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La palabra transfigurada

Todas las posibilidades del lenguaje y los alcances de sus formas. Código, estructura, mensaje, comunicación… ¿Qué camino ha recorrido la palabra hasta convertirse en poesía y cuál es la ruta que ésta ha tomado hasta llegar a sus formas experimentales? Las fronteras de los géneros en las artes cada vez se diluyen más, y se equilibran en el soporte de la técnica y la búsqueda de nuevas propuestas. La poesía, por ejemplo, en su propio trayecto, se ha adentrado por caminos que la conservan por un lado en su concepción a través de la palabra escrita y su exploración de la metáfora en la búsqueda de la belleza y la expresión, como es la poesía épica, lírica, dramática, doctrinal, bucólica -coplas, romances, odas, sonetos, haikus y desde luego el verso libre-, aunque, por otro lado, también, de forma paralela se ha encausado en la exploración “plástica”, como la poesía visual, o poesía concreta, donde la palabra es liberada, por decirlo de alguna forma, de estructuras convencionales, así como de lo verbal o lo escrito, llevándola hacia diferentes formas de expresión como las imágenes y lo grafismos. Es decir, a un lenguaje universal, más allá de idiomas y razas, que cualquiera podría apreciar.

Esta forma de poesía no verbal, constituye un género propio donde, en el campo de la experimentación, sus creadores se mueven hacia otras artes como la pintura, la música, el teatro o el performance. Sin embargo, pese a lo que podría suponerse debido a la connotación moderna que puede tener todo esto, la poesía visual es casi tan antigua como la escrita. Los caligramas y otros poemas figurativos, como aquellos que se le han atribuido al poeta griego Simmias de Rodas hacia el año 300 a.C., son prueba de ello.

Aunque no es sino hasta las vanguardias artísticas de principios del siglo XX -Futurismo, Surrealismo, Dadaísmo, etc.- cuando se le da un impulso a la poesía visual al introducir el uso de la tipografía y el collage, junto a una nueva forma de entender el espacio. En este sentido, hay que mencionar, desde luego, a Apollinaire con sus caligramas, y también al mexicano Juan José Tablada con la publicación de Li po y otros poemas en 1919. También el propio Octavio Paz con su topoética, a la que él mismo definió como “poesía espacial, por oposición a la poesía temporal, discursiva. Recurso contra el discurso”.



Recientemente, en una labor titánica, Ediciones del Libro ha recopilado en cinco tomos de la antología Poesía visual mexicana: la palabra transfigurada la mayor muestra que se haya hecho de ese género en nuestro país. Con una amplio y profundo recorrido, que va desde 1920 hasta el 2013, reúne la obra de artistas y poetas que de una forma u otra han formado parte de este movimiento que, según dice Carlos Pineda -el coordinador de esta colección- en la introducción al primer volumen, toma mayor auge a partir de los años setenta. Sin duda, ésta es una labor de importante divulgación, cuya finalidad es promover la poesía visual mexicana, y demostrar el interés por este arte que resulta un eco de la plasticidad y visualidad de las nuevas escrituras poéticas.

Con más interés del que se podría creer, esta colección de cinco libros-objeto está integrada por más de 400 poemas visuales. Los tres primeros volúmenes se ocupan de rescatar y reflexionar sobre las obras que se presentaron como parte de las actividades de las Bienales Internacionales de Poesía Visual y Experimental que se realizaron en México entre 1985 y 2009. Eventos “donde se expuso y produjo poesía visual de muy diversa índole que refrescó a la tradición aportando nuevos modos de leer poesía y de observar a la plástica, explorando nuevos modos de ampliar el impacto estético en la recepción de lector/observador a través de la producción de híbridos que si en aquellos años era una singularidad, hoy día son parte fundamental de toda historiografía literaria”.

Cada volumen de la colección Poesía visual mexicana: la palabra transfigurada cuenta con un cuadernillo crítico a manera de introducción general, un prólogo realizado por un especialista teórico y un marco mínimo de referencia de los autores y las obras que se presenta, dando como resultado todo un estudio donde se tienen en cuenta los elementos y propuestas que han integrado la poesía visual mexicana, así como el uso de la tipografía, el uso del color o su ausencia, la disposición del espacio y la inclusión del diseño gráfico. En general, es una amplia exploración donde lo verbal y lo icónico convergen en una forma de arte de síntesis, en una forma de poesía iconoclasta y lejos de lo convencional, que sólo puede ser representada por la poesía visual, a la que Raúl Renán a definido como “un cambio mágico, una transfiguración que hace la letra y la imagen, una transfiguración de uno mismo”.

Durante la presentación de esta colección el pasado 9 de marzo, en la Sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, el propio Raúl Renán, también compilado junto a Maris Bustamante, Juan José Díaz Infante, Octavio Paz, Juan José Tablada y otros 300 artistas, dijo: “La letra de cada persona es una marca de individualidad, un modo de conocer ciertos rasgos de una persona, y hacía falta que la escritura se incrustara en el espacio visual para dar una cosa muy bella que es la poesía visual”.

