¿Milagro o misterio? / El Canto del Zenzontle – LJA Aguascalientes
22/10/2020


“Todo tiene arreglo, menos la muerte”, dicen los viejos cada vez que quieren dar ánimos respecto a un problema que debemos superar, cada vez que quieren hacernos ver que todo es posible de sortear, pero aclaran sabiamente, “menos la muerte”. Y es que precisamente la muerte es, de todos los problemas que enfrentamos, el más grave.

La injusticia es cruel, el dolor puede llegar a ser despiadado, el desamor, amargo. Pero la muerte hace que todos nuestros negros problemas se vuelvan solamente sombras atenuadas, cuando la vemos en el horizonte, como la noche que va cayendo, y que podemos ver que otros llegan a su encuentro antes que nosotros.

Normalmente negamos la muerte, queremos verla como un trance en un camino que hay que necesariamente recorrer, pero que es ajena a cada uno de nosotros.

Pero en nuestra civilización la tenemos a la mano todos los días. No hay más que leer el periódico, echar un ojo a nuestras redes sociales, escuchar el radio o ver la televisión para olerla en cada nota, en cada rincón de nuestras comunidades.

Y comienza el combate en su contra: en los hospitales disminuyendo los efectos de las muchas y diferentes enfermedades, con cirujanos consiguiendo auténticos milagros de quienes parecían estar ya en las garras de esa horrible visita; en las funerarias, desde hace miles de años y en muchas culturas, intentan hacer que los cadáveres sigan pareciendo “vivos”; cada que volteamos a ver los índices de mortalidad infantil y las expectativas de vida de la sociedad occidental parecen alejarse. Pero ella sigue ahí.

En cada esquina, en cada casa, en cada lugar de trabajo, en la ciudad y en el campo, entre los mejor acomodados y entre los más necesitados, entre los famosos y entre los desconocidos. La muerte sigue ahí.

Nos morimos. El ser humano se muere. Es ya maravilloso que yo pueda concluir este breve texto, que el editor de La Jornada Aguascalientes le dé la forma acostumbrada y que usted, amigo lector, acabe de leerlo. La vida es frágil, emocionante y llena de satisfacciones, pero expuesta todos los días a ese ocaso, a ese fin amenazante.

Nada le han hecho todo el poder y el orgullo que caracteriza a nuestra civilización. De nada sirve el dinero, el progreso ni los inventos humanos. Terminamos cediendo a una enfermedad, un accidente o la vejez.

Y quizá lo más estrujante del asunto es no saber qué hay más allá de la muerte. La historia de la humanidad ha generado diversas opciones para resolver esta duda: primero están quienes piensan en ella como un fin. En donde al punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos, como lo canta Joaquín Sabina. Hay quienes se han planteado la posibilidad de iniciar otra vida, en otro ser, de la misma o de otra especie, reencarnando en algo más, para bien o para mal. Otros muchos la han planteado como un paso a otra vida llena de nuestros seres queridos, o quizá carente de nuestros defectos y llena de nuestras virtudes.

Todos nuestros amigos y seres queridos que se han adelantado en el camino, ¿existen de alguna manera? ¿Seguirán recordándome, como yo les recuerdo? ¿Amándome, como yo les sigo amando? Cuando yo muera, ¿seguiré existiendo de algún modo, en algún sitio? ¿Seré quien soy, con mi memoria, mis ilusiones, mi obra?

La historia narra casos de “resurrecciones” humanas, como Lázaro, por órdenes de Jesucristo, según narra el Evangelio. O algunos milagros que la conciencia colectiva ha registrado de hombres y mujeres “santos” que regresan de la muerte a niños, mujeres y hombres. Pero en todos los casos, la “resurrección” ha traído como consecuencia que el “resucitado” regrese a la vida como la conocemos, a su rol de ser humano, con su cuerpo, su familia y sus actividades diarias. La muerte sigue al acecho, de cada uno de ellos. Todos continuaron siendo mortales. Todos menos uno: Jesús de Nazareth.

Cuando Jesús resucita no da un paso de regreso, hacia atrás, para reanudar el camino hacia la muerte, como todos los demás. Cuando Cristo resucita da un paso hacia adelante, hacia la eternidad, no regresa al tiempo, sino llega allá, donde no hay tiempo. Por eso la resurrección de Jesús no es un milagro, sino un misterio. Por eso los cristianos confundimos la vida más allá, porque necesitamos comprender que la resurrección de Cristo sucede no para regresar a la vida, sino para asegurarnos vida eterna, en futuro perpetuo, hacia adelante.

Por eso los creyentes nos jugamos el todo por el todo con la resurrección de Cristo. Por eso dice San Pablo, si Él no resucitó, somos los más desgraciados de los hombres. Pero si resucitó, ser de esta especie, ser humano, es lo más noble y sublime que puede existir.

Ahí es en donde radica el optimismo cristiano, en comparación con el pesimismo platónico o de otras religiones. La resurrección de Jesucristo puede ser seguida hasta la eternidad y participar de ella. Lo que sucedió para Él, uno de nuestros hermanos, puede suceder para todos nosotros. Con la resurrección de Cristo, así, rompiendo la muerte, encontrando la eternidad, ponemos fin a nuestra miserable filosofía terrenal, sabiéndonos capaces de seguirlo hasta la eternidad, para gozar de Dios, como destino de nuestra existencia.

¡Felices Pascuas a tod@s!

@manuelcortina

correo@manuelcortina.com

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