Ucrania, Venezuela, Michoacán, ritos de la violencia – LJA Aguascalientes
15/08/2020


Ojo por ojo y todo mundo acabará ciego

Mahatma Gandhi

La violencia genera más violencia, decía un profesor en la escuela. La violencia se engendra en los genes, decía otro en la universidad. Para mí, la violencia es el fracaso social más importante de la historia.

Se supone que todos somos violentos en algún momento de la vida. “A los niños hay que ponerles una nalgada a tiempo”; “los circos con animales hacen que las personas se sientan supremas” (eso dijeron o algo parecido algunos por la iniciativa que citamos la semana pasada sobre la prohibición de circos con animales). En fin, la violencia está presente hasta en los partos que generan la vida. La naturaleza se vuelca violentamente para arrancar de la tierra las casas y todo lo que quiere a su paso, ante un inminente terremoto o un huracán. Una cachetada trapera cuando un hombre hace llorar a una mujer que, primero de tristeza y luego de furia, se defiende ante la injusticia del amor noviero. La violencia es un proceso que no podemos negar.



La violencia además tiene muchos usos: sobrevivir, controlar a otros, sublevarse ante la dominación o la injusticia, para descargar las personales frustraciones, y un largo etcétera. Hay una ciencia derivada de la sicología, llamada etología, misma que se encarga de estudiar los fenómenos de animales y humanos en contextos naturales. Asimismo, quienes a ello se dedican, afirman que ciertas violencias animales y humanas están ligadas a la supervivencia, a un contexto más determinístico del propio ser y su individualismo o a la protección de lo que le es querido. Así, ante el ataque inminente de los humanos a ciertos animales para cacería o eliminación, los animales se defienden.

Darwin afirma en su teoría sobre el origen de las especies, que la naturaleza animal es lucha. Y que a través de ésta sobrevivirán los mejores y morirán los no aptos. Se llama evolución, y se supone cierta. Y le digo esto, porque si se supone que entonces todos somos violentos, estamos condenados. Estamos malditos por una profecía prescrita que de todos modos -al estilo sartriano- seremos víctimas de la violencia.

Ucrania. Con una población cercana a los 50 millones de habitantes, el país europeo se encuentra en una de sus peores crisis. Derivado de asuntos de poder -como lo reflejan la mayoría de los expertos-, el conflicto ucraniano se remite a noviembre de 2013 cuando el presidente Viktor Yanukovich negó la posibilidad de un pacto comercial ampliado con la Unión Europea, y por su parte en diciembre del mismo año, hubo un acuerdo no escrito en algunos temas económicos como la venta de gas y la compra de bonos a los ucranianos por parte de Rusia, quien se supone el gran villano de la película.

Hasta hoy, el saldo es de más de 40 muertos y cientos de heridos. Una oposición se ha puesto por objetivo hacer frente al gobierno saliendo y sacando a la gente a las calles para protestar. El pasado 18 de febrero la crisis llegó a su clímax cuando los opositores se reunieron con el gobierno para intentar una tregua, que evidentemente falló.

Venezuela. A la muerte de Hugo Chávez, quien somatizó su dictadura y se volviera en su contra a través de su propio cuerpo, hubo elecciones. Un líder de nombre Henrique Capriles, entonces gobernador del estado de Miranda, compitió contra el sucesor chavista Nicolás Maduro. Con menos de 300 mil votos Maduro obtuvo la victoria y desde entonces Capriles y la oposición se dedicaron a marcar una serie de irregularidades y perversiones del poder a manos de Maduro para ejercer un poder absolutista. Ejemplo de ello, que el presidente pudiera legislar al margen de la Asamblea Nacional su máximo órgano legislativo. Con ello se dispuso -como es costumbre en los gobiernos de tinte socialista- a lograr diversos controles entre los cuales se encuentran por supuesto los de materia económica -como puede usted ver, otra vez “la violencia por el dinero”- con lo que se ganó duras críticas tanto en su país como en otros. De todos modos, el meollo del conflicto fue por una marcha de jóvenes que se hallaban precisamente celebrando el Día de la juventud(a poco no le recuerda unos jóvenes protestando por un pleito en la ciudadela allá por el 68). Súmele que en esa misma manifestación aparentemente pacífica, coincidieron los opositores de Maduro, quienes reprochaban la situación económica, social y política del país (súmele que en un momento crítico asesinaron a una miss Venezuela para asaltarla), ya no se diga que el hoy presidente andaba “tuiteando” con pajaritos que le afirmaban que el ganaría y un sinfín de cosas. Resulta pues que en esa manifestación hubo violencia, heridos y muertos. El conflicto parece agudizarse para mal de los hermanos de aquel país.

Michoacán. El vecino estado se nos salió de las manos. La violencia estructural provocada por la desigualdad social, y el crimen organizado quien perpetró hasta las más hondas raíces de muchos municipios, provocó una consentida relación entre criminales y civiles, que acabó por descontrolarse, llevando todo a la creación de “autodefensas”. Violencia para erradicar la violencia. Esas autodefensas que hacían justicia por su propia mano, después de haber permitido que el crimen conviviera con sus habitantes “mientras no se metieran con ellos”, hoy han sido “legalizadas” por el gobierno. Se transformaron en policías comunitarias para ayudar al rescate de aquel estado. Esta síntesis ya la había escrito semanas antes, pero se la recuerdo porque, mire, los conflictos anteriores, comenzaron por detalles que parecían en el control social y gubernamental, y hoy son conflictos que están inquietando a la comunidad internacional.

De todo esto, usted ¿qué puede concluir?, ¿culpamos al gobierno? La violencia es producto de muchas cosas: genes, cultura, entorno social, medios de comunicación, fenómenos intrafamiliares, sentido de supervivencia de los seres indefendidos. La violencia está haciendo estragos a una sociedad que quiere paz. La violencia comienza por la intolerancia, pero también con la injusticia que hace que unos se tengan que defender, y aquí queda perfecto aquella estrofa de Delgadillo ¡Cómo hace falta en nuestros días, un capitán, un héroe, una señal! Quizá la señal tenga que ser como los alcohólicos, tocar fondo, para empezar de nuevo, aunque en ese toque, nos pueda costar la vida y la libertad. En fin.

rserrano@up.edu.mx

 

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