Poemas algunas veces figurativos, otras no, que abordan diversas técnica y permiten la manifestación total del ser, llevándolo a diversos planos de la expresión, donde el silencio se representa con la facilidad del blanco y el sentir se manifiesta a través de la forma donde, a través de la disposición de las líneas e incluso de los elementos táctiles que dan significado al poema. Lo verbal y lo icónico convergen en un arte sincrético que da preferencia al carácter plástico y no discursivo de la poesía creando una zona sin restricciones entre lo verbal y lo no verbal y siendo a la vez de fácil acceso a una audiencia cada vez más amplia.

De ahí la importancia del trabajo coordinado por Carlos Pineda. Esta recopilación de obras, en el caso de los primeros volúmenes sobre las Bienales Internacionales de Poesía Visual y Experimental en México, son un reposo cronológico que pone a discusión conceptos como las vanguardias literarias, la marginalidad en el arte, el diálogo de la imagen con la palabra escrita.

El cuarto volumen es una mirada al pasado sobre dicha expresión poética, desde los caligramas de José Juan Tablada hasta la producción de principios del año 2000, pasando por los topoemas de Octavio Paz, la obra de José Frías (“Poemas visuales” 1923 – 1924), Diego Rivera (“Irradiador estridencial” de 1923), Jesús Arellano (“Dialéctico” “Cibernético” “Quiquiriquí” “Inútil” y “Geográfico”, todos de 1972), Ulises Carrión (“For Fans and Scholars Alike” de 1978) y otros como Mathias Goeritz, Otto Raúl González, Enrique González Rojo, Vicente Rojo, Raúl Renán, etc. En la introducción a este volumen, Carlos Pineda dice: “Este cuarto volumen será para los críticos el más heterodoxo y menos equilibrado en cuanto a los autores; pero creo, es el más homogéneo en cuanto a lenguaje plástico – literario. Es un volumen a una tinta que nos prepara la explosión de formas, estrategias y color…”.

En el prólogo a este cuarto libro, Eduardo Langange se refiere a la constancia de la poesía en la vida diaria: “La poesía está en todas partes, se sabe, y esa omnipresencia permite constatar que la poesía es la prueba irrefutable de la existencia del hombre”. Aunque algunos no pueden captarla tan fácilmente como otros, está ahí, más allá del romanticismo de la imagen, en diversas manifestaciones: sonora, escrita o visual. Esta última, ya como una clara manifestación artística, a través de diversas formas que el propio Carlo Pineda, ha clasificado como: caligramático, concreto, visivo, letrista y collage. Langagne hace un recorrido histórico por las diversas maneras que tiene de hacerse presente la poesía visual y su relación con la cotidianeidad. Concluye: “La posibilidad de la poesía visual y la complejidad de sus definiciones han entrado al enmarañado ámbito visual citadino. Si la poesía está en todas partes, qué necesario se nos vuelve adiestrarnos en la detección de los espacios visuales que la signifiquen. Esa destreza conseguida nos permitirá apropiarnos sensiblemente de su presencia, aun en sus formas no documentadas”.

Así, de esta manera, la poesía visual ha logrado introducirse en esta sociedad multisensorial, llena de estímulos visuales, influenciando a cada vez más poetas y artistas visuales, que se permiten explorar esta técnica poética. De ahí el éxito, quizá, de la convocatoria que lanzó Ediciones del Lirio para conformar el quinto volumen con lo más representativo del panorama actual. “¿Se seguirá creando poesía visual en México? ¿Habrá a quién le importe participar en un proyecto que sólo ofrece como pago un ejemplar de la colección?” Estas eran las preguntas que se hacían al lanzarla, según escribe Carlos Pineda para este último volumen. Y no sólo eso, sino que también era importante saber si a esta convocatoria sólo responderían jóvenes, o también se acercarían artistas de “la vieja escuela”. Al final, la cantidad de trabajos fue basta y se tuvo que trabajar duro en una selección, que quedó en 82 obras; las que se incluyeron. Propuestas actuales de jóvenes artistas en su mayoría, con una lírica visual empleando nuevas técnicas, recursos, pero con esa influencia de las antiguas formas. Transmutación de lo posible, poemas visuales, concretos, collages y poemas cuasi transfigurados, imágenes apoyadas en texto, figuras diversas, varios colores volcados en técnica digital.

En esta colección cada poema es una entidad independiente donde el lector tiene la libertad “de reacomodar los poemas a su antojo y según su sensibilidad; esto es que cada quien puede hacer su libro, su recorrido, su lectura”. Es decir, interactuar con el papel, con la poesía misma, y en un plano más atemporal y dimensional, con el propio autor. El lector es el artista.

Poesía visual mexicana, la palabra transfigurada ya es un referente indispensable, una memoria histórica, y una lectura necesaria. La sutileza, la caricia de las imágenes, la intensidad de los colores, el vacío y todas las posibilidades de la palabra, hasta en su omisión, son, sin duda, la renovación e innovación del lenguaje poético. Raúl Renán, poeta fundamental en la experimentación de la palabra, y que ha definido a esta colección como un “verdadero milagro”, cierra su introducción al quinto volumen diciendo algo con lo que también concluyo esta nota: “Yo digo que toda creación experimenta. El mundo está en experimentación constante”.

 

 

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Jonathan Minila

Jonathan Minila

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