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Londres después de medianoche

Riccioto Canudo, quien utilizó por primera vez el término de “séptimo arte” para definir al cine, publicó en  1911 el “Manifiesto de las siete artes” donde definió al cine como una “síntesis total”, es decir, que vio en él una capacidad de diversidad y amplitud tal, que logra integrar espacio, tiempo, imagen, palabra, realidad, ficción, conocimientos y sentimientos. Ahora, años después de la publicación de aquel ensayo, podríamos además agregar el sonido, y de este modo conjugar en el cine muchas otras artes como la música, la danza, el teatro y por qué no, la escultura y hasta la arquitectura. Es una manifestación total que nos logra exponer ficción y realidad de forma directa, y que con el paso del tiempo se ha vuelto sin duda una de las artes más populares.

Desde su surgimiento con los hermanos Lumière, y aquella primera proyección en la historia del cine, Salida de la fábrica Lumière en l985, en el Salon Indien del Grand Café, en el Boulevard des Capucines, en París, ha tenido seguidores y gente obsesionada con el tema. Algunos de ellos verdaderos cinéfilos que vieron en este invento “algo mejor que la vida”, pues abarca todas las posibilidades de la realidad, incluidas las rutas de la imaginación. Los sueños y las pesadillas. Los miedos, las alegrías, las dudas. Lo blanco y lo oscuro, así como todas las obsesiones.

Forrest J. Ackerman, que nació en 1916 y murió en el 2008 en los Ángeles, es sin duda un ejemplo de alguien que se vio influenciado por el cine de tal modo, que su vida giró en torno a esta “nueva” expresión artística. Fue actor, agente literario, y a él se le atribuye la creación del término sci-fi para la ciencia ficción. Fue, y es, una leyenda entre los círculos del género pues, además de haber sido fundador de la revista Famous Monsters of Filmland, era propietario de una extensa colección de objetos relacionados a películas de horror, fantasía y ciencia ficción. Fue sin duda un líder al respecto. Tenía libros, películas y objetos utilizados en filmaciones: El estegosaurio que apareció en la primera versión de King Kong, la capa que Bela Lugosi usó en Drácula en 1931, el traje que se utilizó en El monstruo de la laguna negra, máscaras de los alienígenas de La guerra de los mundos, el robot de Metrópolis -filme que dirigió Fritz Lang-, etc. Su colección ha sido la más importante en el género y aunque no fue tan conocido popularmente, ha influenciado irremediablemente el cine y la literatura. Tanto así, que ahora también él mismo es objeto de estudio, un referente, y hasta se ha convertido en personaje de ficción.

Esto sucede en la novela Londres después de medianoche, escrita por Augusto Cruz García-Mora (Tampico, 1971), donde Forrest J. Ackerman es uno de los ejes principales de la historia. Llevando el cine a diversas dimensiones de la realidad y la ficción, aparece este famoso portavoz, y promotor incondicional de la ciencia ficción, en los últimos días de su vida cuando ya es un anciano, enfermo y con principios de Alzheimer. Parece tenerlo todo entonces. Es reconocido, ha abierto las puertas de su fantástica colección al público en general durante muchos años, ha creado revistas y es toda una leyenda. Sin embargo, algo le falta. Tiene un gran deseo antes de morir. Quiere ver y tener en su poder una copia de la desaparecida película Londres después de medianoche dirigida por Tod Browning en 1927 y que protagonizó Lon Chaney. Encontrarla es algo que han intentado muchos, pero él, el más grande coleccionista del cine de horror, no se puede dar por vencido. Así que antes de perder la memoria por completo contrata a un agente Jubilado del FBI, Mc Kenzie, y le encomienda encontrar la película a como dé lugar.

“¿Nunca ha tenido la sensación, señor Mc Kenzie, de que su vida está incompleta, que hace falta un pequeño detalle, encontrar cierta información, un simple objeto para saber que puede irse con tranquilidad de este mundo?”

Para el ex agente este parece un gran reto. De niño fue fanático de los rompecabezas, aprendió a enfrentar el dolor desde muy pequeño y fue secretario de, nada más y nada menos, John Edgar Hoover quien -también en la vida real y en la ficción de García-Mora- fue el primer director de la Oficina Federal de Investigación (FBI). Mc Kenzie es sin duda la persona indicada para investigar si aún queda alguna copia del famoso filme;una de las tantas películas de la época del cine mudo que se perdieron para siempre. Pues hay que recordar, como bien lo aclara Ackerman en la novela, que “de todos los filmes realizados durante la época del cine mudo, menos del quince por ciento sobrevivió hasta nuestros días”. Todos los artistas famosos de entonces sufrieron pérdidas. Algunos de forma parcial y otros totales. El mismo Alfred Hitchcock, Stroheim, Griffith. Sin embargo, hubo cientos de películas que desaparecieron para siempre. Esta cinta por ejemplo, Londres después de medianoche, que en su momento costó 152 000 dólares y arrojó beneficios netos por 540 000, tuvo un destino fatal. Llena de supersticiones, que marcó en su destino hasta a los propios actores que participaron en ella, bajo una supuesta maldición -pues se dice que en ella actuaron vampiros reales-, esta película desapareció de todo rastro y desde entonces se ha convertido en una de las películas más buscadas de la historia. Es, dicen, el Santo Grial de los archivistas y coleccionistas de todo el mundo.

