Trabajo infantil en México / Ricardo Serrano en LJA - LJA Aguascalientes
30/01/2023

 

Ayer vi un video de ésos que se acostumbra a hacer viral en las redes: un niño con características indígenas, de los que uno se encuentra en la calle con un canasto vendiendo semillas, dulces o alguna otra cosa, es detenido por una autoridad verificadora en una comunidad en Villahermosa, ahí, de manera sorprendente el individuo gubernamental obliga al niño a tirar los dulces de su canasta. Son escasos 36 segundos en que el sollozo de un niño asustado, muestran la fragilidad de la pobreza extrema. Ese video me indignó, pero ¿quién soy yo para indignarse ante un hecho tan común en la sociedad? ¿Quién soy yo para quejarme de ello, cuando de lo que sí me quejo es del fracaso nuestro como sociedad, en que no hemos podido darle una oportunidad a los limpiaparabrisas o a los que venden cualquier cantidad de cosas en los cruceros y las grandes avenidas? La verdad me conmovió la inocencia de un niño que llora, cuando no comprende lo que pasa. En fin.

Con ese remordimiento del que siempre se ha quejado de quienes trabajan en la calle, vengo a darle la cara para un asunto que es cada vez más preocupante: resulta que la escuela no a todos les ha dado el trabajo que nos prometieron cuando comenzamos en aquella butaca de madera hace 16 años en la primaria, y resulta que también la calle ha llevado a unos inocentes niños y niñas a comenzar a trabajar desde siempre, y cuyas vidas se exponen a terminar trabajando en la  vagancia o en la delincuencia cuando esa inocencia se convirtió en un modo de vida fuera de la ley. La pregunta es ¿qué hacer ante el fenómeno del trabajo infantil? ¿Qué hacer cuando la autoridad de forma indigna, trata de “poner una lección” a un niño que no tiene hambre?

Según datos de la OIT, hacia el año 2000, existían laborando niños o niñas entre 12 y 17 años hasta en un 24.7 por cada ciento. Más o menos la edad del niño que protagoniza ese video viral, será de unos 10 años. Pero para 2010 la tasa se redujo a un 16.5 por ciento de acuerdo al proyecto “understanding Children’s Work” realizado por la OIT, UNICEF y el banco mundial. La problemática en esa edad —12 a 17— es que es prácticamente la decisión de iniciar la secundaria o seguirle en el camino laboral, o ninguna de las anteriores.

En el estudio al que me refiero, se explica que el trabajo de los niños se ha reducido en función del incremento en la escolaridad de los padres, esto es, mientras más educados son los padres, éstos se ven menos obligados a enviar a sus hijos a trabajar. Una cosa que sin duda también ha sido factor, es que el trabajo agrícola se ha reducido, y con ello costumbres sociales más acordes a la vida urbana, entre las cuales se incluye el comercio de la educación.

En el año 2011, se sabe por el Inegi que al menos 3 millones de niños, niñas y adolescentes entre cinco y 17 años, formaban parte del mercado laboral informal.  Para ese año, la tasa de ocupación se redujo a 10.5 por ciento  y se agrega que hay una combinación entre trabajo y escuela. Como cuando de niños trabajábamos de cerillos en Blanco, aquella tienda que estaba en Plaza San Marcos. Sigue la estadística diciendo que de esa población infantil ocupada el 44 por ciento no percibe ingresos por el trabajo realizado.

Cabe destacar que según la Convención sobre los derechos del niño, la niñez es la etapa fundamental del desarrollo de las personas, por lo que como sociedad debemos procurarle a la niñez una vida protegida de ciertos riesgos que dañen su integridad física o emocional. Ante ello, es evidente que lo que todos los padres querrán para sus hijos es su pleno desarrollo, pero muchas veces, la pobreza económica o de capacidades, les impide vislumbrar el desarrollo propio, mucho menos el de los distintos miembros de la familia.

Sigue la convención diciendo que “se han de promover diversos mecanismos para reconocer, promover y vigilar el cumplimiento de una serie de derechos humanos: civiles, culturales, económicos, políticos y sociales” entre los que destaca la protección contra  la explotación económica y contra el desempeño de cualquier trabajo que sea peligroso o entorpezca su educación.

El artículo 28 de la Convención afirma que entre otros objetivos, los estados parte han de fomentar el desarrollo de la niñez en sus distintas formas, en la educación, haciéndola más accesible en todos sus niveles, para que haya igualdad de oportunidades e incluso promoverán el cooperativismo internacional para erradicar el analfabetismo y la ignorancia.


En nuestro país, la protección de la niñez contra ciertas formas de trabajo está expresada en la Ley Federal del Trabajo, que establece la edad mínima para trabajar a partir de los 14 años, existiendo permiso por parte de los padres, cuando haya compatibilidad con el estudio —aunque otros estudios revelan que esa compatibilidad escuela y trabajo, reduce el rendimiento laboral y escolar— además de otras condiciones que salvaguarden el bienestar de los niños y niñas.

Algunas de las razones por las que un niño comienza a trabajar van, según el Inegi, desde un 28 por ciento que revela la pobreza al interior del hogar, un 25.5 por ciento para poder estudiar y tener para sus gastos y un 13 por ciento que busca contribuir al ingreso de las familias.

En realidad el trabajo infantil, es un problema porque lo hemos convertido en un problema. Que los niños trabajen no debe ser un delito, pero tiene que haber más regulación. Es evidente que la niñez y la juventud es una etapa de aprendizaje: aprender a trabajar puede ser bueno, si el oficio aprendido le hace a uno más hábil —entre otras cuestiones por eso me quejo de los limpiaparabrisas, que para empezar no son ningunos niños, pero que muchos de ellos son jóvenes que podrían recibir capacitación para no estar en la calle en esas condiciones— y si esa habilidad le hace a uno más versátil, puede ser que con el estudio haya más posibilidades de progreso individual.

El mal del trabajo infantil, radica en la explotación y la ignorancia. Ese niño que nos ha conmovido a muchos, quizá en realidad sí está cometiendo un delito, pero al no saberlo, no se explica la humillación hecha por el verificador. En cambio, si ese niño tuviera oportunidad podría realizar un trabajo de aprendiz en algún oficio como la carpintería o la panadería, como muchos que así aprendimos a ganarnos los pesos para la escuela. Parecería no haber mucha diferencia, pero ésta radica en la dignificación que uno le da al trabajo. Para muchos, el trabajo de la calle tiene un riesgo medido: la probabilidad de riesgo de adicciones, delincuencia juvenil, o incluso crimen organizado, está latente más en la calle que en un trabajo regulado. Deberíamos buscar que los niños aprendan un oficio en un lugar donde tengamos sus condiciones de bienestar reguladas y controladas tal como lo afirma la ley. Que los niños trabajen en la calle, es un síntoma de la derrota que como sociedad tenemos. Pero es también una oportunidad para que empecemos a buscar condiciones. Por lo pronto este comentario se lo enviaré a mi amigo Jorge Durán presidente de la Coparmex, para que me ayude a revisar el tema del empleo infantil, y a realizar alguna propuesta concreta en ese sentido. Del individuo que humilló a ese pobre niño, mejor ni hablamos.

Le dejo la liga del video: http://www.youtube.com/watch?v=qNsMFgJn184

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