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A cuatro años. Las mujeres del alba, de Carlos Montemayor

La madrugada del 23 de septiembre de 1965, en Madera, Chihuahua, poco más de una docena de hombres, entre ellos campesinos, estudiantes, maestros, padres de familia, así como líderes agrarios, intentaron tomar por asalto el cuartel del ejército en esa ciudad del norte del país. A esta primera acción de insurrección -que Carlos Montemayor definiría como la primera de las guerrillas contemporáneas en México- se sumaron miembros de la sociedad hartos de no ser escuchados ante sus peticiones agrarias, con las que en realidad sólo buscaban una forma digna de trabajar, aunque desde luego también iban implícitas convicciones para construir un nuevo país, con un régimen político distinto, más justo.

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Durante su gestión como presidente, Lázaro Cárdenas llevó a cabo la Reforma Agraria en la que repartió unas 18 millones de hectáreas a los campesinos, a la comunidades y a los ejidos. Con esto se buscaba aumentar la cantidad de tierras fuera de la propiedad privada, además de satisfacer una de las demandas populares manifestadas en la constitución de 1917 y contribuir en la formación de unidades productivas. Estas tierras se entregaban para que fueran aprovechadas de la manera que a los campesinos les pareciera mejor. Sin embargo, durante el siguiente período de gobierno el reparto agrario fue frenado; se llevó a cabo una “contrarreforma” agraria, despojando nuevamente de las tierras recién obtenidas a algunos ejidos debido a la demanda de los latifundistas. Fue entonces que se llegó a un acuerdo con empresarios del país. Durante 25 años gozarían de inafectibilidad las tierras que superaran la extensión que se indicaba en la constitución. Al pasar este tiempo, los propietarios tendrían el derecho a elegir una porción de la propiedad y el resto correspondería a la distribución agraria.

Cuando estaba por cumplirse el tiempo acordado, alrededor de 1963, los campesinos comenzaron a organizarse para que se les tomara en cuenta en la repartición de las tierras. Es ahí donde empiezan a enredarse las raíces de un conflicto que ya se veía venir. Los latifundistas crearon propiedades ficticias, registradas con más antigüedad, para ampararse, mientras los campesinos  -para los que no pasó desapercibida esta situación- empezaron a invadir las tierras, dispuestos a luchar por ellas.

Esta situación da origen a la invasión del grupo guerrillero revolucionario -dirigido por  Arturo Gámiz García y Pablo Gómez Ramírez-  al cuartel del ejército mexicano de la cuidad de Madera. Sin embargo, nada resulta como se esperaba. Junto a ellos dos fueron acribillados otros seis revolucionarios entre los que se encontraban estudiantes, profesores y campesinos. El plan, que originalmente consistía en realizar un asalto relámpago al cuartel, hacerse de armamento, tomar la población, expropiar las arcas del banco local y emitir un mensaje revolucionario a través de la radio, terminó en fracaso, sangre y represión.

Este suceso histórico -como muchos otros- interesó particularmente a Carlos Montemayor, quien desde muy joven presenció en su tierra natal, Chihuahua, la fuerza de un movimiento campesino que se extendía por todo el estado y que abarcó algunas zonas de Durango y Sonora. Movilizaciones que poco a poco, como una gran sombra, fueron creando un clima de tensión social que culminaría con un primer movimiento guerrillero en México al que se sentiría ligado pues, como él mismo declaró, varios amigos suyos estuvieron involucrados en estos hechos. En una entrevista publicada por Mónica Mateos-Vega en La Jornada, el primero de marzo del 2010, un día después de su fallecimiento, se lee: “Cuando me fui a estudiar a la Universidad de Chihuahua, entré en contacto con los cuadros políticos y frentes campesinos que me permitieron conocer más de cerca este proceso social. En esa época varios amigos míos, muy jóvenes, se radicalizaron y tomaron las armas. Ellos constituyeron el primer movimiento guerrillero en México después de la revolución cubana. Desarrollaron varias acciones…” Entre ellas, desde luego, la más notable de todas ocurrida el 23 de septiembre 1965 y que narra -basando su contenido histórico en los testimonios de los sobrevivientes- en Las armas del alba (Planeta/Joaquín Mortiz, 2003) novela que  da pie a La fuga y más adelante a Las mujeres del alba.

“¿Cuándo se enteró del ataque al cuartel?”, le pregunta Miguel Bonasso a Carlos Montemayor en una entrevista publicada en el periódico de Buenos Aires Página 12, el 26 de octubre de 2003. Él responde: “Me enteré aquí, en un periódico mural de la Universidad. Y me sorprendió mucho, porque eran mis amigos. Me sorprendió esa decisión que habían tomado vaya a saber cuántos meses atrás. Me sorprendió su radicalización y la decisión de alzarse en armas, pero lo que más me sorprendió es que el periódico los tratara de ‘criminales’, ‘roba vacas’, ‘gatilleros’. Yo los conocía, a mí me constaba su dignidad, su honestidad, su generosidad, su inteligencia. Y la posibilidad de que la versión oficial fuera a desvirtuar de un brochazo la verdad humana, me conmocionó y me marcó para siempre. Toda mi tarea como investigador, como profesor cuando lo he sido, como escritor, como novelista, se deriva de esa necesidad de ir deslindando las verdades oficiales de las verdades humanas. Como ve, cuando decido escribir Las armas del alba había muchas cosas acumuladas a lo largo de los años que yo quería soltar y el tema estaba demasiado cercano”.

