los rectores Benjamín Vargas Tapia y Eusebio Sánchez Zarzosa les correspondió la parte más difícil, consistente en restañar las heridas; y no fue sino hasta el rectorado de Benito Palomino Dena (1960-1965) que empezó a normalizarse y crecer; puso orden tanto en lo académico como en lo administrativo; estableció las primeras carreras técnicas y consiguió nutridos recursos presidenciales tanto para ello como para construir la Preparatoria de Petróleos, todo con el apoyo del gobernador Enrique Olivares Santana, quien acuerpaba la idea de fortalecer al Instituto para elevarlo al rango de Universidad. También obtuvo la promulgación de una nueva Ley Orgánica, así como la aprobación del Estatuto de lo que entonces se llamó Instituto Autónomo de Ciencias y Tecnología. Sólo un hecho menguó su obra:

AUTONOMÍA PERDIDA. La Ley Orgánica de la UNAM de 1929 estableció que la autoridad suprema sería el Consejo Universitario, integrado por igual número de estudiantes y profesores de todas las escuelas y facultades y un avanzado sistema electoral de autogobierno, concordante con la Reforma Universitaria Latinoamericana de 1918.

En 1945 se promulgó una nueva ley en la que se incluyó una Junta de Gobierno constituida por 15 notables con facultades que nulificaron al Consejo Universitario, aunque conservaron con todo cinismo el adjetivo Autónoma.

La Ley Orgánica del IACT de 1963 copió esencialmente este fraudulento procedimiento, haciendo polvo su autonomía. A partir de entonces la comunidad universitaria participa en una farsa democrática de la que parece no enterarse.

¡AGUSTÍN, QUEREMOS UNIVERSIDAD! En 1942 se celebró por primera vez un falso LXXV aniversario del Instituto, cuando se borró de un plumazo la fecha de su fundación en 1849 para suplantarla sin sonrojo alguno por la de 1867. En la misma tónica, en 1967 se celebró con gran fausto un falso centenario del IACT, al que asistió como representante presidencial el secretario de Educación Pública, Agustín Yáñez; en la alegre y concurrida comida que se organizó en los patios del palacio de gobierno, amenizada entre otros por nuestro querido compañero, amigo y gran cantante Horacio Westrup Puentes, el entusiasmo se convirtió en euforia cuando todos los presentes -estudiantes, profesores y ex alumnos que vinieron de todo el país y hasta del extranjero- empezamos a corear: ¡Agustín, queremos universidad!

MENSAJE DE AGUSTÍN YÁÑEZ. En la velada literario-musical realizada por la noche en el Teatro Morelos, Agustín Yáñez pronunció un sabio discurso en el que explicó cómo las verdaderas universidades no surgen por decretos dados desde arriba para satisfacer el alegre griterío, sino de la vocación que se forja en la soledad del estudio, la entrega en el apostolado de la enseñanza y en la investigación paciente y sistemática que requiere disciplina y sacrificio, todo con la mira siempre bien puesta no en el beneficio personal, sino en el bien del género humano y de todo lo que lo rodea, con un sentido de justicia y equilibrio.

Aguascalientes, México, América Latina


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