Opinión

JEP / Extravíos

José Emilio Pacheco, de nuevo, se nos ha anticipado. Si en la mayoría de los casos, toda muerte supone una pérdida irreparable, en su caso esta pérdida adquiere una profundidad mayor, una profundidad sólo equivalente a la magnificencia e importancia de su obra literaria y periodística. Tuve ocasión de conversar largamente con él en tres o cuatro ocasiones en que, por diversas razones, visitó Aguascalientes. Además de la excelencia de su conversación, Pacheco tenía el don de la gentileza, el humor y la empatía, cualidades, por lo demás, muy presentes en lo que escribía: escucharlo era tan gratificante como leerlo. Su muerte nos priva del gusto de volver a escucharlo, pero no así del privilegio de leerlo y releerlo una y otra vez. Desde que leí por vez primera No me preguntes cómo pasa el tiempo a inicios de la década de los setenta del siglo pasado, no he dejado de leerlo. Estoy seguro que me seguirá acompañando en los años (¿décadas?) por venir.

A finales de noviembre de 2009 escribí para estas mismas páginas un breve artículo para celebrar tanto su setenta aniversario como el que le hubiesen recibido en esos días el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Lo reproduzco ahora como un mínimo homenaje a quien, sin duda, fue uno de los mayores escritores de la lengua en los últimos cincuenta años y un hombre ejemplar en el sentido más pleno e íntegro de la palabra.

“La culpa fue de mi hermano mayor, Jesús, y su cómplice involuntario fue Víctor Sandoval. Un buen día de 1971 o 1972 Jesús visitó al entonces director de la Casa de la Cultura, hoy Instituto Cultural de Aguascalientes, Víctor Sandoval para conversar sobre lo que llamaba sus inquietudes culturales. Ignoro cuáles eran dichas inquietudes y cuál fue el derrotero que tomó la conversación, lo único que sé con certeza es que, como resultado de ese encuentro, el Sr. Sandoval obsequió a su inquieto visitante un libro de poesía que, según la recomendación del gentil donante, debería leer de inmediato ya que, entre otras virtudes, había ganado el Premio Nacional de Poesía de 1969, premio que un año antes había empezado a otorgar Aguascalientes.

El libro era No me preguntes cómo pasa el tiempo, su editor Joaquín Mortiz, la colección a la que pertenecía Las dos orillas y su autor un joven poeta llamado José Emilio Pacheco.

No recuerdo si el libro le gustó o no a mi hermano, pero una vez que concluyó su lectura me preguntó si quería leerlo. Teniendo entonces 14 o 15 años no era yo un lector especialmente ávido y menos aún de poesía. Aun así y más que otra cosa por curiosidad dije que sí. Lo leí una tarde, con diccionario a la mano debo añadir, con la mezcla de extrañeza y fascinación que supone descubrir al mismo tiempo un mundo nuevo y una manera diferente de ver el tiempo y la historia.

Así, más por azar que por necesidad, empecé a leer y frecuentar los libros de José Emilio Pacheco -o JEP como acostumbra firmar su extraordinario periodismo cultural- hasta que esa lectura se volvió en sí misma una necesidad que he procurado satisfacer, siempre con la recompensa esperada, por cerca de cuatro décadas.

En su discurso de ingreso al Colegio Nacional, en julio de 1986, Pacheco anota: Elegí ser escritor y a estas alturas aún soy aprendiz que no sabe nada de su trabajo y para quien cada página es de nuevo la primera y puede ser la última, y añade: Ruego a todos ustedes que me extiendan la prórroga y me permitan continuar intentando ser algún día el escritor que han imaginado su bondad y gentileza.

