Opinión

Encuentros con Israel

Dos cosas: naces y mueres. En medio, como entre dos paréntesis, sucede todo lo demás. Algo que hará de esa ruta una línea recta, o curva, o quebrada tal vez. Rosario Castellanos, en su poema Presencia, en el cual hace una exploración profunda y cruda cuestión del ser, dice:

Este nudo que fui (inextricable

De cóleras, traiciones, esperanzas,

Vislumbres repentinos, abandonos,

Hambres, gritos de miedo y desamparo

Y alegría fulgiendo en las tinieblas

Y palabras y amor y amor y amores)

Lo cortarán los años.

Cuando leo sobre ella, sobre su vida, me asombra primero eso. Los años, la ruta, el destino…

Nació en la Ciudad de México, el 25 de mayo de 1925 y murió en Tel Aviv, Israel, el 7 de agosto de 1974. Una distancia enorme, como ella misma. Y misteriosa también, como sus ojos. En una entrevista realizada por Emmanuel Carballo, y que éste publicó después en su libro Protagonistas de la literatura mexicana, editado ya en varias ocasiones, declara: “Lo que busco cuando escribo es descubrir cosas… ¿Por qué vivimos? ¿Por qué vivimos de determinada manera? ¿Cómo podemos realizarnos?”. Sin duda fue una exploradora de la vida, de la propia, de las de los otros, y parecía destinada a impactar en los demás no sólo a través de sus libros, sino de sus luchas. Un ejemplo de esto puede considerarse su influencia en el movimiento feminista en México, del cual se le ha considerado precursora, aunque también deben tomarse en cuenta sus actividades administrativas y docentes. En general cada acto suyo representó el principio de algo más grande, porque estaba inmersa en los detalles más simples, influyendo a otros, a muchos.

Su muerte no quedó descartada de este efecto. No sólo porque dejó todas aquellas obras detrás de ella que fueron y son, desde sus primeros libros, una vasta exploración a la voz de los que parecen no tenerla -los indígenas, las mujeres y los pobres-, sino porque transmitió la importancia de la enseñanza y de la promoción cultural. Actividades, ambas, que paralelas a su creación literaria, ejerció hasta sus últimos días.

En el año 1971 -después de haber publicado algunos de sus libros más importantes, de haber sido promotora cultural en el Centro de Coordinador del Instituto Indigenista de San Cristóbal de las Casas, de haber sido jefa de información y prensa de la Universidad Nacional Autónoma de México, y además docente- tomó el cargo de embajadora de México en Israel. Nombramiento que no la encasilló en las actividades diplomáticas, sino que le dio la oportunidad para dictar una de las cátedras más importantes en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en el viejo campus de Guivat Ram.

Samuel Gordon -como cuenta José Antonio Meada Kuribreña en las notas introductorias al libro Encuentros con Israel. Mexicanos de la cátedra Rosario Castellanos en la Universidad Hebrea de Jerusalén– recuerda la elegancia y el suntuoso porte de aquella princesa maya, la embajadora de un país lejano, al impartir aquella conferencia sobre literatura mexicana. Se trataba de la sesión magistral con la que se inauguraba un curso sobre literatura mexicana. Fue en esa ocasión, dice, en que los estudiantes Israelíes escucharon por primera vez nombres como Antonio Caso, Octavio Paz, Alfonso Reyes, Ramón Xirau y Leopoldo Zea.

Quizá por el interés que Rosario Castellanos vio en los estudiantes de aquel país por la vida artística, cultural e intelectual del nuestro, fue por lo que se ofreció como docente de la universidad, algo que los impresionó a todos. Con relación a esto, Samuel Gordon cuenta que alguien trató de explicarle que “su estatuto diplomático y, a la vez, su condición de extranjera no dada de alta como causante fiscal, impediría todo pago de emolumentos por sus clases, al mismo tiempo, cada hora impartida en la universidad debía causar el cargo correspondiente, entonces ¿cómo se podría solucionar aquel intríngulis fiscal?” Ella, inteligente y generosa, optó por comenzar sus clases y donar las ganancias a alguna institución de beneficencia local.

