El licor de los dioses / Envoltorio de papaya - LJA Aguascalientes
20/01/2022

Soy mortal: poco duro

“Ahora sí ya va a acabar” me felicitó el jardinero mientras yo guardaba las pinzas y el desarmador en la caja de herramientas. Le dije que sí, que ya nada más faltaba comprobar que todo prendiera, aunque en realidad estaba pensando otra cosa. Como el hombre se quedó esperando, no tuve más remedio que, no sin miedo, conectar las luces al enchufe que había instalado, nada hizo explosión ni corto, la serie navideña con que envolví el ciprés, las que adornan la orilla de la barda y el balcón, las que penden encima de la puerta de entrada… todas comenzaron a titilar.

“Valió la pena su mañana patrón” me felicitó de nuevo el hombre que temprano me vio salir escalera en mano a cumplir el encargo de mi esposa. También le dije que sí, aunque en realidad pensaba otra cosa. Cuando conecté la clavija al enchufe que recién había instalado, lo que pensaba era en unas líneas de Octavio Paz: “Soy mortal: duro poco / y es enorme la noche”, mi chiste privado cuando creo que la tarea que estoy a punto de acometer pone en riesgo mi vida. Cuando la serie de foquitos comenzó a parpadear, pensé que María de los Ángeles Buenrostro, mi maestra de taller de electricidad en la secundaria, se sentiría orgullosa de mí, pues recordé qué tipo de amarres se emplean para cada instalación, también pensé en que tras escuchar su reconocimiento, aprovecharía la ocasión para justificarme: aunque me la pasaba viéndole las piernas, sí ponía atención.

Mientras el jardinero desaparecía calle arriba, pensé en cómo le había mentido, no creí que ya hubiera acabado, más que el fin de la tarea encomendada (los adornos colgados y funcionando) por la enjundia con que había instalado todo, si bien me iba, terminaría de quitar las luces por ahí de junio o julio, y eso, después de las muchas reconvenciones futuras de mi esposa.

Prendí un cigarro que me costó sacar de la cajetilla por los múltiples pinchazos del alambre en las yemas. Inhalé, no había muerto electrocutado, sí, soy mortal: poco duro, pero no esta ocasión. Exhale satisfecho.

Soy hombre: duro poco

Soy aburridamente cíclico, mis impulsos me hacen acudir a las cosas ya conocidas y eso consigue que repita mis referencias, como cuando me entero, por ejemplo, que las críticas de una poeta local a otra no son por la calidad de su trabajo, sino porque envidia que la otra es talla 7 y ella no ha conseguido más que subir de peso, invariablemente me viene a la mente “Smalltown” de Lou Reed: Where did Picasso come from, there’s no Michelangelo coming from Pittsburgh, if art is the tip of the iceberg, I’m the part sinking below… y pasar todo el día escuchándola. No tengo remedio.

Por esa razón es que acudo siempre a los versos de “Hermandad”, a mí me hace gracia; terminé mi cigarrillo, insatisfecho, con la sensación de que algo no estaba bien… Revisé la instalación por enésima vez, todo… nada; horas después caí en la cuenta, había pensado “Soy mortal: duro poco / y es enorme la noche” cuando el poema de Paz no comienza así, en realidad dice: “Soy hombre: duro poco / y es enorme la noche”.

Un apunte sobre “Hermandad”

La confusión no es menor, pero para los fines que empleo los versos no debiera tener importancia, pero esta forma de ser que vuelve y otra vez a los mismos temas no es más que el reflejo de una compulsión; así que me dejé llevar por el impulso y regresé a mi ajado volumen de Árbol adentro.