En este permanente aprendizaje Pacheco ha trazado uno de los itinerarios poéticos más ricos, rigurosos y significativos de la lengua española en los últimos cincuenta años. Se trata de un itinerario que se ha recorrido con una conciencia de saberse tributario de varias tradiciones literarias lo que lejos de anular su voz (Al doctor Harold Bloom lamento decirle/ que repudio lo que él llama “la ansiedad de las influencias” escribe en un poema de Siglo pasado, 2000) le ha permitido a Pacheco encontrar una forma propia de mirar y decir al mundo que, sin embargo, se ofrece a su vez como una forma de un mirar y un decir que lo trasciende: la poesía no es de nadie: se hace entre todos, gusta de recordar una y otra vez Pacheco.

Es notable, a su vez, cómo este trayecto poético ha estado presidido por una penetrante y muy crítica contemplación tanto de la historia que hacemos y deshacemos todos los días como del mismo discurrir del tiempo, un discurrir que es tan incesante como indiferente e insensible en cuanto a las secuelas que va dejando en el hombre. En Los elementos de la noche, un poema de 1963, Pacheco escribe: Bajo el mínimo imperio que el verano ha roído/ se derrumban los días, la fe, las previsiones. // En el último valle la destrucción se sacia / en ciudades vencidas que la ceniza afrenta. Y más adelante en Contra elegía declara: Mi único tema es lo que ya no está. / Sólo parezco hablar de lo perdido. / Mi punzante estribillo es nunca más.

Pero la mirada de Pacheco nunca se ha abandonado ni a la nostalgia ni a la lamentación estéril o simplemente vana. Su poesía, su narrativa, su generosa y magnífica labor como traductor (una parte fundamental e imprescindible de su obra) y el conjunto de su labor cultural se ha realizado en parte en contra del olvido suicida (en particular contra el olvido del pacto que se tenía con la naturaleza) y contra la infinita barbarie de la historia (en particular la alentada desde el poder y la avaricia), pero además nos recuerda que hay que saber mantener la puerta abierta de la historia no sólo para dar paso a lo que está naciendo, a las voces que van anticipando el futuro, sino también para que aquello que merece perdurar, aquello que por mera conveniencia debemos hacer que permanezca, encuentre su lugar en los días por venir: las posibilidades de renacimiento siempre están presentes.

En Retorno, un poema de Siglo pasado. (Desenlace), libro con el que se despide del siglo XX, el siglo más breve y a la vez el más cruel, escribe: Gira la hoja y cae en la alcantarilla sedienta/ para que el mar la absorba y la desintegre. / Y un día vuelva la luz y regrese a ser hoja y vuele/ bajo otra lluvia que ha de resonar/ dentro de muchos siglos.

Esta eterna oscilación entre pasado y presente, entre abatimiento y esperanza, entre devastación y renacimiento, entre el hombre y la naturaleza, entre decir y no decir ha adquirido en Pacheco una expresión tan clara, diáfana y directa -y en sentido contrario tan ajena a todo manierismo, rebuscamiento o ánimo confesional- que conforme más procura cumplir las exigencias formales que le han dado su aliento original más pertinente y profunda se revela para todos: Pacheco ha sido una lectura necesaria en nuestro recorrido por la segunda mitad del siglo XX y, sin duda, lo seguirá siendo en este siglo XXI.

A treinta y siete años de mi primer encuentro con la obra de Pacheco, es muy grato ver que en estos días ha recibido el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, un premio que se une a la muy amplia lista de reconocimientos que ha recibido en sus 70 años. Con todo, tengo la certeza de que el mejor premio que ha recibido alguna vez José Emilio Pacheco -el premio más perdurable y que además puede compartir con todos- es el de haber escrito las páginas que ha escrito y que han enriquecido, como pocas, una tradición poética tan vasta y esplendorosa como la iberoamericana y que, a la vez, han nutrido, también como pocas, la vida cultural de nuestro país.

No es, pues, una hipérbole decir que una de las mejores formas que tenemos en México para comprobar que no todo está perdido es leer y releer una y otra vez la obra de José Emilio Pacheco, no, por cierto, por amor patrio sino por apego a la vida.”

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Claudio H. Vargas

Claudio H. Vargas

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