En Las mujeres del alba, novela que se publicó de forma póstuma en agosto del 2010, Carlos Montemayor retoma este tema desde una perspectiva diferente: desde la visión de las mujeres. Durante la presentación de Las armas del alba en Chihuahua el 23 de septiembre del 2003 -donde estuvo acompañado por algunos de los sobrevivientes que se reunían por primera vez después de muchos años, entre ellos: Salvador Gaytán, Saúl Ornelas, Paco Ornelas, Florencio Lugo, Juan Matías Fernández, Álvaro Ríos y Ramón Mendoza- recibió la observación de la profesora Alma Gómez de que en su novela no existía la presencia de las mujeres; que sólo había tomado en cuenta el testimonio de los hombres “y no el de esas abuelas, madres, hijas y tías que vivieron de cerca esa historia y la padecieron”, Carlos Montemayor entonces hizo la promesa de que escribiría una novela desde la visión de ellas, pues “admiraba su capacidad de amor, trabajo, entrega, compañerismo y solidaridad”.

Considerada por él mismo como su mejor novela, dedicó los últimos meses de su vida a escribir esta impactante obra coral donde las mujeres son las principales protagonistas. En Las mujeres en el alba, dieciséis mujeres, todas ellas familiares de los caídos de aquel 23 de septiembre de 1965, o muy directamente conectadas con los hechos históricos acontecidos ese día, son la ventana a través de la cual el lector es testigo del dolor, del miedo, de la pérdida. Carlos Montemayor da voz a Herculana, Monserrat la madre, Albertina, Monserrat la hija, Estela la esposa, Carmen, Lupe, Esperanza, Alma la madre, Alma la hija, Paquita, Irene, Estela la hermana, Águeda, Nohemí, Bertha; madres, hijas, esposas, hermanas, amigas de aquellos hombres que se unieron a una lucha social. Duelo,  esperanza, fuerza para afrontar la muerte de sus esposos, hijos, hermanos.  Pero también el orgullo para seguir luchando y jamás perder la esperanza. El pilar.

“Son ellos”, dice Montserrat la madre, en la primera frase del libro, al escuchar los primeros disparos, Ellos, ellos… allá, entre tiroteos y explosiones. Mientras ella ahí, en la oscuridad, comienza a introducirse al mundo de incertidumbre, de angustia. Pero debe ser fuerte, por ella, por sus hijos. Llevarlos a casa de Albertina, su cuñada, tal como le dijo que hiciera Salvador (Gaytán),  su marido, que también está allá, peleando.

“Van a matar a mi hermano Salomón. ¿No oyes los disparos?”, dice Albertina a su hija. Mientras piensa también en su otro hermano, Salvador, y en sus hijos, Juan Antonio y Lupito.

“Ya pasó lo que iba a pasar”, escucha Monserrat la hija, que le dice su madre. Entonces huyen, se esconden, pero ¿cómo alejarse de esa sensación, de esa lucha? En la radio escucha las noticias, y en la primera de ellas oye aquello que era lo que más temía: se confirma que su padre, Salvador Gaytán, ha muerto. O quizá no. Todo es incertidumbre, confusión, presentimiento. El asalto al cuartel ha sido salido mal y las mujeres, con esa sensibilidad, con ese respaldo, con esa responsabilidad ante la vida de que deben ser fuertes, esperar, soportar la angustia, guiar y enfrentarse a una nueva lucha, a esa por recuperar a sus muertos, por encontrar a sus hermanos, a sus hijos, a sus esposos. ¿Dónde están? ¿Están entre los desaparecidos? Hay que esperar noticias todos los días. Escuchar nombres y descripciones para ver si están ahí, mientras por dentro sus cuerpos se llenan de lágrimas, de angustia, de preguntas. Construyendo su fuerza: “Vengo por mi hermano”, dice Albertina, con decisión, frente a esos monstruos sin rostro, sin expresión. Esos soldados que no entienden. “¿Qué quiere usted?” “Vengo a recoger el cuerpo de mi hermano” “¿Quién es su hermano? Es uno de los hombres que ustedes mataron […] ¿Por qué quieren ustedes su cadáver? No lo necesitan. Yo sí”.

Sin duda Carlos Montemayor es (así, en presente) uno de esos escritores preocupados por la causas sociales, por acercarse a sus lectores, por partir de lo simple, que es la observación de su entorno, la comprensión de él, para manifestarlo, exponerlo y preservar la memoria siempre tan frágil. Narrador, poeta, traductor, ensayista y novelista, nacido el 13 de junio de 1947 en Parral, Chihuahua. Tenor, defensor de los pueblos indígenas y activista social. Preocupado siempre por México, por su gente. Considerado por el historiador Miguel León-Portilla como “un crítico severo de la realidad que analizó la problemática social del país con agudeza y profundidad, pero también un hombre comprometido con su tiempo, los indígenas, sus causas y su lengua”. Un gran mexicano, como él mismo dice. De esos que ahora, en estos momentos que vive el país, tanta falta nos hacen.

Carlos Montemayor falleció el 28 de febrero de 2010. En 1971 recibió el Premio Xavier Villaurrutia por Las llaves de Urgel. Dejó un legado de ocho libros de poesía, cinco libros de relatos, siete libros de ensayos y siete novelas, entre ellas Las mujeres del alba, la última que escribió. También dejó traducciones, libretos, música, pero sobre todo sentido de la conciencia, de la responsabilidad, de la sencillez y de la humanidad.

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Jonathan Minila

Jonathan Minila

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