Entre las páginas del libro me encontré unas notas. Recordé que había escrito algo al respecto, fui a buscarlo y me encontré con una entrada en mi blog personal fechada en 2009, sobre la correspondencia de Octavio Paz, en un post scriptum (Memorias y palabras. Cartas a Pere Gimferrer 1966-1997. Seix Barral, 1999) Paz agrega las siguientes líneas a Gimferrer:

Hace unos días, leyendo The Greek Anthology –un libro de Peter Jay: al fin traducciones que hacen justicia a la extraordinaria modernidad de muchos de los poetas griegos- escribí este pequeño homenaje a Claudio Ptolomeo (la primera línea viene de un poema suyo, libro IX, 577):


Soy mortal: poco duro

y la noche es enorme.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

No leo su escritura,

sin entender comprendo.

También soy escritura

Y me trazó la misma mano.

Lo que Paz leyó de Claudio Ptolomeo y desató esos versos fue lo siguiente: “Sé que soy mortal pero cuando observo la moción circular de la muchedumbre de estrellas, no toco la tierra con los pies: me siento cerca del mismo Zeus y bebo hasta saciarme del licor de los dioses –la ambrosía”.

Quedó justificada mi confusión, en la primera versión de “Hermandad” Paz había usado mortal en vez de hombre; prendí otro cigarrillo, todavía con las yemas maltratadas, pero con la satisfacción que alivia a quienes suelen perderse en tareas inútiles. Transcribo la versión final de ese poema de Paz, en Obra poética II (1969-1998). Tomo 12 de las Obras completas publicadas por el Fondo de Cultura Económica

Hermandad

Homenaje a Claudio Ptolomeo

Soy hombre: duro poco

y es enorme la noche.

Pero miro hacia arriba:

las estrellas escriben.

Sin entender comprendo:

también soy escritura

y en este mismo instante

alguien me deletrea.

Coda

Un amabilísimo lector me comentó que era mucho más grato leer los textos que escribía bajo el título de Perdón por intolerarlos, pues desde que “encontré” un formato para los Envoltorio de papaya, le basta leer la Coda para saber de qué hablo, así que se salta todos los párrafos para llegar al final y así saber qué tema abordé; eso pensaba también cuando el jardinero me dijo “Ahora sí ya va a acabar”, además de todo lo anteriormente escrito, mientras exhalaba aquel cigarro, pensé en la trascendencia y la inmortalidad.

En unos meses, el frente de mi casa no estará adornado con esas luces, no importa, la sorpresa feliz de mi hijo y el reconocimiento amoroso de mi esposa valen todos los momentos en que creí que podía caer fulminado por conectar incorrectamente un alambre.

En unos años, ni mi hijo ni mi esposa recordarán la primera vez que adornamos con luces el ciprés; esos gestos de felicidad y amor se confundirán con otros que espero que vengan; y sin embargo, pensaba cuando subí el interruptor, uno es capaz de arriesgar la vida en esas pequeñas tareas para conseguir esos instantes que, irremediablemente, “se perderán en el tiempo; como lágrimas en la lluvia” (otra de mis citas cíclicas), esos momentos que nunca estarán asignados a un esfuerzo individual, nadie dirá: “mira lo que hizo el señor con su casa”, uno se dedica a esa tareas para diluirse en un feliz plural: “mira cómo les quedó su casa”.

Al revisar los apuntes sobre “Hermandad” y lo que escribió Claudio Ptolomeo  (“no toco la tierra con los pies: me siento cerca del mismo Zeus y bebo hasta saciarme del licor de los dioses –la ambrosía”), volví al momento en que subí el interruptor y pensé que la trascendencia sólo se alcanza a través de obras mínimas que suman, y que no requieren del reconocimiento a una persona.

Al lector que busca la Coda para enterarse de qué escribo, esta línea final: no tocan la tierra nuestros gobernantes, pierden piso embebidos en el elogio de sus achichincles, en el afán de trascendencia, de querer ser el mejor político/alcalde/gobernador/presidente/lo que sea… a todo le ponen su nombre. La inmortalidad no se alcanza en lo individual, es necesario estar dispuesto a fundirse en el nosotros. Lo sé.

@aldan


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Edilberto Aldán
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Director editorial de La Jornada Aguascalientes
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