04/07/2020


Por mi raza hablará el Piporro

 

“Antes iba al otro lado escondido de la gente pues andaba de mojado”. En el consulado veía las filas enormes de mexicanos que buscaban una visa de trabajo; a los de turistas nos tenían separados, una brecha de unos cuantos metros pero gigantesca en términos sociales. En el año 2009 intenté obtener por primera vez mi visa, como ciudadano honrado y respetado que me precio de ser, sólo iba con mi palabra de que no me quería quedar en Estados Unidos a trabajar, con mi credencial de trabajador del Congreso del Estado de Aguascalientes y nada más, como podrá suponer el lector ¡me la negaron! No volví a intentarlo pues el norte y sus macdonals (por citar al ilustre poeta guatemalteco) no es el máximo de mis deseos por conocer; hay una larga lista de lugares que me parecen más interesantes.

“… y en cuanto se oye que se arrancan al parejo bajo sexto y acordeón hasta que aboye todo el suelo no lo dejo dando vuelo a mi tacón”. Y sin embargo la insistencia de mi esposa me llevó al consulado gringo en Monterrey, con el tiempo suficiente, debido a esa doble e incompresible cita en que primero una empresa privada (con un logotipo macabramente idéntico a la OPC de Robocop) te toma foto y huellas dactilares y hasta el día siguiente el oficial consular te hace la entrevista para que le acredites (sic) que no quieres ir a trabajar a su país.

“Nunca trae hambre cuando ha comido y sólo toma cuando tiene sed”. Merced a mis pocos más de 100 kilos de peso cualquiera sabrá que uno de mis placeres favoritos es el relacionado con la gula. Así que en la visita por la ciudad no podía perderme el cabrito, fui a dar a un lugar muy singular: El rey del Cabrito. Su estilo decorativo kitsch es de lo mejor del lugar, lo mismo ve uno decenas de fotos del que presumo propietario del restaurante con infinidad de personalidades, enormes leones disecados, columnas egipcias o una larga lista de objetos disímbolos que dan una atmósfera propia al lugar. Y sí, el cabrito es riquísimo, más si uno en afanes de que a donde fueres haz lo que vieres, lo come con una cerveza Carta Blanca y mejor aún con una soda muy de la región llamada Joya. Es una delicia que existan esta clase de productos regionales que a pesar de la globalización se mantienen, aunque ciertamente absorbidos por grandes transnacionales.

“Soy de Nuevo León donde rasuran el pelo a pedradas” Y dado los tiempos muertos, uno tiene que turistear por las calles de Monterrey, dar el rol por su bello Paseo de Santa Lucía con La Lagartera de Francisco Toledo que inicia su enorme río artificial o entrar a su museo de historia regional en plena Macroplaza. Y sin embargo después de todo esto, al bajar a uno de los jardines que enlazan con el Faro al Comercio, ahí estaba él, inmortalizado con su cuera en una estatua de bronce. Aquel singular comediante norteño que fue apadrinado por Pedro Infante en Ahí viene Martín Corona (1951) y que es pieza clave en clásicos como Espaldas Mojadas (1955) que aborda el tema del migrante, el mojado, el ilegal, tópicos que indudablemente marcarán a Piporro no sólo en lo actoral sino en lo musical. Cinematográficamente en lo personal me quedo en definitiva con la grande entre las grandes: La nave de los monstruos (1960).

“De corazón muy amplio, caben muchas”. La buenísima (literal y metafóricamente) Lorena Velázquez en papel de vampira venusina, esos monstruos de papel maché, periódico o engrudo, sabrá dios las peripecias de los entonces técnicos mexicanos para crear seres extraterrestres sacados del cine de ciencia ficción norteamericano y el robot de hojalata que ya utilizaba el internet para dar a sus amas la información que necesitaran.

“Don Baldomero cómo le va, usted primero puede pasar, le gusta aquí o más allá donde usted quiera se puede sentar”. Entre su clasiquísima y divertidísima Don Baldomero, El Tragabalas, Melitón el abusón, o cualquiera de las canciones del rey del taconazo que estaban más enfocadas al cine que al acetato, no hay por cual decantarse. Lo último que supe que grabó es la voz de acompañamiento de dos joyitas musicales del álbum Nordaka del maese Jaime López: Por cigarros a Hong Kong y Mesa de Otay, auténtico paroxismo del encuentro de dos grandes mexicanos. Su corrido dedicado a Pancho Villa que a dueto creó con Óscar Chávez es una maravilla, tantas y tantas canciones que quisiera citar, lo interesante de todo esto es que como su música estaba pensada para el cine, es difícil que exista una lista clara de los discos o temas que grabó, incluso el libro Eulalio González Piporro Homenaje de Conaculta que desconoce la realidad de sus discos, dicho sea de paso un libro bastante malito. Por cierto, en estas fechas que el Vive Latino se ha encargado de hacer un batidillo de homenajes, featurings y demás parafernalia, hay que agradecer a dios que a ninguno de los rock stars mexicanos o sus productores se les haya ocurrido hacer un homenaje a don Eulalio, una dicha que respeten al icono norteño.

Y después de todo llegó la visa, mucha gente la ve como el examen social que debemos aprobar, en lo personal sólo la siento como el capricho de la madre de mi hijo que quiere llevarlo a Disney World ¡y yo que lucho todos los días porque mi dvdteca tenga más de Miyazaki que de Walt! Pues al final entiendo esta relación intrincada entre mexicanos y gringos, esta necesidad de ir a traer la papa a un país que expulsa migrantes, que la mayoría de nuestros compatriotas digan lo que el Piporro: “con los güeros ganen lana pero no la han de gastar, véngance pa la frontera donde sí van a gozar”.

rubendiazlopez@hotmail.com

 


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