Opinión

Las batallas de Pacheco / Letras ciudadanas

Con el lamentable deceso del poeta, escritor e intelectual mexicano José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 1939-2014), se da vuelta a una página de la poesía mexicana contemporánea; un poeta que, como mencionó Enrique Krauze: “Jamás se retrajo a una torre de marfil”, “Le dolía la desigualdad y la pobreza, y fue testigo sensible del deterioro de su ciudad, de su país, de su cielo”. Pacheco asumió ampliamente su compromiso con la literatura, fue hombre que a través del legado de su poesía y narrativa, plasmó siempre, que comprometerse no es enajenarse, que obedecer no es abdicar a la dignidad propia, que profesar la lealtad no es precipitarse a la bajeza, que mandar no es oprimir ni ejercer la autoridad es humillar; así lo hizo ver durante toda su vida, con congruencia y simpatía, atributos que también compartió con su esposa: Cristina Pacheco, quien tomó para sí su apellido, mujer serena en la que se cierne el talento del poeta.

La obra de José Emilio Pacheco está pulida en la belleza de la forma y entrega a quien quiera recibirlos, preciosamente elaborados, poemas tales como: Irás y no volverás, No me preguntes cómo pasa el tiempo, El reposo del fuego, Alta traición, que continúan señalando, con una pincelada de color, con una velocidad sostenida, con una calidad especial de trino y desplegando un espléndido cielo constelado de aves, consciente de su tarea reveladora de poesía.

Por ello el ágora donde sus múltiples atributos le reservaron un espacio y donde asumió diferentes cargos: fue director de la Revista de la Universidad de México; dirigió la colección Biblioteca del Estudiante Universitario publicada por la UNAM; fue investigador del Centro de Estudios Históricos del INAH desde hace décadas y profesor en la UNAM; en los que la magnitud de sus responsabilidades hubo de exigir el máximo rendimiento de sus dotes organizadores, de su visión histórica, de su prudencia administrativa y de su capacidad de invención. Recibió reconocimientos en la Universidad de Maryland y en algunas otras Universidades de EU, Canadá y Reino Unido. Profundo conocedor de la obra de Jorge Luis Borges, en cuyo honor dictó una serie de conferencias en 1999. Recibió varios premios nacionales e internacionales como el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes (1969), el Premio Xavier Villaurrutia (1973), el Premio Nacional de Periodismo en México (1980), el Premio Cervantes (2009), el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2009), Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2003), Premio Iberoamericano de Letras José Donoso (2001); y también le fue otorgado el título de Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma de Sinaloa en 1979.

En su narrativa; sus novelas: El viento distante, Morirás lejos, El principio del placer, y desde luego: Las batallas en el desierto, su libro por excelencia, por definición, por antonomasia; Pacheco “coge al toro por los cuernos” de la misma manera que aconsejaba Alejo Carpentier a los escritores serios que dialogan con el público serio: advirtiendo que lo maravilloso no se encuentra en ningún otro mundo sino precisamente en éste, que no acertamos a verlo porque no hemos acertado aún a nombrarlo ni a describirlo, y que por el nombre y la descripción de la novela habrá que comenzar a romper esa cadena de prejuicios, ya que en Las batallas en el desierto, Carlos, un niño de primaria, se desenvuelve en un ambiente urbano sofisticado en el que el núcleo de sus preocupaciones gira en torno a su afirmación como persona y a su autonomía como hombre; con una prosa ligera y muy digerible, Pacheco describe los problemas del gobierno de Miguel Alemán, la influencia de la cultura popular proveniente de EUA, así como la moral ambivalente del México de los años 40; porque no se necesita más para relatar una realidad animada, activa, en movimiento, o captar el desarrollo de una parábola prefijada de antemano, que la pluma de José Emilio Pacheco; los conflictos de sus escritos se los proponen los prejuicios morales y los dogmas sentimentales todavía vigentes en México.

Simpatía, esa característica distintiva de nuestros mexicanos universales como Sor Juana Inés, Alfonso Reyes o Paco Ignacio Taibo II; también se veía en el elocuente José Emilio Pacheco ese don que vuelve suave su ingenio, cálida su inteligencia, fecunda sus acciones. Simpatía, ese manto con que José Emilio Pacheco recubrió algo que quiere hacernos olvidar: su importancia. Descanse en paz el gran escritor.

Comentarios: oswaldordz2011@gmail.com

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Oswaldo Rodríguez García

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