Durante su primer año en la Universidad de Jerusalén, 1971-1972, Rosario arrancó con un curso sobre la “nueva novela en México”. En el segundo año, de 1972 a 1973, abordó la filosofía mexicana y después, durante el tercer año, 1973-1974, mientras exploraba con sus alumnos el teatro mexicano, fue que tuvo aquel accidente: Rosario Castellanos se electrocutó y falleció en su casa de Tel Aviv el 7 de agosto de 1974.

No obstante su partida, su actividad como promotora cultural en Israel mantuvo su eco vigente, y veinticuatro años después, en 1998, el embajador de México en Israel, Jorge Alberto Lozoya y el canciller mexicano José Ángel Gurría, promovieron la creación de una cátedra con su nombre en la Universidad Hebrea de Jerusalén.

Es desde entonces, comenzando con la asistencia del escritor Carlos Montemayor, que se invitan a autores, intelectuales y estudiosos mexicanos a impartir clases y dar continuidad de algún modo a la iniciativa que tuvo Rosario Castellanos de promover la obra de autores mexicanos. En la introducción que hace Ruth Fine -profesora asociada del Departamento de Estudios Españoles y Latinoamericanos de la Universidad Hebrea de Jerusalén- al libro Encuentros con Israel. Mexicanos de la cátedra Rosario Castellanos en la Universidad Hebrea de Jerusalén, dice: “La presencia de los distinguidos académicos e intelectuales mexicanos que ocupan la cátedra es un vínculo primordial para dicho objetivo: ellos no dictan un curso intensivo en nuestro Departamento sobre distintos aspectos de la cultura mexicana, sino que dentro y, muy especialmente, fuera del aula, nos permiten conocer, disfrutar y amar la cultura mexicana en todas sus facetas”.

Nombres como el de Vicente Quirarte, José Luis Ibáñez, Rosa Beltrán, Marco Antonio Campos, Ignacio Trejo Fuentes, Cristina Rivera Garza, Beatriz Espejo, Ignacio Padilla, Alejandro Higashi y Rubén Gallo, han pasado por ahí gracias a esta iniciativa y han podido tener la experiencia de impartir clases durante unas semanas en un país de una cultura que de primera instancia nos podría parecer lejana, tejiendo un puente cultural que parece imborrable, y al que aún ahora se le sigue dando continuidad.

El libro Encuentros con Israel. Mexicanos de la cátedra Rosario Castellanos en la Universidad Hebrea de Jerusalén -editado por la Universidad Autónoma de México con el apoyo de los Amigos Mexicanos de la Universidad Hebrea de Jerusalem- surge de ahí. En él algunos de los escritores que más recientemente han impartido la cátedra hacen una crónica de su experiencia al asistir a ese país.

Vicente Quirarte dice en su presentación: “Quienes hemos tenido el privilegio de viajar, vivir y enseñar en Israel, somos uno antes y después de ocupar la cátedra Rosario Castellanos. En uno de los desafíos más notables de nuestra vida académica, impartimos clase a alumnos cuya lengua materna no es el español, y cuya grafía va más allá de nuestro habitual horizonte”. ¿Qué ha convertido a esta cátedra en una referencia para los alumnos de literatura en Israel y, a la vez, para escritores mexicanos atraídos por el misticismo de la cultura del país de oriente? ¿Cómo se ha podido formar un vínculo tan firme?

Entre los nueve testimonios que ocupan este libro, así como la traducción de poemas que presenta Alejandro Higashi, podemos descifrar las razones y la importancia de este encuentro, que lo han vuelto para todos una experiencia mística de gran importancia. Desde diversas perspectivas todos nos narran una misma ciudad, que siempre parece diferente, una ruta que siempre termina por ser otra. ¿Cómo un mismo paisaje puede cambiar tanto? Durante la presentación del libro en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el pasado 16 de febrero, Vicente Quirarte dijo: “Es recordar que ese momento en el que hicimos ese viaje nos cambió la vida, creo que los testimonios de este libro reflejan que el viaje a Israel y la ocupación de la cátedra fue una experiencia no sólo académica, sino una experiencia de vida definitiva de nuestra formación”.

