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Sobre La palabra fragante. Cantos chamánicos tzeltales

  • Un libro que nos acerca a la magia de la palabra y a su aroma purificador
  • A través de los cantos los rezadores dialogan con las deidades, las palabras sagradas pueden curar

 

 

Desde pequeño tenía conciencia de la fuerza de las palabras. Me preguntaba qué eran, qué las formaba, por qué las entendía; quién las había inventado. De un momento a otro, sin saber exacto cuál, el lenguaje estaba ya en mi poder y yo en el suyo; lo necesitaba para comunicarme y hacerme entender. ¿Qué es realmente eso que me permite emitir un mensaje? Fragmento de sonidos, de formas, de códigos. Repetía las palabras hasta “desarmarlas”, fragmentarlas y me divertía mientras las veía perder su significado y volverse una masa incomprensible; casi nada.

Cuando aprendí a leer, miraba fijamente un texto intentado encontrar el secreto e imaginaba todo lo que existía detrás. ¿Quién lo había escrito? ¿Cómo? ¿En qué momento? Creía que cuando cerrabas los libros las letras tomaban vida, cambiaban de lugar y al día siguiente encontraría otro texto completamente diferente, y así, cada día uno nuevo. Los libros eran lo más cercano a la eternidad, al infinito. Me obsesionaban las palabras, las letras, sus formas y sus sonidos. Me parecía un acto de magia. Ahora mismo, por ejemplo, reviso estas líneas que he escrito, hasta aquí, y me impresiona que estas pequeñas formas comuniquen algo, se formen, den un mensaje, tomen voz en la mente del lector y se descodifiquen llevando mis pensamientos a otro lado. Luego vienen otras (estas) y seguirán más y más (estas y otras), y eso me permitirá seguir compartiendo algo, una idea. Es mostrar una ruta, un camino; entrar en el otro, en su cabeza, en su cuerpo. Es el poder del lenguaje.

Se dice que las palabras pueden cambiar la suerte del instante, la percepción de la realidad. Pueden ser utilizadas como armas, o como seda. Pueden construir, destruir… Son el arma para influir y penetrar en el subconsciente. Todo eso se sabe. Se ha hablado mucho de su influencia en las emociones y del vínculo que nos ayudan a formar con los demás, bueno o malo. ¿Pero hasta donde llega su verdadero poder?

Para los Tzeltales, por ejemplo, -aquel grupo étnico, de origen maya, ubicado en Los Altos, Chiapas, México- la fuerza de la palabra es absoluta.

En su libro más reciente, La palabra fragante. Cantos Chamánicos tzeltales (Artes de México / CONACULTA 2013), Pedro Pitarch explora a profundidad esta idea. Se dio a la tarea de analizar el poder de la palabra desde su aspecto curativo, específicamente en esta etnia asentada en los valles de San Juan Cancuc. Durante 14 años, este catedrático de antropología por la Universidad Complutense de Madrid, reunió cantos utilizados por los curanderos tzeltales durante sus ritos de sanación. De 1990 a 2004 recopiló algunos de ellos, que son utilizados para tratar las diversas enfermedades o situaciones del ser que en esa región son consideradas peligrosas: la locura, el mal del jaguar, el rencor de las almas muertas, los accidentes del alma, etc. ¿Cómo el vínculo con lo que nos parece intangible puede influir en nuestro cuerpo? ¿Cómo es que la palabra puede servir como una herramienta curativa como si se tratara de una medicina?

Para los Tzeltales las palabras provienen de lo sagrado, de aquello que se encuentra en un estado distinto de la existencia humana, del corazón. Surgen de aquello que en su lengua denominan Ch’ul y que representa un estado diferente del tiempo, del ser, donde se integran nuestras almas; el “otro lado”. Por lo tanto su lectura es diferente. Los textos se sienten, se repiten, se cantan.

Los cantos, dice Pedro Pitarch, pertenecen a un estado especial del lenguaje. Forman parte de las “palabras antiguas”, que es uno de los dos géneros -el otro son las “palabras nuevas”- en que los Tzeltales dividen su lengua, y que se caracterizan por no proceder “del mundo ordinario en el que se desenvuelven los humanos, sino del ámbito de lo sagrado”, de lo Ch’ul. Ese espacio, “otro lado”, donde se encuentran las almas, los espíritus.

En la introducción a este ilustrativo libro, que contiene también fotografías de José Ángel Rodríguez, Pedro Pitarch dice lo siguiente: “Estos cantos deben navegar, sin embargo, en un mundo sin tiempo ni espacio en el cual los itinerarios se encuentran balizados por datos sensibles como intensidad y dirección de los movimientos, la temperatura, los colores, la luminosidad… El contenido de los textos refleja tanto estos campos semióticos como la continua oscilación a la que están sometidos estos datos. En cierto modo, tomados en su conjunto, los cantos chamánicos dibujan un cosmograma que hace posible orientarse en el otro lado”. Rescatar palabras de lo más profundo a través de una comunicación con las almas.

