San Valentín o la Pandora de chocolate / Minutas de la sal - LJA Aguascalientes
03/10/2022

Esta entrega es la número catorce, y estamos a unos días del 14 de febrero. Todos sabemos que ese día se celebran el amor y la amistad. Para muchos la festividad sólo es una muestra más de nuestra sociedad consumista, pero lo cierto es que la celebración tiene su explicación hagiográfica y pagana. Por un lado, se hace referencia a San Valentín, quien casaba jóvenes romanos en contra del edicto del emperador Claudio que enaltecía la soltería como vía para alistar jóvenes a las legiones. Por su rebeldía, Valentín terminó encarcelado y ajusticiado. Se dice que se enamoró de la hija ciega del carcelero quien recobró la vista por el santo enamoramiento. San Valentín, antes de ser ejecutado, le mandó una última carta firmada, obvio, “Tu Valentín”. Esto explica el origen de los valentines, más conocidos aquí como tarjetas amorosas. Toda esta santidad sirvió, una vez más, para erradicar una festividad pagana, Lupercalia, realizada en pro de la fertilidad de las jóvenes y el emparejamiento práctico.

En el transcurso de la historia, los enamorados se han mandado correspondencia y se han enviado regalos y preseas como demostración de su afecto. Pero una en particular es la que más me fascina, sí, porque soy golosa: es la caja de chocolates, la cual resulta ya un icono de esta festividad.

Desde niña me han gustado la cajas de chocolates, sobre todo las de metal. Tengo recuerdos de varias en las que el ritual siempre era el mismo: admirar sus colores, arrancar el celofán y quitar la tapa con cuidado para descubrir la variedad de bombones: unos desnudos, otros envueltos en papeles metálicos, de leche, blancos o amargos, con garabatos o sin ellos, cuadrados, abombados, alargados. Hoy es más usual que dichas cajas tengan impresa una guía de sabores. Me gusta imaginar que alguien certificó que resultaba usual, y mala costumbre, el morder el chocolate elegido sólo para devolverlo a la caja tras descubrir que el sabor a licor o la amargura del relleno no era de nuestro agrado. Al final, la caja contenía piezas mancilladas. Ahora la guía orienta nuestros gustos y evita esos sabores que todavía nos causan disgusto o que la adultez no terminó por comprender. Creo que esto último es lo más parecido al amor.

Se dice que Richard Cadbury fue el primero en diseñar una caja de chocolates para San Valentín en 1868, aunque lo cierto es que los empaques de chocolates ya eran vistosos pues se trataba de un artículo de lujo. No es de extrañar si observamos la tradición y el primor de las cajas victorianas.

La caja se emplea como empaque y puede fabricarse con variedad de materiales. Cumple su función de preservar, contener, transportar, informar, expresar, impactar y proteger. Al hablar de cajas siempre aparece Pandora, aunque si nos apegamos al dato histórico la caja era un ánfora. Pero sigamos con la caja como símbolo de lo que no se debe abrir: según el mito, Pandora abrió la caja y liberó las desdichas y las enfermedades. Lo único que quedó al fondo, al ser sellada de nueva cuenta, fue la esperanza. Aquello que quedó apresado tiene un paralelismo con nuestro inconsciente y nuestros deseos.

Me parece que una caja de chocolates es un buen icono del amor. El amor se gesta en el inconsciente, oculto, conlleva todos los deseos y tiene siempre hambre de ser materializado. El amor es lo más parecido a un fantasma. Bien mirado, y evocando la caja de Pandora, una caja de chocolates guarda la esperanza de poder materializar ese amor. Unos dirán que es una bonita metáfora, otros argumentarán que mucho de esto tiene que ver con los efectos químicos del chocolate.

Dice la ciencia que el chocolate nos da placer y nos alegra por sus sustancias químicas. El cacao, ingrediente base del chocolate, contiene teobromina y cafeína, las cuales son estimulantes. Nos provee de feniletilamina, justamente el químico que el cerebro libera cuando uno se enamora. También está la anandamida, la cual ayuda al cerebro a transmitir las sensaciones de felicidad. Al consumir chocolates, nuestro cuerpo libera serotonina y endorfinas, lo que nos proporciona no sólo energía sino que estabiliza el humor. Comer chocolates, en definitiva, es lo más parecido al amor. Pero, como el amor, también tiene su lado oscuro: el abuso, de chocolate y amor, puede llevarnos a la autodestrucción (obsesión, celos, obesidad, migraña y diabetes incluídos).

Pero quedémonos con la esperanza al fondo de la caja: me gusta más pensar que cada vez que abrimos una caja de chocolates en verdad abrimos la caja que abandonó Pandora. Que con cada bombón, sólo por un momento, mientras se derrite en la lengua e invade el paladar, el mundo parece un lugar mejor. Lo dicho, creo que esto último es lo más parecido al amor.



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