Opinión

Pasamontañas / H+D

No importa lo que está detrás de la máscara, sino lo que simboliza

Subcomandante Marcos

Hace veinte años un signo apareció en México, un signo que a la larga se convertiría en símbolo para el mundo y para aquellos que detrás de una máscara guardan la esperanza y el color de la tierra. Hace veinte años, en un enero frío, la dualidad característica del país nos mostraba realidades contrapuestas, las cúpulas de poder, el establishment, las oligarquías celebraban con particular júbilo la entrada en vigor del TLCAN –Tratado de Libre Comercio de América del Norte- que abriría nuevas oportunidades para el saqueo de las riquezas, garantizaría sus inversiones y la sobreexplotación de los trabajadores nacionales por el capital internacional. En el mismo momento desde las montañas del sureste mexicano, se levantaba el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ahí no se comenzó con celebraciones ni festejos, se comenzó con frío, con rabia, con desesperación y muerte detrás de un pasamontañas que apenas y dejaba ver los ojos bien negros de los hermanos indígenas, ojos brillantes de justicia, igualdad, lucha, dignidad y rebeldía, no necesitarían tratados ni permisos para ser libres.

Y ahí apareció un objeto simple, de fácil hechura, algunos de lana otros de algodón, algunos de colores, algunos oscuros como los días venideros, un objeto que se insertaría en la cultura material de la identidad nacional a contrapelo, un objeto tejido a mano que vuelve en lo profundo de su hechura a las tradiciones de la identidad popular y artesanal. Junto a estos también irrumpiría en la escena pública del país un hombre de gorra y camisa café, pantalones verde olivo, una pipa y un pasamontañas negro: el Subcomandante Marcos, el mestizo entre indígenas, el antiguo profesor universitario que renunció a las comodidades de la academia urbana para unirse a una organización revolucionaria clandestina en la selva chiapaneca con epicentro en San Cristóbal de las Casas.

Desde el comienzo la fuerza visual del pasamontañas se insertaría como representación estética y formal de la clandestinidad, la lucha indígena, la resistencia de los pueblos originarios contra el avasallador neoliberalismo, ese pedazo de tela sobre un rostro de piel morena presentaría cuestionamientos ante un sistema en el cual los “sin rostro” y los “sin nombre” estaban destinados a desaparecer no por la muerte sino por el olvido. Y como escribiera Marcos en su Carta a un niño de 13 años; entender que es posible que existan hombres y mujeres, que lo dejan todo. Hasta la vida misma para que otros niños puedan levantarse cada mañana sin palabras que callar y sin máscaras para enfrentarse al mundo.

Para el teórico del diseño Bernhard Burdeck en la tipología y clasificación de los objetos existen tres funciones derivadas de estos; las estético-formales, las indicativas y las simbólicas. Las funciones simbólicas de un objeto son sistemas de signos de larga vida, que transmiten estructuras y tradiciones sociales, también llamado por Gert Selle como “fenómeno de socialización de la cultura”, este grupo de funciones forman el lenguaje del objeto otorgándole un significado específico dentro del contexto en que este se desarrolla y dentro del cual es entendido con base a lo que comunica no literal sino implícitamente. Los pasamontañas de los zapatistas no están en un plano práctico para protegerse del frío o la intemperie, no obedecen a una estética basada en moda, están utilizados bajo un fuerte mensaje simbólico avalado por una construcción ideológica que se ha adherido al objeto mediante su exposición y uso como identidad cultural de un grupo específico, los pasamontañas ahora son un símbolo de hermandad no tan solo en las comunidades indígenas de los cinco caracoles -Oventic, La Realidad, Morelia, La Garrucha y Roberto Barrios- sino recorriendo el mundo como asociación al pensamiento zapatista.

Desde un enfoque lingüístico, Ferdinand de Saussure, sostiene que todas las palabras tienen un componente material (una imagen acústica) al que denominó significante y un componente mental referido a la idea o al concepto representado por el significante al que denominó significado. Es así como el pasamontañas como palabra es un significante pero bajo el esquema histórico actual contiene significados que ya suman veinte años y que conforman un signo.

Aquellos hermanos indígenas que pedirían disculpas por la molestia de una revolución, no imaginarían la fuerza del pasamontañas como signo de rebeldía y resistencia cultural, política y social, Marcos comentaría la improvisación de este: el símbolo real iba ser el paliacate rojo, pero la misma fuerza de los acontecimientos cambió la historia.

Saussure al analizar el signo con relación a quien lo utiliza, observa una paradoja: la lengua es libre de establecer un vínculo entre cualquier sonido o secuencia de sonidos con cualquier idea, pero una vez establecido este vínculo, ni el hablante individual ni toda la comunidad lingüística es libre de deshacerlo. Bajo esta lógica el pasamontañas se mantendrá como símbolo de un mundo posible, donde los sin rostro alzaron la voz avanzando con paso lento y firme bajo una concepción de su papel histórico. La mutabilidad de los signos se da con el tiempo y con los contextos, sin embargo el pasamontañas perdurará hasta la última generación rebelde en búsqueda de justicia y dignidad.

 

 

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Néstor Damián Ortega

Néstor Damián Ortega

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