Clasificación A (primera parte) / País de maravillas - LJA Aguascalientes
30/06/2022

De niña me encantaban las tiras cómicas. Mi favorita era Garfield pero en segundo lugar estaba Mafalda. Creo que estaba en segundo y no en primer lugar por dos razones básicas: primera, que no le gustaba la sopa (de la que yo soy entusiasta declarada desde siempre) y segunda, que no siempre me hacía reír. Mejor dicho: no siempre le entendía. Había tiras en las que me quedaba pensando, pensando, tratando de explicarme cuál era el punchline y a veces lo conseguía de formas muy extrañas. Supongo que no está mal del todo, porque me forjé un sentido del humor muy particular; pero cuando he revisitado los libritos de Mafalda me sonrojo un poco al entender ahora sí ciertas historias y compararlas con la explicación que yo les había dado. Pobre de la gente a mi alrededor, pienso ahora, recordando mi enojo cuando no entendían mis chistes. En todo caso, la pregunta que hoy me hago es ¿por qué me gustaba tanto Mafalda si no le entendía? Creo que hay varias razones. Primero que nada, Mafalda me gustaba porque me identificaba con ella: era una niña, como yo; hermana mayor, igual que yo; un poco contestona y medio intolerante… sí, como yo. Me gustaba que el ajedrez no fuera lo suyo (le encanta a mi papá y a mi hermano, pero no es lo mío) y que Los Beatles sí. Yo hubiera querido, ay, que me dejara de gustar la sopa o que ella le viera sus ventajas, pero no hubo modo: tuve que aprender a vivir con esa diferencia entre mi role model y yo. Porque eso sí: Mafalda era mi role model. Había cosas que no le entendía, como ya dije, pero eso no me detenía de imitarla y, aún sin entender las razones, comprobar la eficacia de sus respuestas. Por ejemplo, recuerdo claramente el día que pude usar una de sus frases en mi vida: la jefa de mi mamá me preguntó “¿Vas a la escuela?” y yo le contesté mafaldísticamente: “Sí. ¿Y usted paga sus impuestos?”. Funcionó maravillosamente: mi mamá se ruborizó, pero todo mundo se carcajeó y ella, mi mamá, se puso a contarle a todo mundo la anécdota. Cada que la contaba enfrente de mí yo añadía: “pero no fue idea mía, mamá. Fue de Mafalda”. Porque plagiaria no he sido nunca, eso sí: creo en citar las fuentes. En todo caso, el punto es que yo no entendía qué eran exactamente los impuestos o la desigualdad social o por qué “zanahoria” es un insulto, pero me aprendía las respuestas de Mafalda, las usaba y me daban muy buen resultado con los adultos (con los niños, no). A veces, muy de vez en cuando, le pedía a mis papás que me explicaran alguna cosa que de plano escapaba a mis intentos de cosmogonía mafaldesca, y creo que los ponía en serios aprietos. Ahora, cuando releo las tiras de Mafalda les entiendo mucho mejor, pero siento que se perdió la magia de entonces: el misterio de lo que se entiende a medias y a lo que uno le busca incesantemente el resto de significado.

Ah, pero tengo otra historia: a eso de los diez años vi por primera vez Fritz el gato, una película porno en dibujos animados. Llegó a mis manos precisamente por ser dibujos animados: algún adulto distraído pensó que todo lo que está en “monitos” es apto para niños. Y se equivocó. También pasó con La laguna azul, película que un primo mayor nos puso a ver a mi hermano, mi primo Marco y yo cuando teníamos unos 6, 10 y 9 años respectivamente. El pobre primo mayor se pasó la mitad del tiempo apretando el botón del fast forward y hablando de tonterías para tratar de distraernos de la pantalla cuando se dio cuenta de que la historia no trataba de dos niños náufragos y sus divertidas aventuras. Curiosamente, una de las partes a las que no le adelantó porque, supongo, no le pareció tan fuerte como Brooke Shields con las chichis al aire, se convirtió en una pesadilla recurrente para mí: es la parte donde los niños encuentran el cadáver del viejo marinero que los cuida y, de la nariz o la oreja o el ojo, a éste le sale un cangrejito. Brrr.

En todo caso, a mí me quedan un montón de preguntas: ¿Basta con que un libro o una película tenga de protagonistas a niños para que podamos afirmar categóricamente que es “para niños”? ¿Es suficiente que un libro o serie o película tenga “monitos” para asegurar que su contenido es apto para niños?

Dado que para intentar responder eso tendría que escribir al menos otra nota tan larga como ésta, haré justamente eso. Continuaré la próxima semana.

Encuentras a Raquel en twitter: @raxxie_ y en su sitio web: www.raxxie.com


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