A través de las páginas de este libro se puede acompañar en la experiencia de aquel viaje a grandes autores, como si camináramos a su lado, en aquellas calles y lugares sagrados. Junto a Vicente Quirarte subimos a aquel autobús 23 A que habrá de llevarlo a la cima del Monte Socopus, “donde se levantan las murallas de una fortaleza destinada a cultivar y preservar la inteligencia, el arma que ha permitido a los hombres superar su atávica barbarie”. Sentimos junto a él aquella palpitación de esa ciudad mítica y podemos mirar a través suyo el gran Domo de la Roca que la mayoría de sus alumnos consideran como “el hito más notable de Jerusalén”. El templo, el mercado, el cementerio, el Monte de los olivos. El paisaje nos llega desde sus ojos. A través de estas páginas andamos con él en la Ciudad Vieja, visitamos el santo sepulcro…

Marco Antonio Campos, a su vez, nos hace un detallado recorrido por su experiencia, teñida de la belleza estética, de las emociones, pero también de esa complejidad a la que todos ellos deben enfrentarse. Una ciudad con conflictos, con problemas religiosos, étnicos y con una historia de peso. Sobre el momento en que le ofrecieron impartir la cátedra, dice: “Una y otra vez amigos me advertían que era peligroso ir. Tenía poco de terminada la guerra de Irak. Tal vez. Pero no ir, me dije, sería una cobardía y probablemente no hubiera una segunda vez”. A detalle, divide su testimonio en fragmentos llevándonos por las colonias -“Qué ligereza de las colonias que recordaban el cuerpo delineado bajo la luz suave”-, por las calles -“Nadie puede quitar el mérito a los israelíes de haber vuelto verde a un país que en mucho era tierra arrasada o árida”-, por el Jardín de rosas -“Es impresionante ver al otro día cómo la ciudad entera parece un tapete de légamo”-, por la historia -“Me regresan en imágenes difíciles la quema pública de los libros escritos por judíos, las leyes raciales de Núremberg, los arrestos, la destrucción de sinagogas”-, así como por los aspectos más intensos de sus problemas sociales en la actualidad -“El terrorismo provoca un espantoso círculo: los ataques suicidas de palestinos o árabes causan una decena o más de muertos y en los días siguientes el ejército israelí les mata veinte o treinta, y arrasa la casa de la familia del terrorista”- y por su perfil sagrado -“En Jerusalén el almendro, el olivo y la higuera, desde hace treinta siglos han oído todas las plegarias”.

A su vez, Rosa Beltrán nos adentra al enigma, a los detalles, como si nos dejara espacio en sus ojos para mirar por ella. “Nadie camina por esta ciudad, es tu segunda impresión”. Nos guía por esas calles donde se mezclan los edificios modernos y los viejos, por esa memoria que se ensancha a través del tiempo. Con su propia voz nos lleva a la experiencia que es enseñar ahí. Dice jamás haber tenido alumnos tan atentos, tan impresionables y tan apasionados. “Leen todo lo que les dejas… y lo discuten con rabia, con entrega”. ¿Por qué les gusta Juan Rulfo?, les preguntó a sus estudiantes alguna vez. “Porque habla de la tierra, que es el asunto número uno en Israel”. ¿Por qué les gusta Balún Canán, la primera novela de Rosario Castellanos? “Porque habla del machismo y el hijo primogénito, que es el asunto número uno en Israel”.

De igual modo Beatriz Espejo, Ignacio Trejo Fuentes, Carlos López Beltrán, Ignacio Padilla, Marco Tenorio Trillo, María Teresa Miaja de la Peña, Rafael Olea Franco y Alejandro Higashi, nos adentran en su propia experiencia, en sus enseñanzas, en sus aprendizajes. Su exploración va más allá de la cátedra misma, de la cuestión académica, para arremeter al interior de sí mismos, a través de la remembranza, y del impulso generado en el tiempo por la influencia de Rosario Castellanos, a la que buscan encontrar a través de sus pasos.

 

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Jonathan Minila

Jonathan Minila

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