Los celos* / Tlacuilo - LJA Aguascalientes
24/05/2024

Por el Dr. Humberto Rubalcava Valdivia

En la antigua Preparatoria del Estado, precursora de la actual Universidad, hace ya muchos, nostálgicos años, cursaba yo la Secundaria.

Entre mis compañeros, se encontraban los protagonistas de la anécdota que voy a relatarles y que presento a ustedes por sus apodos: Pancha, El Violín, El Ingeniero, La Bretona y su servidor, cuyo apodo me reservo por ahora.

Pancha se caracterizaba por sus facciones y tipo fuertemente indígenas, color subidito de piel, ojitos de apipizca siempre cargados de rimmel y unos dientitos que probablemente en alguna ocasión fueron blancos, pero cuando los conocí estaban más manchados que la conciencia de un político, como granitos de elote tiernos partidos por la mitad. Sus vestidos eran invariablemente de telas muy brillosas y de colores chillantes. Traía el pelo embadurnado con vaselina de peluquería de barrio, con una permanente apretadísima y encarrujado en chinitos que semejaban pasas.

El Violín era un seminarista destripado. Como tal, vestía siempre trajes oscuros pésimamente cortados y con grandes lamparones; sombreros del mismo tono, camisa blanca permanentemente arrugada y corbata hasta para bañarse, lo cual en contadas ocasiones hacía. Era hipócrita, trinquetero, falso, traicionero y con malas mañas; en pocas palabras, el clásico aspirante a cura.

El Ingeniero era lo que en la jerga estudiantil se conocía como el puerquito del grupo; un individuo lerdo, ninguneado por todos, machetero y tenaz, pero más bruto que un asno en primavera. Como buen payo cargaba con todas las bromas que se nos ocurrían -que no eran pocas- y las aguantaba estoicamente.

La Bretona recibió este sobrenombre debido a que nuestro libro de Francés que se titulaba Le tour de France pour deux enfants (La vuelta a Francia por dos niños), versaba sobre un para de mocosos que al huir de Alsacia, su tierra natal, para evitar estar bajo el dominio de los alemanes después de la guerra del 70, emprendieron una peregrinación alrededor de Francia junto con una vaca llamada Bretona -vaya estupidez- a la que se describía, entre otras cosas, de exuberantes ubres; y como nuestra compañera no cantaba mal las rancheras en ese sentido, se convirtió ipso-facto en la Bretona. Era una muchacha más atractiva que bonita, sumamente despierta e inteligente y, por si fuera poco, aunaba a estas cualidades la de intimar grandemente con la palomilla de estudiantes maloras; nosotros la aceptábamos porque no era apretada y jalaba parejo en todas las diabluras que se nos ocurrían, como lo veremos más adelante.

Por último su servidor, que sólo les pide compasión en los epítetos que consideren necesarios para describirlo.

Conocidos los actores del drama, movamos a los personajes en la escena:


Pancha y El Violín eran novios y la mayor parte del tiempo se la pasaban en amorosos arrumacos, ya fuera sentados en el borde de una de las pilas que entonces había frente a la Escuela, bien en los desvanes de las escaleras, en las bancas del primer patio, o en cualquier otro sitio. El caso es que El Violín se esforzaba decididamente en hacer lo que los maquinistas cuando van retardados: recuperar a toda costa el tiempo perdido en el seminario.

Así transcurrían los años: El Violín abrazando a Pancha y ésta abrazada del Violín.

Hasta que un día alguien le infiltró al Violín el veneno de los celos -como dicen las novelas baratas- pues le dijo que el Ingeniero le andaba haciendo la tambora de lado con su Dulcinea. Más tardaron en decírselo, que él en lanzarse más furioso que un basilisco a reclamarle a su rival, que entre paréntesis era más inocente que un niño prematuro de lo que se le achacaba; llega El Violín y en términos muy folklóricos hace su reclamación, recibiendo como contestación otra del mismo pelo. En menos que te lo cuento de las palabras pasaron a los hechos, liándose a golpes. Aunque eso de liarse a golpes es un decir, pues faltaba mencionar que El Violín estaba más ciego que un topo y por este motivo no atinó un solo golpe y el Ingeniero era tan torpe que tampoco dio una. Como ambos contendientes eran muy populares, el suceso se convirtió de inmediato en la comidilla del día.

Aprovechando el lance, La Bretona se soltó la greña y compuso unos versos, supuestamente firmados por El Ingeniero, de los que desgraciadamente solo recuerdo el principio, que decía así:

Pancha, Pancha, te sientes ancha

con la avalancha de mi pasión.

Y entre los pliegues de tus enaguas

llevas prendida, gentil lancera,

mi matemático corazón.

 

Tú tienes curvas, circunferencias,

arcos y líneas y paralelas, etc. etc.

 

Y empleando términos geométricos y matemáticos seguían varias cuartillas en las cuales el Ingeniero declaraba su apasionado amor a Pancha. ¡Qué no diera por tener una copia de aquellos versos!

Se hicieron varias impresiones y justo es decirlo, fui uno de los principales distribuidores de los versitos, fijándolos en los lugares más estratégicos o repartiéndolos entre los compañeros.

A los tres días fui conminado a presentarme ante el entonces director Lic. Ignacio Lomelí Jáuregui, quien arqueando la ceja como era su costumbre, me dijo en tono muy serio:

–Compañero, se le acusa de haber hecho unos versos que hieren a la señorita fulana de tal, al tiempo que me mostraba una de las copias de los versitos de marras.

–Licenciado, le juro que yo no los hice, contesté de inmediato.

–¿Cómo puede probarlo? replicó.

-Pues fíjese qué bien hechos están y además denotan mucha inteligencia e ingenio en quien los hizo, dije compungido.

El licenciado Lomelí se quedó viendo atentamente los versitos, los releyó y después de un rato me dijo:

–Tiene razón, compañero; usted no fue quien los escribió. Puede retirarse.

Si vieran que no me sentí nada bien…

 

_______________________

* La versión original de esta anécdota fue publicada en la sección Remembranzas del ejemplar número 4 de la revista Tribuna del Sindicato Nacional de Trabajadores del Seguro Social (Sección Aguascalientes), en Septiembre de 1973.

La segunda versión, aparecida el 24-06-1975 en la sección Anecdotario del ejemplar número 1 de la revista Cátedra, Órgano informativo independiente de la Universidad Autónoma de Aguascalientes (UAA) contribuyó a su mayor difusión, enriquecida con la formidable caricatura de Rubalcava, realizada por nuestro entrañable amigo Federico Esparza González.

En 1978, la UAA publicó una versión más amplia en el volumen titulado Anecdotario Estudiantil. Y en 1986 el Instituto Cultural de Aguascalientes publicó la más completa en coordinación con el Fideicomiso Profr. Enrique Olivares Santana.

Aguascalientes, México, América Latina

[email protected]

 

 


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