El último registro que se tiene de ella data de mediados 1950. Algunos historiadores del cine aseguraron haberla visto a principios de esa década, y un inventario de MGM de 1955 mostraba que el filme estaba en la bóveda Nº 7. Sin embargo, en los años 60 esa misma bóveda sufrió un incendio y supuestamente esta copia se habría destruido, ya que tiempo después, cuando todo el material con soporte de nitrato fue donado a la Eastman-Kodak, ni la copia ni el negativo aparecieron. Por otra parte, la película nunca fue vendida a distribuidores independientes, ni tampoco sus derechos, así que ninguna otra empresa hizo copias más que la propia MGM. ¿O será posible que alguien tenga alguna copia? Ackerman, en la novela, está seguro que sí. Le asegura a Mc Kenziehaber conocido, en l987, durante la ceremonia de los premios Ann Radclieffe de la Count Dracula Society -mientras cenaba con Robert Bloch, Vicent Price, Barbar Steel y Ray Bradbury- a un joven que aseguraba haber visto la película. Algo que cualquiera podría decir, claro, pero que Ackerman con algunos detalles comprobó que era verdad. Todo parece indicar, piensa, que hay copias de la película por ahí y que hasta se hacen proyecciones clandestinas de ella.

El muchacho aquel podría haber sido el final de la larga búsqueda que el coleccionista había estado haciendo durante años, sin embargo, el chico desaparece esa misma noche sin dejar un solo rastro.

“Tengo la certeza, enfatizó Ackerman, que ese joven no mentía, y a medida que la conversación avanzaba cayó en la cuenta de su imprudencia, tras lo cual prefirió escapar”.

Mc Kenzie comienza entonces su búsqueda. Se introduce en el misterio del filme y de todo lo que lo rodea. Tanto así, que él mismo se vuelve, poco a poco, parte de ese vacío y se adentra en un laberinto o en un rompecabezas donde parece imposible encontrar la última pieza.

Su primera visita la realiza a Philip J. Riley quien -en la vida real y también en la ficción- es  “reconocido a nivel mundial no sólo como uno de los principales arqueólogos de filmes perdidos, sino como una autoridad en cine de ciencia ficción y fantasía”. Él podría darle pistas; no obstante, tras su reunión quedan más huecos en el misterioso destino de la cinta. Lo que estaba construido se desmorona, surge un muro -como a tantos que habrá de enfrentarse- y comienza una ruta de investigación que lo llevará a caminos más profundos y estrechos. Se introduce en las sombras de una maldición, de una persecución donde, al parecer, no es el único que está explorando. Una copia del filme podría estar en cualquier parte del mundo. Eso descubre cuando revisa  los registros de MGM, y se da cuenta que hay dos copias que se enviaron al extranjero y que jamás fueron devueltas. Una a Argentina y otra a México. ¿Cuál fue el destino real de esas copias?

Su rastreo lo lleva a buscar a Edna Tichenor -quien interpreta a Luna en la película Londres después de medianoche-, mientras, paralelamente, sus contactos en el FBI lo ponen en contacto con un hombre que se vuelve también una pieza clave en la historia, Kandisky. El agente Mc Kenzie comienza a navegar entre los ejes del destino, rescata de la sombra a personas, personajes y familias enteras. La copia del filme parece estar en todos lados y en ninguno, porque ahí todo resulta un espejismo; una delirante pesadilla.

Augusto Cruz García-Mora, que conjuga en esta novela dos de sus pasiones, la novela policíaca y el cine, logra realizar una inquietante historia de misterio jugando con elementos reales y de su propia imaginación. Nos lleva a recorrer junto al ex agente del FBI sus turbadoras investigaciones en los límites del delirio, de la ambición, de la lucha de poder y una búsqueda que se extiende desde Los Ángeles de los años 20 hasta México y Edward James, reconocido entre otras cosas por la construcción de un castillo surrealista en Xilitla, San Luis Potosí. Un libro para fanáticos del cine, de los libros de detectives, pero también para aquellos que somos gustosos de lo extraño, de la ciencia ficción y de lo fantástico. Es una novela que explora las diversas dimensiones del séptimo arte y nos lleva por diversas partes del mundo y de la historia de la cinematografía.

Londres después de medianoche es la primera novela de Augusto Cruz García-Mora y está publicada por Editorial Océano en su colección La puerta negra, editada por Martín Solares.

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Jonathan Minila

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