¿Pero cómo llegan estos cantos a los oradores, a los chamanes? Es a través de los sueños. Aquellos que son elegidos para explorar ese otro lado, para curar, reciben el mensaje desde muy jóvenes a través de espíritus que los visitan en sus sueños, y que pueden presentarse de diferentes formas. “Lo más común es que se trate de seres antropomorfos de aspecto europeo, tez pálida y cabello y barba canosos, pero también pueden aparecerse como jaguares y otros animales”. Ellos les entregan el “libro” que contiene los cantos para los que ellos han sido elegidos, y que llevarán por siempre consigo.

Los chamanes, entonces, no conocerán otros cantos que no sean los que le fueron entregados. Algunas veces sus rezos pueden parecerse a los cantos de otro chamán pero eso es pura coincidencia. Los cantos son únicos. Dice Pitarch: “De ahí que, por más que el etnógrafo haga notar al chamán que canta con el mismo estilo y las mismas palabras que, pongamos por caso, su abuela, éste insistirá -una vez más- en que esto es una simple casualidad o un juego de los espíritus, pues los cantos no se pueden aprender, sólo se sueña”.  Aunque, también, por otro lado, la misión, la responsabilidad no es fácil y no todos deciden aceptar su condición de rezadores y deciden rechazar ese “libro”. Pero esto resulta muy peligroso, pues no aceptar lo que les ha sido dado puede provocar la enfermedad o la muerte.

Palabras mágicas, curativas. A través de los cantos los rezadores dialogan con las deidades y se encuentran con almas y espíritus en un espacio donde sólo las palabras sagradas pueden curar. Son un camino de ritmo y melodía que los guía a una geografía interna. El chamán va orientando la percepción del enfermo hacia diferentes territorios dependiendo de lo que se quiere trabajar. Los cantos pueden servir para tratar cosas tan comunes como la melancolía, la tristeza, el enojo y el miedo. Aunque también para cosas más serias o peligrosas, como las enfermedades del alma y el cuerpo.

Pedro Pitarch reúne en  La palabra fragante. Cantos Chamánicos tzeltales seis cantos que pertenecen a los dos principales géneros curativos. Los Poxil, que se utilizan para curar las enfermedades de los cuerpos que han sido invadidos por palabras maléficas enviadas por los espíritus, y los ch’abatayel que son aquellos con los que se dialoga directamente con las deidades que han causado la enfermedad a razón de su ira o de su rencor contra los seres humanos. No se trata en este caso de expulsar palabras intrusas, sino de convencer a las palabras para que abandonen el cuerpo.

Por otro lado también están aquellos cantos utilizados para recuperar las almas que han sido secuestradas por los espíritus. En este caso la finalidad es devolverlas al cuerpo del enfermo y a través de las “rezos”  entrar en una negociación con los espíritus para su rescate a cambio de “sustancias como el aguardiente, tabaco, incienso y, sobre todo, los cantos mismos”.

El primer canto incluido en el libro es aquel con el que se trata la locura, una enfermedad que los Tzeltales llaman ak’rawena, y que en su concepción significa “rabia enviada” o “desintegración de la cabeza”. Este mal se da cuando un alma, o una serie diversa de deidades, han enviado al cuerpo de una persona una serie de palabras que se introducen por sus articulaciones, recorren su cuerpo y se instalan en su cabeza. El chamán debe entonces extraerlas invocando a diversos personajes y palabras sagradas.

 

El segundo canto, está dedicado a corregir el mal que acosa a una mujer que no puede dar a luz. Nacimiento (poxil alajel). En este caso el mal es causado por “un tipo de espíritu muy agresivo que desea la muerte de la parturienta para devorar una de sus almas” y se debe de enfrentar a través del feto, como “actor” principal del canto.

 

Jaguar (choj) es el nombre del tercer canto que se presenta. Este canto, que fue pronunciado por don Extavia P’in en julio de 1990 durante una verdadera sesión de sanación, es una intervención contra una enfermedad muy agresiva. El mal del jaguar que afecta todo el cuerpo, así como el del animal del que se toma su nombre está invadido por manchas que, en este caso, representan el mundo de la muerte. Se dice, por lo tanto, que en esta enfermedad la muerte está apoderándose del cuerpo. Así pues, esta es una enorme batalla para el chamán que peleará hasta intentar amansar al felino.

Los seis cantos que presenta Pitarch -entre los que están también El rencor a las almas muertas (slab yo’tan ch’ulelal), En el cascabel de la serpiente (chukel ta nej ajawchan) y Cárcel fría (sikil chukel)- fueron recopilados y seleccionados por él mismo durante sesiones reales de curación (algunos) y otros como Nacimiento que fue cantado para que él lo grabara. Las transcripciones son de Miguel Gómez Gómez Marian Santis Terat y el propio Pedro Pitarch.

Sobre los rezadores, se les podría considerar como los autores de los cantos; sin embargo, ellos mismos se asumen como sólo unos transmisores, unos “depositarios provisionales” de las palabras sagradas, mientras están con vida; pues al morir, el libro de su corazón -que les fue entregado para sanar- será restituido a los espíritus que se los prestaron.

Sin duda La palabra fragante. Cantos chamánicos tzeltales es un libro que nos acerca a la magia de la palabra y a su aroma purificador.

 

 Foto: Archivo LJA

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Jonathan Minila

Jonathan Minila

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